Lágrimas como elefantesHay veces que a uno se le atascan dos elefantes dentro del cuerpo y se le balancean las lágrimas, como elefantes, entre la boca, la nariz y los ojos.
Ahora cuando me quede a solas, lloro –se dice uno–. Ahora cuando la ciudad se me quede tan anónima como si estuviera paseando por Manhattan, lloro.
Y al fin te quedas sólo entre una marea de desconocidos y bajas las escaleras del metro con el peso de los dos elefantes que se te han instalado dentro.
Los elefantes comienzan a trepar por la garganta y a asomarse a las pestañas disfrazados de lágrimas. Agradeces su disfraz, porque sino a ver como demonios podrías hacer pasar los elefantes por el torniquete del metro.
Pero entre tanto extraño aparece la cara sonriente de la profesora de teatro de Ele minúscula.
No la reconozco, que estoy en África entre elefantes.
Ella se presenta y se sitúa.
Soy la profesora de teatro de Lucía, dice.
Y yo le respondo, que ya, que vaya, que las vacaciones, que el verano, que cuando era pequeña los veranos era largos.
Pues los míos aún lo son, me dice ella, y la miro de nuevo y la veo tan joven y tan ligera, sin años ni elefantes que le empujen a la tierra, que le digo que que suerte que bien que envidia.
Me oigo lejana y algo gritona, así que remato la faena con unos comentarios irónicos de esos que espantan a los amantes, y que ya no recuerdo porque andaba pensado que ese tipo de comentarios son los que asustan a los amantes.
Nos despedimos.
Me doy cuenta que ya no voy a llorar.
Nos despedimos.
Me doy cuenta que ya no voy a llorar.
Que se me han disuelto las lágrimas y los elefantes se han descolgado hacia dentro.
Así es la vida.
Con unas pocas cosas que suceden y una inmensidad de cosas que jamás llegan a ocurrir.
Que se pasa el momento y las cosas ya no son.
Qué bien unas lágrimas menos, piensas.
Que mal estos dos elefantes que se me han quedado dentro, vuelves a pensar.
Uno de amor y otro de muerte.
Tan atascados, tan inmóviles, tan pesados.
Y como apenas se puede hacer nada, uno canturrea.
Un elefante
se balanceaba
sobre la raíz de una pestaña.
Y mientras, uno sigue nadando en el asfalto como un pato solitario y cabezón.
Nadando en la espalda del amante que hace olvidar a la muerte.
Nadando y viendo nadar.
Y a cada brazada del nadador te sorprendes de cómo uno puede querer tanto.
Y aguantar tanto.
Y sorprende esto de estar vivo.
Y desearías que fuera posible llorar lágrimas como elefantes.
Lágrimas de estar vivo.
Para meterlas en un frasco y darselas a beber a mi padre que se le escapa la vida.
Y creer que el nadador quizá sería capaz de hacerle feliz a uno.
Así es la vida.
Con unas pocas cosas que suceden y una inmensidad de cosas que jamás llegan a ocurrir.
Que se pasa el momento y las cosas ya no son.
Qué bien unas lágrimas menos, piensas.
Que mal estos dos elefantes que se me han quedado dentro, vuelves a pensar.
Uno de amor y otro de muerte.
Tan atascados, tan inmóviles, tan pesados.
Y como apenas se puede hacer nada, uno canturrea.
Un elefante
se balanceaba
sobre la raíz de una pestaña.
Y mientras, uno sigue nadando en el asfalto como un pato solitario y cabezón.
Nadando en la espalda del amante que hace olvidar a la muerte.
Nadando y viendo nadar.
Y a cada brazada del nadador te sorprendes de cómo uno puede querer tanto.
Y aguantar tanto.
Y sorprende esto de estar vivo.
Y desearías que fuera posible llorar lágrimas como elefantes.
Lágrimas de estar vivo.
Para meterlas en un frasco y darselas a beber a mi padre que se le escapa la vida.
Y creer que el nadador quizá sería capaz de hacerle feliz a uno.
En el supuesto de que la felicidad exista.

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