Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, julio 12, 2003

Robando sueños a desconocidos

Alguien que me lee, y a quien no conozco, cuenta que de vez en cuando sueña ser la chica del vestido amarillo de la película el Guateque de Peter Sellers. Y yo, ni corta ni perezosa le robo su sueño.
Y aunque no recuerdo la chica del vestido amarillo, de vez en cuando, me meto en su piel. Con su bonito vestido, en esa bonita casa, moviendo la cabeza a ritmo de hammond. Y como paralelamente voy en el metro sin aire, es el momento en que todo el mundo se anda tirando a la piscina con el elefante multicolor. Y yo, ando pensando si lanzarme o no, porque los cobardes lo somos también en los sueños.
Sé que robar esta mal, pero en una fiesta con tanta gente, no pasa nada porque haya dos chicas de vestido amarillo.
En casa de mis padres, cuando era pequeña, el día de Santa Lucía, al acercarse la Navidad, poníamos el Nacimiento. Cada año ibamos a la plaza Mayor a comprar un par de figuritas nuevas, que mi hermano y yo, llamabamos fichas.
- ¡Venga!. Vamos a por fichas. ¡Venga! Suplicábamos hasta vencer por aburrimiento.
Siempre íbamos. Siempre olvidábamos llevar una "ficha" de muestra. Así, al llegar a casa, nos encontrábamos con que habíamos comprado figuras mucho más grandes o mucho más pequeñas que las que teníamos, e incluíamos el pastor y la lavandera gigantes, o el centurión y el burro enanos. Un Nacimiento de lo más Gulliveriano. Pero a lo que iba, a veces, comprabamos figuras repetidas. Y ahí quedaban los pastores mellizos, incluso teníamos unos trillizos. Y no pasaba nada. ¿Qué importa que haya dos chicas vestidas de amarillo en un Guateque soñado?
En mi descargo copión, decir que ando MUY necesitada de Technicolor, a causa del exterminio nazi.
Leí "Si esto es un hombre", el primer libro de la trilogía autobiográfica de Primo Levi.
En algunos fragmentos, se percibe un terror tan abismal, que no consigo alejarme de ello...
Entraban en el campo los que el azar hacía bajar por un lado del convoy; los otros iban a las cámaras de gas. Así murió Emilia, que tenía tres años; ya que a los alemanes les parecía clara la necesidad histórica de mandar a la muerte a los niños de los judíos.
Emilia, hija del ingeniero Aldo Levi de Milán, que era una niña curiosa, ambiciosa, alegre e inteligente, a la cual, durante el viaje en el vagón atestado, su padre y su madre habían conseguido bañar en un cubo de zinc, en un agua tibia que el degenerado maquinista alemán había consentido en sacar de la locomotora que nos arrastraba a todos a la muerte.

He tenido pesadillas por la noche. Me acordaba de Emilia durante el día.
Para mayor alegría, continúan las desagradables negociaciones de la separación. Con el mediador. Esta vez no nos toca Pumuki. En su lugar un hombre. Menos amoroso, menos eficiente.
Soy incapaz de expresarme. No, no me he quedado muda. Al revés. No paro de escupir estupideces. Desordenadas. Equivocadas. Me voy poniendo nerviosa por momentos. Intento explicarme mejor. No lo consigo. No hay Dios que me entienda. Insulto. La estoy cagando.
El Sr. Mediador, que ha vivido en USA, me habla muy despacio. Como si fuera subnormal. Él, que conoce mi don genético para expresarme como el culo, pinta en su cara sonrisitas paternalistas.
Si se me estuviera juzgando, me quitarían a Ele minúscula, y me declararían culpable de crímenes contra la humanidad: Yo, Hitler, Himmler, Goebbels, y Eichman.
Cierro los ojos, suena el hammond, bebo martini blanco con palito y aceituna, llevo un vestido amarillo, y bailo al lado de la piscina. Un par de tipos exactamente iguales y algo raros me preguntan por dónde se va al portal de Belén. Los pastores repetidos de mi infancia, se me han colado en el sueño. Abro los ojos. El mediador y mi ex siguen ahí. Mirándome.
Mientras no entre la SS vamos bien.