Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, diciembre 10, 2005

En femenino.

En el metro.
Una madre y su hija de 5 anos van jugando.
Piedra papel o tijera. Saca lo que quieras.
La madre saca piedra, la hija tijera.
Al ver que ha perdido, hija dice moviendo sus dedos de tijera.
Es dinamita. Ves los cartuchos?
Y hace boom simulando volar la piedra puno de su madre, que se deja hacer porque las madres están para eso.
Para dejarse ganar y para comerse las cabezas del pescado.

En los probadores de una tienda outlet de un barrio más allá de la M30.
Una adolescente con tetas como globos terráqueos, ha logrado embutirse en un vestido tan minúsculo que me río yo de las haza?as del escalofriante concurso que apostamos.
Corretea a ensenárselo a su amiga-tía que está en otro probador.
Qué tal estoy, tía?
Te queda fenomenal, tía. Tienes que llevártelo. Te hace puta, puta, PUTA.
En otro probador hay dos gitanas bellas.
Pero mete tripa maaama, mete tripa.
Que no puedo Triana, déjame.
Me compro un abrigo que no necesito porque era barato.
Triste.
Antropológico.

En la cámara de tortura.
El doctor Vicio Susurros existe y es mi ginecólogo.
Pelo cano y corto.
Ojos azul plomo con mirada metálica.
Sonrisa ladeada de chulo infinito.
Rostro de cuadrado perfecto, como el retrato robot de un asesino en serie.
Y para rematar es Argentino.
Mientras trabaja susurra frases inquietantes acompanadas por mirada metálica y sonrisa ladeada.
Saldría corriendo si no fuera por la ausencia de ropa interior.
Doctor Vicio Susurros y enfermera me preguntan cosas habituales para el historial.
Pero a causa de los nervios les canto una petenera.
Se extranan.
Al intentar aclarar las cosas me salen dos rumbas.
Desisto. Me callo, me visto y me voy.
Me he dejado la chaqueta y vuelvo.
No está bien irse dejando la ropa por ahí, me susurra Vicio Susurros.
Emito sonidos incongruentes: graznido, murmullo y risa de loca.
Me vuelvo a ir.
Pido hora para la próxima tortura.

En la calle, hoy.
Hay mujeres que cada día pasan 8 horas dentro de sus jaulas.
Súmale un par de horas de camino.
A cambio de cacahuetes, digo de dinero.
Porque encierro es igual a dinero.
Porque dinero es igual a libertad.
Luego encierro es igual a libertad.
Paradójico.
Hay mujeres que además, deciden tener crías.
Y pasan noches sin dormir, y visten pulpos, y los alimentan, y los llevan a colegio, y al pediatra, y al logopeda, y al cumpleanos de otros pulpos, y a inglés, y a Judo, y al fútbol, y a los toros, y al circo Mundial a ver a miss Aurori, la reina del circo, y a los motoristas diabólicos, y al hombre Tiburón, para que vean lo que pasa si no estudias.
Alienante.
Y sobre todo, hay muchas mujeres que deciden combinar jaula y crías.
Obligadas a hacer juegos malabares para encajar horarios tan imposibles como la cópula entre un elefante y una hormiga.
Que ven documentales de mujeres vietnamitas recolectando arroz con su cría colgada del cuerpo. Pobres mujeres, piensan.
Ilusas.