Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, mayo 03, 2008

Bofetadas

En la jaula
He visto cosas que no creeríais.
He visto hundir al productivo y encumbrar al parásito.
El jugador de rugby me llama a su habitáculo.
Este año, a modo de subida, un par de bofetadas.
Que la vida es injusta, las multinacionales más,
y eso no lo puede arreglar ni un equipo de rugby entero.
Y encima uno no sabe venderse ni ir de farol.
Ni mucho menos devolver la bofetada.
Que anda demasiado ocupado trabajando para pensar en escapar.
Debes escapar pero no te mueves.
Porque prefieres no moverte a no poder moverte.
Y en la jaula te toca un año más de bofetada.
Para compensar otras subidas.
Subidas para los lentos que echan horas y cacarean.
Para compensar los que se saben escaquear.
Toda una ciencia, pregúntese a la Super tras tantos años.
A mí si la gente se sabe escaquear, que se escaquee.
Cacareo y escaqueo.
Pero no para ti, que eres como Superman.
Y en cuanto te encajas las gafas te conviertes en imbécil.
No tienes nada, pero no quieres perderlo.
Y trabajas y trabajas y trabajas invisible.
Dejas que te aten los hilos a las manos, a los pies y que te muevan como una marioneta.
Y de premio toma, un dos.
Dos bofetadas, en lugar del IPC.

En el Sur
Ele minúscula viaja al sur con su madrastra,
esa que no para de reír,
y yo me pregunto que de qué se reirá.
Mañana es el día de la madre, y Ele tendrá lista una manualidad ingenua y fea.
Quizá un pollo de lana amarilla sobre una cartulina negra.
Y a mí me da igual el día de la madre,
pero tras tanta bofetada necesito el pollo.
Cruzo los dedos para que la madrastra que ríe no se lleve el pollo.
Que lo necesito.
Que ella tiene la risa, que el pollo es mío.
Por justicia el pollo es mío.
Lo sé. Mío.
Pero la vida no es justa.
Si no lo crees, te invito a un paseo por mi jaula a que te den dos bofetadas.

Y leo
Y leo a Alberto Olmos Al borde del naufragio,
tan desesperado universal que le copio a lo largo de todo este blog.
Y para eliminar el líquido oscuro de mi cabeza,
paseo por un Madrid de primavera y me tumbo sobre el césped a ver las nubes.
Voy al Cine. Ceno en Ginza.
Me compro unos tacones de alpinista,
para poder besar al hombre de la luna sin empinarme.
Si viene.

Y por no tener que encajar más bofetadas,
decides no fabricar nada fuera de tu cabeza,
para que nadie pueda destruirlo,
pero no es tan fácil.
Y te descubres necesitando una subida de al menos el IPC, o un nombre para tu puesto, o trabajar sólo por ti, no por todos tus compañeros.
Necesitando oír la voz de Ele al teléfono sin esa crispante y perpetua risa de fondo, como de teleserie, enlatada, que te hace sentir tan mal cuando andas triste.
Necesitando aferrarte al pollo feo de lana amarilla para no caer.
Necesitando a Selenita a tu lado, para que te borre las bofetadas a besos,
para que te dibuje un pollo si hace falta.

Y por dejar de mirarme el ombligo,
pienso en los levantamientos del 2 de Mayo.
Si no nos hubiéramos levantado, seríamos la España francesa.
Como las Antillas, como la Guayana.
Andaríamos trepando a un cocotero y seríamos negros.
Y hablaríamos francés.
No estaría mal hablar francés.
Así Olalá Mondié, mi compañera de jaula,
no tendría que molestarse en traducirme a Brel o a Brassens.
Que le entendería yo solita.