La inmortalidad de los móviles.
El 33,3333333…% de mis lectores, es decir 1, vota al PP, de modo que para no quedarme con tan sólo 2 lectores voy a abstenerme de opinar sobre el tema elecciones, manipulación informativa, etc.
Sobre la salvaje matanza del jueves en el cercanías hora punta no tengo palabras. Sólo lágrimas y una angustia tan insignificante e inmensa como el ser humano.
El terror no es oír ladrar un perro más allá del malecón, como decía Cortazar.
El verdadero terror es el sonido de un móvil llamando desesperadamente a alguien para quién todo acabó.
Alguien que ya no tiene besos, ni risas, ni palabras, ni después, y tal vez ni tan siquiera tenga sus extremidades enteras.
El jueves por la noche mi tele no puede con tanto horror y se rompe.
93 €.
No tiene precio escapar a las imágenes de estos días.
Mi barrio es un barrio de inmigrantes.
Voy en metro.
Sube un joven marroquí con una mochila.
El vagón tiene miedo.
El marroquí tiene miedo de nuestro miedo.
Sus ojos gritan que a él también le duele el alma.
Detienen a un presunto suicida en la frontera de Israel. Se trata de un niño de 10 años.
Lloro.
Me manifiesto.
Voto.
Me compro un piso.
A una pareja japonesa, Yumiko y Kazuo.
Aunque apenas le conozco, hombre Zen me acompaña a firmar.
Paz oriental.
La vida es agua que fluye.
Voy a trabajar.
Firmo mi separación frente al juez.
Y fluye…
Pongo lavadoras.
Voy al cine a ver Kill Bill. Tan estética. Tan salvaje. Tan violenta.
Y fluye…
Bailo con Ele.
Leo el último de Harry Potter.
Llamo al técnico de televisores.
Y todo sigue fluyendo hasta que deje de hacerlo.
Y más tarde el móvil deje de sonar.
Duermo y sueño con mi pequeña casa japonesa llena de ventanas colgada del cielo.
Y cruzo los dedos para que nos lleve lejos del miedo.
Para sobrevivir a mi móvil...

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