Pongamos que hablo de mi barrio.
En mi barrio un niño descarga un camión.
8, 9, no más de 10 años.
No se trata de Beirut, ni Calcuta, ni Sao Paolo.
No se trata de reses, ni ladrillos, ni sandías.
Son cajas de madalenas, galletas, pan de molde.
Pero está descargando el camión y las calles no andan del todo despiertas.
En mi barrio una adolescente se sube a un coche con cara de no saber que cara poner porque está enamorada.
Porque se va de viaje con él.
Porque él conduce.
Porque está tan guapo cuando conduce...
Porque estrena ropa interior muy sexy que se ha comprado en woman secret.
Para él.
Que nervios.
Por eso no sabe ni que cara poner mientras se sube al coche.
En mi barrio Ele minúscula pide besos voladores antes de dormirse.
Ele, ¿estás ahí?
Siiiiiiiiiiii.
bsibsibsibsibsibsi
El beso volador sobrevuela enfermedades, tanatorios, autopsias y vagones de metro.
bsibsibsibsibsibsi
Sobrevuela frío, madrugones, legañas y cansancio.
bsibsibsibsibsibsi
Sobrevuela telediarios, bofetadas, bolsas de basura y batas de guatiné.
bsibsibsibsibsibsi
Sobrevuela impuestos, hipotecas, euribor y tantos por ciento TAE.
bsibsibsibsibsibsi
Porque los besos voladores solo descienden para ver de cerca la cara de una adolescente que no sabe que cara poner porque está enamorada, para leer el último libro de Harry Potter, para escuchar a Marlango, para pasear por Cadaqués, para tomar el sol en Formetera... para caer sobre los mofletes de Ele minúscula que se esconde muerta de risa bajo la sábana intentando despistar al beso volador, con la ingenuidad de un brontosaurio que se esconde tras un mosquito, con la emoción y los nervios del ganador de la bonoloto.
Cuando los besos voladores dejan de bajar la vida es mucho más dura.
Algunos nunca los han visto.
Niños que descargan camiones al amanecer.
Lejos de Beirut, de Calcuta, de sao Paolo.
Pongamos que hablo de mi barrio...

<< Home