http://www.youtube.com/watch?v=Ik-RsDGPI5Y
Las niñas nacen.
Sueñan con ser princesas.
Se enamoran de sapos que creen príncipes.
Se reproducen (o no).
Y mueren.
Y la culpa la tiene Walt Disney.
Inoculando el veneno ese desde la infancia.
Metiéndonos el deseo de ser princesas en la sangre.
En una sangre que roja que nunca será azul, por mucho que una se empeñe.
Sangre envenenada por el deseo de manzanas, zapatos y besos.
Y una puede llegar a creerse que es inmune.
Odiar el rosa, no encajar en los zapatos y dejar de esperar besos.
Preferir superhéroes, ciencia ficción, naves espaciales y vampiros.
Pero a la hora de la verdad es capaz de posar semidesnuda a bajo cero…
Tan sólo por ser princesa por un día.
Sube, baja, mira, no mires, ponte el zapato, pierde el zapato, me ordenan.
Y subo, bajo, miro, no miro, me pongo el zapato, pierdo el zapato.
Y la carne de gallina, los labios morados y las risas de los patos del estanque.
Se acerca una pareja de turistas holandeses, un jubilado paseando al perro y un colegio.
Los holandeses sonríen despistados buscando la peineta, las castañuelas y el tablao.
El jubilado me mira tan impasible como cuando mira la zanja.
Otra zanja, -piensa- escotada y descalza la zanja.
El perro dice: ¡Guau! y eso me gusta.
Los niños vocean.
¿De qué va esta? ¡Es Cenicienta! ¡No le tiréis pelotillas!
Y como entra vergüenza echo a volar.
Que yo no le tengo miedo a las aturas, le tengo miedo al suelo.
Vuelo hacia el sapo verde ese que me acompaña.
Ese que me amará cuando las ranas lleven tupé.
Vuelo a bailar con el príncipe, otro clásico.
Que no es príncipe, que es sapo.
Que no es vals, que es Chuck Berry.
Que no es La Cenicienta, que es Pulp Fiction.
Que no llevamos zapatos, bailamos descalzos.
Porque hoy en día,... ¿quién demonios encaja en los zapatos?

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