En medio de ninguna parteEl escritor David Foster Wallace comienza un cuento con una mujer que abandona a sus hijos en medio de ninguna parte.
En plena carretera al lado de un poste.
Esperadme aquí, les dice.
Y los niños ahí se quedan.
El niño, algo más mayor, con la niña de la mano.
Esperando.
Como yo.
De vacaciones. En la playa. Con Ele de la mano.
Esperando.
Esperando diagnósticos de seres con batas blancas.
Esperando que la vida haga crack, el sonido ese que hace cuando va a girar hacia otra parte.
Esperando que príncipes cuentistas con cabeza de melón hagan te quieros en lugar de decirlos.
Esperando que las noches inmensas de bailes, cuentos, broncas y vuelos, dejen de ser robadas y sean mías.
Leyendo novelones de guerras, posguerras y amores inconvenientes que lo pueden todo.
Que la ficción es así.
Como deben de ser las cosas.
Que ganan los buenos, se salva la chica y triunfa el amor.
Y felices y perdices.
En la vida real uno puede volverse loco esperando, apoyado en un poste de carretera en medio de ninguna parte.
Y el socorrista de la piscina me dice niña que solica andas siempre leyendo.
Va a ser que estoy en Málaga, piensas.
Y madres de otros niños se empeñan en hablar de colegios y pedagogos.
Va a ser que llevo a Ele minúscula de la mano, piensas.
En Málaga, en la playa con Ele,
aunque en lugar de playa veo los paisajes desérticos helados del Polo Norte.
Y el niño autista de la sombrilla vecina me mira, se acerca, me sigue.
Experto en manejarse en irrealidades.
Él que anda mucho más allá del Polo Norte.
Me aferro a la minúscula mano de Ele para que me devuelva a la realidad.
Ele que me dice a gritos que ya sabe dónde está Malasia.
Ele que me comunica que me quiere todas las cosas del mundo, desde el principio hasta el final, haciendo una cadeneta pegada con celofán.
Y sé que lo que tengo que hacer es dejar de pedir deseos insensatos a los dientes de león.
Dejar de preguntarle a las sepias del chiringuito si vamos a ser dos, tres o un millón.
Dejar de pedirle a las gambas que me hablen de los y si.
Y si viene, y si no viene, y si se escapa, y si no puedo con el miedo.
Y si se acaban las noches, los viernes, los vuelos y los besos.
Y si no se acaban.
Pero la sepia y las gambas me miran en silencioso desconcierto desde el plato.
Que están a la plancha y ser oráculos no es lo suyo.
Que lo mejor es que no piense.
Que me quede con la playa, la realidad del chiringuito, del socorrista, de las madres, de los pedagogos y me entretenga en pensar cómo son las mujeres allá en Pekín.
Que me deje de ficciones, de esperas y de postes.
Aquí, en medio de ninguna parte,
Y el niño autista de la sombrilla vecina me mira, se acerca, me sigue.
Experto en manejarse en irrealidades.
Él que anda mucho más allá del Polo Norte.
Me aferro a la minúscula mano de Ele para que me devuelva a la realidad.
Ele que me dice a gritos que ya sabe dónde está Malasia.
Ele que me comunica que me quiere todas las cosas del mundo, desde el principio hasta el final, haciendo una cadeneta pegada con celofán.
Y sé que lo que tengo que hacer es dejar de pedir deseos insensatos a los dientes de león.
Dejar de preguntarle a las sepias del chiringuito si vamos a ser dos, tres o un millón.
Dejar de pedirle a las gambas que me hablen de los y si.
Y si viene, y si no viene, y si se escapa, y si no puedo con el miedo.
Y si se acaban las noches, los viernes, los vuelos y los besos.
Y si no se acaban.
Pero la sepia y las gambas me miran en silencioso desconcierto desde el plato.
Que están a la plancha y ser oráculos no es lo suyo.
Que lo mejor es que no piense.
Que me quede con la playa, la realidad del chiringuito, del socorrista, de las madres, de los pedagogos y me entretenga en pensar cómo son las mujeres allá en Pekín.
Que me deje de ficciones, de esperas y de postes.
Aquí, en medio de ninguna parte,
preguntándole a sepias por príncipes…

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