De sombreros mexicanos.
Recibo un mail de un individuo mexicano o no, con internet nadie sabe, invitándome a escribir algo sobre veletas y cielos.
Es estupendo su mail porque me lleva a querer ser un actor mexicano para decir te quiero con ese acento tan claro, y para poder llevar uno de esos sombreros tan raros, como canta La buena vida, Ele minúscula y yo.
Tal vez no sea mexicano. Puede ser una colegiala de Carabanchel alto aficionada al tequila y a las telenovelas. Un exfuncionario de prisiones retirado. Un guía de la Patagonia harto de fotografiar glaciares y escuchar el viento. Un conductor de autobús chileno con alopecia interesado en literatura y admirador de Dolly Parton. Una ama de casa de Cincinnati matriculada en un curso de castellano para principiantes que se aburre. Un científico cansado de jugar con células madre que navega para relajarse.
Hay noches que en la cama escucho al vecino gris que al contarle un cuento a sus hijos brilla, y aunque lo ignora, lleva puesto un sombrero mexicano. Es entonces cuando uno piensa en paz que no hay nada más.
Hay noches en las que Ele minúscula tose hasta el infinito y más allá, levantándose al día siguiente con pelos de loca y humor de perros. Y frío y sueno y cansancio. Es entonces cuando uno se pregunta desesperado si no hay nada más.
Y piensa en sombreros mexicanos.
Trabajar no deja apenas tiempo, uno se acostumbra como se acostumbraría si perdiera alguna extremidad. Como se acostumbra a la idea de la muerte sin gritar desesperado todo el tiempo. Como nos acostumbramos a vivir bajo una dictadura, yo y la generación de predemocráticos a la que pertenezco. Quizá por eso a mi madre y a la Espana de entonces les gustaba Jorge Negrete.
Escribo esto mientras Ele minúscula a mis pies dibuja incansable ángulos con un porta ángulos amarillo hasta el desmayo. Con la inexplicable e inabarcable pasión con la que los minúsculos de su especie emprenden cada tarea por estúpida que sea, cuanto más absurda mejor. Como la vida. Y sin necesidad de recurrir a sombreros mexicanos.
En las antípodas el Turbulento compra camiones de sombreros mexicanos en forma de entradas al festival de otono, áticos bohemios con trozo de cielo, hadas, mujeres hermosas, o viajes a lugares imposibles, que no le sirven para nada. Por eso cuando se encuentra con Ele minúscula, se miran inquietos como si estuvieran estableciendo un incierto contacto con un extraterrestre, tan distinto que ignoran de que demonios está hecho.
Y es que a uno le dan ganas de arrancarles su secreto a los minúsculos, si tuviese una remota idea de dónde lo pueden guardar.
Y luego dicen que el eclipse de manana es raro.


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