Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

lunes, diciembre 01, 2008

Mona titiritera, con poncho y conejito, baila al son de música turca

En la jaula sitios vacíos le hacen pensar a uno en cajas con el cartel de FRÁGIL que encierran cristalerías.
De cristal, somos todos de cristal.
Unos más que otros.
Pensar en tómbolas, ruletas y loterías.
Si funcionaran los cánticos de iglesia o hacer el pino,
ya estaría cabeza abajo como espiga dorada bajo el sol.
Que lo mismo te vas que te dan un conejito.
- ¿Y esto? Preguntas con el conejito en la mano.
- Tu equipo. ¿Qué te parece? Me responden.
- Que soy una mona titiritera barata y cobarde con miedo a la indigencia, que no sabe negociar, ni escaquearse, que se deja insultar y que así le va, por cobarde. Pienso.
- Insuficiente. Dame algo. Digo.
- ¿Un poncho? Me ofrecen.
Y Raphael viajaba con un par de ponchos en la maleta y decía que le iba bien.
Pero con uno sólo y tratándose de mí, me veo aplastada por la tristeza como Chavela.
- A partir de ahora también tienes que bailar. Añaden.
- ¿Bailar qué? Pregunto ya que no tengo ametralladora ni dinero suficiente.
- Música turca, con los pechos descubiertos. Me explican.
- Pues entonces me tenéis que dar 23 cds de música turca. Pido absurda.
- Jo. Añado con la voz inaudible de los cobardes.
Tan distante de esas otras voces esas que dominan el mundo,
que saben lo que quieren.
Capaces de llamar al encargado 40 veces en un almuerzo.
A años luz de los que siempre encuentran sitio para aparcar.
De los que sobrevuelan Maracaibo un día sí y otro también.
De los que se creen poseedores de un gran secreto.
Un secreto que les hace merecedores del universo.
Que para eso son gente seria, que hacen sumas y restas como el Sr Carmesí de El principito.
Que nunca se enamoran, y menos aún, de la persona equivocada.
Y uno les admira porque parece que no mienten ni engañan.
Que si alguien anda dominando el mundo no está para perder el tiempo en gaitas.
De modo que con el poncho, el conejito y los 23 cds de música turca me planto una vez más a la baja.
Y aquí ando.
Bailando música turca a pecho descubierto mientras conejito toca las palmas.
Que se le va a hacer si soy de los que les toca dar un millón de vueltas para aparcar.
De los que se sueñan con poder abrazar a quien quieran siempre que les apetezca.
De los que se acaban conformando.
Aunque el metro huele mal y la jaula peor.
De tanta caca de mono asustado por la crisis, por la vida.
Pero al olor uno se acostumbra, y si tienes suerte, hasta te tiran cacahuetes.

Y pienso en Hada Mala en Buenos Aires.
En el Innombrable en Sanghai.
Y en que siempre quedará Barcelona y Gerona.
Con imposibles hoteles de cristal en medio de parajes volcánicos,
donde dormir bajo estrellas Michelín.