Acobardada
Tengo una foto de fotomatón multigeneracional en la puerta del frigorífico.
Ma, Ele minúscula y yo.
Ele la mira y me pregunta: Te acobardas?
Miro la foto con desconcierto.
Ele confunde acobardar con acordar.
Aunque mi peinado acobarda un poco pese a la vuelta de los ochenta.
Después vamos al Retiro, a la estatua del ángel caído.
El único monumento a Satanás, estratégicamente situado en la cota 666.
Un gorrión canta dentro de las fauces de una de las serpientes infernales de la estatua.
Ele patina alrededor. Inocente y ajena al entorno demoníaco.
Sin acobardarse.
Pienso en los ninos en tiempos de guerra que juegan entre escombros, misiles, alguna extremidad, tal vez.
La vida.
En el trabajo sigo buscando la cámara oculta.
Que le hemos vendido al cliente que hacemos intervenciones quirúrgicas oculares para reducir la miopía. Que disponemos del método Fluzor, manejable a través de la herramienta RTAW, soportada por MySQL, ya sabes. Dicen.
Tú Sql? Intervengo brillante.
M-Y-S-Q-L, coge el cutter. Responden.
Suspiro, resoplo, relincho y grazno, porque nunca aprenderé a ser un junco hueco y que el aire pase a través de mí.
Después, con resignación y agarrada a un cutter pido a mi memoria que me traiga la escena ojo-navaja-luna-nubes del Bunueliano perro andaluz.
Me acobardo.
Para desconectar compro la autobiografía de Josefina Aldecoa por la bonita portada.
No duermo porque no puedo para de leer o leo porque no puedo dormir.
Caigo rendida a sus pies y de sueno.
Sobre la viejita que es hoy cuenta que durante la vejez se remarca la tendencia a vivir hacia dentro. 'Converso con el hombre que siempre va conmigo' diría Machado.
De modo que los caracoles acabaremos volcando, pienso.
Y me meto en el caparazón a refocilarme en la melancolía que me constituye.
No queriendo ser Publicista y fabricante de nadas inservibles intangibles e inhumanas.
Deseando ser bibliotecaria en la facultad de informática para desenmascarar al propietario del SQL de una vez por todas, o arquitecta para creer que soy lista, artista, tal vez surfista, o cabo de Palos para andar cerca del mar, o nadadora que descansa con los pies en el agua, o planta 32 de la Torre de Madrid para abarcar la Gran Vía entre dos dedos.
Llevo a Ele a colegio un día más. Mientras se aleja diminuta por el pasillo se da la vuelta y me dice, ya sabes, si necesitas algo, me llamas. Me tira un beso volador y se gira muy seria para continuar el avance hacia su clase.
Minúscula y valiente.
Y yo quedo inmóvil en la puerta.
Mayúscula y acobardada.
Tal vez Ele no confunda acordar y acobardar al fin y al cabo.
Cosas que acobardan.
Tengo una foto de fotomatón multigeneracional en la puerta del frigorífico.
Ma, Ele minúscula y yo.
Ele la mira y me pregunta: Te acobardas?
Miro la foto con desconcierto.
Ele confunde acobardar con acordar.
Aunque mi peinado acobarda un poco pese a la vuelta de los ochenta.
Después vamos al Retiro, a la estatua del ángel caído.
El único monumento a Satanás, estratégicamente situado en la cota 666.
Un gorrión canta dentro de las fauces de una de las serpientes infernales de la estatua.
Ele patina alrededor. Inocente y ajena al entorno demoníaco.
Sin acobardarse.
Pienso en los ninos en tiempos de guerra que juegan entre escombros, misiles, alguna extremidad, tal vez.
La vida.
En el trabajo sigo buscando la cámara oculta.
Que le hemos vendido al cliente que hacemos intervenciones quirúrgicas oculares para reducir la miopía. Que disponemos del método Fluzor, manejable a través de la herramienta RTAW, soportada por MySQL, ya sabes. Dicen.
Tú Sql? Intervengo brillante.
M-Y-S-Q-L, coge el cutter. Responden.
Suspiro, resoplo, relincho y grazno, porque nunca aprenderé a ser un junco hueco y que el aire pase a través de mí.
Después, con resignación y agarrada a un cutter pido a mi memoria que me traiga la escena ojo-navaja-luna-nubes del Bunueliano perro andaluz.
Me acobardo.
Para desconectar compro la autobiografía de Josefina Aldecoa por la bonita portada.
No duermo porque no puedo para de leer o leo porque no puedo dormir.
Caigo rendida a sus pies y de sueno.
Sobre la viejita que es hoy cuenta que durante la vejez se remarca la tendencia a vivir hacia dentro. 'Converso con el hombre que siempre va conmigo' diría Machado.
De modo que los caracoles acabaremos volcando, pienso.
Y me meto en el caparazón a refocilarme en la melancolía que me constituye.
No queriendo ser Publicista y fabricante de nadas inservibles intangibles e inhumanas.
Deseando ser bibliotecaria en la facultad de informática para desenmascarar al propietario del SQL de una vez por todas, o arquitecta para creer que soy lista, artista, tal vez surfista, o cabo de Palos para andar cerca del mar, o nadadora que descansa con los pies en el agua, o planta 32 de la Torre de Madrid para abarcar la Gran Vía entre dos dedos.
Llevo a Ele a colegio un día más. Mientras se aleja diminuta por el pasillo se da la vuelta y me dice, ya sabes, si necesitas algo, me llamas. Me tira un beso volador y se gira muy seria para continuar el avance hacia su clase.
Minúscula y valiente.
Y yo quedo inmóvil en la puerta.
Mayúscula y acobardada.
Tal vez Ele no confunda acordar y acobardar al fin y al cabo.
Cosas que acobardan.

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