¿Alguien ha visto dónde demonios está el mando?
La vida es una mesa de centro.
Siempre a rebosar de cosas inútiles.
Intentas llenarla de objetos bonitos, pero se transforman en basura.
Finalmente acabas conformándote con encontrar el mando a distancia de la tele.
Estúpida tele.
Sigo adelante con el piso pese a tener fantasmas escondidos.
Y es que la gente miente.
Para que la quieran.
Para que la contraten.
Para que la compren algo. Su piso, por ejemplo…
Para vivir.
Y las mentiras se acaban descubriendo. O no.
Hago quiniela para la noche de los Goya.
Shu arrasa con 21 aciertos. Cosas de hadas.
Me regala un bonito pañuelo de Jocomomola y una estupenda cena.
Yo correspondo con un marco de cristal roto con fotos movidas y cuatro lonchas de salami. Del malo. Del que destiñe.
Y es que a veces las cosas se complican y no salen como esperas.
O el tormentoso grazna ante la imposibilidad de un mundo culturalmente correcto, cuyo pensamiento me asfixia.
Queda segundo con 13 aciertos.
Hombre Zen y yo empatamos a 12. Con apuestas “no del todo correctas”. Felices. Hombre Zen empata desde Zurich con su gorro de lana puesto.
La hermana de Saravan, que yo hubiese podido ser, viene a ayudarme a descubrir fantasmas escondidos en mi posible futura nueva casa vieja.
Analiza las grietas raspando con una llave. Revisa humedades. Estudia el acabado de muros y patios.
Verla es como ver al Agente Warrick Brown de CSI.
Es estupendo que a veces no haga falta el mando a distancia.
Princesa, allá en París, le enseña el mundo a su Jota minúscula.
Yo quedo y desquedo con Vir por pereza, por angustia y por nervios…, porque hace frío, el cielo está blanco y parece que va a nevar.
Tengo ganas de verla.
Dejo las cosas para luego, porque se me olvida que no hay luego.
Y mientras, me pongo a buscar el mando a distancia en la mesa de centro.

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