Por no decir que no, viajé al pasado varias veces
Hace unos meses me telefoneo mi pasado. Mi mejor amiga de cuando era niña-adolescente, debió sufrir un arrebato a lo Isabel Gemio en "Sorpresa, sorpresa", y decidió buscarme 20 años después.
Nos separamos en el Instituto, en tercero de Bup, a causa de una traición inolvidable entonces, y que hoy, pese a esforzarnos, no hemos conseguido recordar ni ella ni yo. Un desencuentro, cuando aún no sabíamos que la vida sólo es una sucesión de desencuentros.
Así pues, nos encontramos 20 años después. Hablamos de un millón de cosas, para disimular que no teníamos nada que decirnos. Nuestro encuentro fue un desencuentro más. Aún así, como al ser humano le cuesta decir No, y una de las pocas cosas que seguíamos teniendo en común, era que ambas éramos humanas, quedamos varias veces más. Quedábamos, hablábamos, opinábamos, y no parábamos de contar cosas, mientras continuábamos sin decirnos absolutamente nada.
Una de estas veces llevamos a nuestras parejas; otra de las pocas cosas que teníamos en común es que ambas éramos heterosexuales, y como todo el mundo sabe, a los hombres les cuesta aún más decir que No. Así que formamos el cuarteto desencuentro, un nombre con el que nos podríamos haber ganado la vida amenizando bodas, comuniones, y bautizos.
Mi ex, que siempre ha tenido ese toque de absurdo espíritu libre, que me provocaba las mismas ganas de amarle hasta el fin de mis días, que de aplastarle el cráneo con un objeto pesado y oxidado,... se quedó dormido mientras le hablaban en una terraza de la Castellana. En su defensa decir que aguantó toda la cena sin dormirse, como un campeón, a pesar de la luz "ambiente íntimo" del restaurante.
Yo me ví en la obligación de justificarme, manía habitual en mí que me tiene harta; a la par que manía poco selectiva: soy capaz de justificarme ante todo lo que se me ponga por delante, desde mi jefe por tenerme que marchar a mi hora, el médico por haber dado a ele un jarabe sin que me lo recetara, el del quiosco por no tener cambio al comprar el períodico, el cactús porque se me ha vuelto a olvidar regarle, el filete de la nevera porque se me ha puesto malo y tengo que tirarlo... Así, regresando a la justificación de aquella noche aunque no la recuerdo muy bien, seguro que lanzaría una sonrisilla estúpida y un puñado de frases que tampoco decían nada.
Todo esto me hace pensar, que seguro que si me encontrara conmigo misma hace 20 años no tendría nada que decirme. Y lo que es peor, si me encontrara hoy, conmigo misma, tampoco.

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