Los empujones de Benicio
Considerando que el hombre es lóbrego, mamífero y se peina.
Semejante afirmación viene a cenar a mi casa, de la mano de O el turbulento, al que se la da alguien porque la eligió su platónica Dulcinea. Y que olvida, y su olvido me deja a solas frente a un poema de César Vallejo.
Es agradable que lleguen así los poemas, de noche, de visita, a solas.
Una hoja de papel fotocopiado que se desliza por debajo de la puerta.
Para leer en silencio y viajar, lejos del día y cerca de Ele minúscula que tose y me llama; y me pregunta a las tres menos diez de la madrugada que si se tiene que levantar.
Si, para bailar Capoeira en pijama en el rellano, le contesto porque aún no ha dejado de hacerme gracia el desconcierto infantil.
Y espera impasible el baile para fijarse y bailarlo, porque si hay que bailar se baila. Y conmueve ese dejarse llevar infantil tan inmune al disparate.
Estoy ida de trabajo que no tiene sentido.
Mi jefe es un pequeno grantocapelotas.
No puede evitar tocar las pelotas.
Al igual que el conde de Valmont no podía evitar seducir mujeres.
Al igual que yo no puedo evitar llorar cuando me tocan las pelotas.
Y luego llorar por no poder evitar llorar, y así llenar tazas, cazuelas y piscinas.
Hay trabajo sucio, alguien tiene que hacerlo y yo y Tony Soprano somos muy buenos en el trabajo sucio. No nos quejamos porque no seríamos tan buenos en el trabajo limpio.
No se nos da bien hablar, mentir, ni torear.
Y cojo basura, limpio la sangre, invento coartadas y entierro cadáveres.
Me llevo algunas vísceras a casa que limpio tras arropar a Ele minúscula.
Y mientras la nieve y la luna se asoman por los ventanales, veo a Ele minúscula dormir, pienso en Berlín y silbo canciones de Francoise Hardy.
Y soy básicamente feliz, porque a los pesimistas que sonamos a ras del suelo, nos basta con la nieve, la luna, Ele minúscula, Berlín y Francoise Hardy.
Pero tarde o temprano hay que desfilar frente al pequeno grantocapelotas.
Y grantocapelotas con desgana te recibe, divaga, recita, tira por el suelo las vísceras en las que has trabajado día y noche y dice.
Y por qué no un avión o un barco?
Barco? Repito intentando mantener las lágrimas dentro de mi cabeza.
No, no, tengo una idea mejor, lo hacemos en Jiddish y así sorprendemos.
Jiddish? Repito mientras los chillidos de las lágrimas gritando por salir se me hacen insoportables.
Sí, sí, Jiddish, algún diccionario habrá. Y en la parte central de la presentación escenificamos el baile de lucha brasileno ese que está tan de moda.
Capoeira? Digo mientras las lágrimas salen.
Eso, eso, y para acabar un detalle de los planos de un f18.
No repito f18 porque a estas alturas las lágrimas me lo impiden.
Y piensa un chiste con referencia a las armas de destrucción masiva para romper el hielo.
Y se me ocurre si tendrá limpio el jardín , porque sino, tal vez tenga que pasar a limpiarlo este fin de semana en un momento que saque entre que aprendo Jiddish, baile Capoeira e ingeniería aeronáutica.
A Ele minúscula, un tal Benicio la empuja en el patio.
Y pienso que le viene estupendamente como ensayo de la vida, porque los príncipes azules son difíciles, quizá imposibles de encontrar, pero los grantocapelotas abundan.
Me asomo a la ventana y en lugar de a la chica de ayer me sigo encontrando a un Madrid que sigue insistiendo en disfrazarse de Helsinki.
Hoy Ele minúscula no saldrá al patio y escapará de Benicio.
Qué más se puede pedir?
Considerando que el hombre es lóbrego, mamífero y se peina.
Semejante afirmación viene a cenar a mi casa, de la mano de O el turbulento, al que se la da alguien porque la eligió su platónica Dulcinea. Y que olvida, y su olvido me deja a solas frente a un poema de César Vallejo.
Es agradable que lleguen así los poemas, de noche, de visita, a solas.
Una hoja de papel fotocopiado que se desliza por debajo de la puerta.
Para leer en silencio y viajar, lejos del día y cerca de Ele minúscula que tose y me llama; y me pregunta a las tres menos diez de la madrugada que si se tiene que levantar.
Si, para bailar Capoeira en pijama en el rellano, le contesto porque aún no ha dejado de hacerme gracia el desconcierto infantil.
Y espera impasible el baile para fijarse y bailarlo, porque si hay que bailar se baila. Y conmueve ese dejarse llevar infantil tan inmune al disparate.
Estoy ida de trabajo que no tiene sentido.
Mi jefe es un pequeno grantocapelotas.
No puede evitar tocar las pelotas.
Al igual que el conde de Valmont no podía evitar seducir mujeres.
Al igual que yo no puedo evitar llorar cuando me tocan las pelotas.
Y luego llorar por no poder evitar llorar, y así llenar tazas, cazuelas y piscinas.
Hay trabajo sucio, alguien tiene que hacerlo y yo y Tony Soprano somos muy buenos en el trabajo sucio. No nos quejamos porque no seríamos tan buenos en el trabajo limpio.
No se nos da bien hablar, mentir, ni torear.
Y cojo basura, limpio la sangre, invento coartadas y entierro cadáveres.
Me llevo algunas vísceras a casa que limpio tras arropar a Ele minúscula.
Y mientras la nieve y la luna se asoman por los ventanales, veo a Ele minúscula dormir, pienso en Berlín y silbo canciones de Francoise Hardy.
Y soy básicamente feliz, porque a los pesimistas que sonamos a ras del suelo, nos basta con la nieve, la luna, Ele minúscula, Berlín y Francoise Hardy.
Pero tarde o temprano hay que desfilar frente al pequeno grantocapelotas.
Y grantocapelotas con desgana te recibe, divaga, recita, tira por el suelo las vísceras en las que has trabajado día y noche y dice.
Y por qué no un avión o un barco?
Barco? Repito intentando mantener las lágrimas dentro de mi cabeza.
No, no, tengo una idea mejor, lo hacemos en Jiddish y así sorprendemos.
Jiddish? Repito mientras los chillidos de las lágrimas gritando por salir se me hacen insoportables.
Sí, sí, Jiddish, algún diccionario habrá. Y en la parte central de la presentación escenificamos el baile de lucha brasileno ese que está tan de moda.
Capoeira? Digo mientras las lágrimas salen.
Eso, eso, y para acabar un detalle de los planos de un f18.
No repito f18 porque a estas alturas las lágrimas me lo impiden.
Y piensa un chiste con referencia a las armas de destrucción masiva para romper el hielo.
Y se me ocurre si tendrá limpio el jardín , porque sino, tal vez tenga que pasar a limpiarlo este fin de semana en un momento que saque entre que aprendo Jiddish, baile Capoeira e ingeniería aeronáutica.
A Ele minúscula, un tal Benicio la empuja en el patio.
Y pienso que le viene estupendamente como ensayo de la vida, porque los príncipes azules son difíciles, quizá imposibles de encontrar, pero los grantocapelotas abundan.
Me asomo a la ventana y en lugar de a la chica de ayer me sigo encontrando a un Madrid que sigue insistiendo en disfrazarse de Helsinki.
Hoy Ele minúscula no saldrá al patio y escapará de Benicio.
Qué más se puede pedir?
Benicio amenazando a Ele en el patio.



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