Ande winner, ande winner ¿Por qué me has abandonado?Uno crece y se va dejando la creatividad en el camino, de modo que suele preguntar a los pequeños: ¿Y de mayor que quieres ser?
Uno es pequeño y responde que bombero o policía de tráfico, que princesa o bailarina, que caballo, que mago, o incluso que podólogo como el padre de su amigo Pedro que hace parapente, submarinismo, esquía y se sabe un millón de chistes.
Pero respondamos lo que respondamos todos queremos ser una cosa:
Winners, para ganar siempre.
¿Ganar a qué?
A guapo, a listo, a rico, a rápido, el que antes se acaba el plato, el más gracioso, a los bolos, al tute, al churro, el más jefe, el que escupe más lejos, a mejor ventrílocuo, al mejor blog, a comer más huevos cocidos, a aguantar más tiempo sin respirar, a tener más largas las uñas de los pies.
Ganar a lo que sea.
¿Ganar qué?
El nobel, el oscar, un Goya, un Grammy, una medalla en el torneo de dardos del bar de la esquina, una copa de fútbol en el Instituto, una estatuilla en el concurso de poesías de tú pueblo, judías o macarrones apostados cuando juegas al cinquillo con tu abuela.
Ganar lo que sea.
El caso es recibir aplausos.
Y soñar.
Uno vuelve del colegio arrastrando la mochila a cámara lenta por los escalones de cuatro pisos sin ascensor, soñando que ha sido convocado por la selección española de fútbol. El Mundial. Un encuentro decisivo. Unos minutos para el final. Roba un balón y marca un golazo que hace historia. De tacón, de vaselina, por la escuadra. Y el mundo boquiabierto que aplaude.
Una regresa del instituto llena de notas que no alcanzan. Enamorada de ese chico que se empeña en mostrarle que no existe. Imagina que canta y toca la guitarra. Con su grupo. Un macroconcierto. Miles de personas. Con un rock salvaje, para que se entere él, para que se enteren hasta en Katmandú. Y el auditorio baila, suda, grita, la desea y la aplaude.
Uno oye el despertador. Madruga con sueño y con legañas. Coge ese metro que le va matando de a poquitos para ir a la oficina. Fantasea que le dan un Oscar a mejor director. Una obra maestra que ha conmocionado al mundo. El oscar. Hollywood a sus pies. Unas palabras.A todos los que creyeron en mí. Pero sobre todo a los que no lo hicieron. Todos los que no daban un duro por mí. Los que no me escucharon. El puto profesor de dibujo técnico que se burlaba. A esa novia que se fue con ese tipo del Golf con cara de mono. Al tocapelotas de mi jefe. 45 millones de espectadores. Aplaudiéndome.
Y es que uno crece y descubre que siempre le acaba tocando aplaudir.
Y se amarga, o se acorcha para no sentir, o decide aplaudirse a si mismo.
Yo me conformo con seguir volando, digo soñando y haciendo la quiniela para la noche de los Oscars.

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