Nostalgia en péEle minúscula hoy navega en una isla verde, que es mi falda, sobre el suelo del salón.
Y en lugar de saberme feliz en la isla, adivino que tras la ele viene la eme y la ene y la pé y se irá.
Y me pienso Paquiderma panoli sin príncipe que me aplauda, en pantalones de pana, peinándome los pelos y las penas.
Que desperdicio de felicidad, ese no poder dejarse de llevar de los que andamos con la cabeza tan llena de esa nostalgia que amontona el tiempo. El pasado que crece, el futuro que se encoge, y un presente que apenas lo distingues y ya no es.
Menos mal que existen palabras, páginas y párrafos para sobrevolar como un pájaro tanta parálisis. Que desde arriba todo pierde peso. Todo son pamplinas, patochadas y paparruchas. Pampiroladas.
Y en la jaula corren tiempos pavorosos dónde los compañeros van desapareciendo en patíbulos improcedentes. Prisiones, paredes y penales. Palizas, palmatorias y palos. Más carga, más sola y más miedo, transportando piedras pesadas como plomo.
Pan con parrochas y párrocos, escribo en un papel.
Y regreso a clase, que es un buen lugar al que regresar, con un profesor que me descubre a Bernhard y a Palma, y con eso ya basta y sobra y aplaudo., aunque él sigue empeñado en sacar cosas y más cosas de su capirote.
Pantuflas con paperas, me gustaría pintar con un palo en la arena.
Y paseo por Santiago de Compostela con un hada y chicos guapos. Llueve y bebo a ritmo de las campanas de la Catedral. Me guardo paisajes y rostros que son fotos en los bolsillos. Y ceno en Casa Marcelo cosas tan deliciosas que deben de tratarse de los manjares exquisitos esos a los que hacen referencia los cuentos.
Aunque me llame Paco, como el del lúcido chiste de Forges. Hola me llamo Paco y tengo una hipoteca a cuarenta años. Hola Paco. No estás sólo Paco. Porque el hada invita.
Y dibujo paraíso y este paréntesis -que es la vida-, con el dedo sobre el mantel.
Después vuelvo a casa, que se está bien en Madrid en otoño.
A pesar de tanto tráfico, tanto trabajo y tanta zanja maldita por las obras.
Aunque Innombrable viene a cenar y me hace ver cine del malo porque salen actores guapos, mientras coso y me quejo a su lado como esa perfecta esposa que nunca fui.
Que la luz es bonita.
Y los proyectos y la Gran Vía y las faldas verdes que son islas.
Feliz sin serlo por la nostalgia.
Esa nostalgia pánfila, palurda y pazguata.
Esa nostalgia con pé que me acompaña.
Pd. Y con pe también “Palíndromo”, de Todd Solonz, sobrecogedora y con un curioso homenaje a “Freaks” de Browning.

<< Home