Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

viernes, junio 13, 2008

Salir del agua

No quiero salir del agua.
Debo salir.
Tengo los labios morados.
La piel arrugada.
El corazón encharcado.
Debo salir de agua.
No quiero.

Dejar al hombre de la luna en la piscina.
Que su cabeza es neardental, de feldespato y no quiere salir del agua.
Así son los niños.
Tienes que gritar cien veces Ele sal del agua.
Y a la vez que hace cien. Sale.
Cien veces y sale.
Selenita No.
Que es pequeño y no quiere salir.
Y es mayor y por eso no sale.
Ni a la de mil. Ni a la de un millón.
Se queda flotando y girando y flotando y girando.
No salgas, me grita, quédate.
Y yo no quiero salir, quiero quedarme.
Pero si no salgo me asfixio.
Salimos o me asfixio, le digo.
Fuera no que pueden vernos, responde.
Tengo que salir. Insisto ya casi sin aire.
Me agarro al bordillo y reptando voy saliendo.
Mira, mira como nado. Grita.
Y me raspo la cara, el pecho, la tripa.
Mira el agua roja que bonita. Chilla.
Roja, rojo sangre. Mi sangre.
De la inmensa herida al intentar salir de la piscina.
Mira, mira que daño, un padrastro. Dice mirándose el dedo.
No mirar.
Que si miro corro el peligro de resbalar hasta el fondo.
No volver a caer en la piscina, que no hay aire.
Necesito aire para gritarle a Ele que salga ya del agua este verano.
Para que no se quede indecisa, cobarde y quejica en una piscina,
como les pasa a algunos hombres de la luna.
Para que no pierda el tiempo mirándose el ombligo.
Mira, mira como nado, dice él.
Una vez más, sólo una más, la última, insiste.
No miro.
No contesto.
Que si lo miro no hago pié y estoy perdida.
Aprovechar la hipotermia de tanta profundidad marina,
para que se me congele el amor, para no verlo.
Sólo mirar al verano, al sol.
Salir de la piscina, de la jaula, de Madrid.
Viajar al norte.
A la playa de Fonforrón que aparece y que se esconde.
A tierra de Meigas, de conjuros y de bosques.
A ver si consigo ocultar Selenitas en algún lugar profundo de la memoria.
En un sitio donde no duela, del que sólo regrese cuando sea inmune.
Como la postal de un tío que viajó a la Patagonia, y cuenta que vió ballenas en el horizonte.
Tengo que salir del agua.
Sacudirme hasta la última gota.
Volver a respirar.

La teoría es sencilla, pero aquí sigo,
sumergida hasta el cuello pataleando para no ahogarme.
Intentando salir del agua aunque no quiero.