Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, marzo 27, 2010

De Peces y Rayuelas
http://www.youtube.com/watch?v=6si-E7Vaxgk&NR=1
“Un pez sólo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar contento”, dice Oliveira en Rayuela.

La Maga, de Rayuela de Cortazar, se llama Lucía, como mi hija, que nació el día de Santa Lucía. Como mi madre. Como la abuela de mi madre. Y así hasta el infinito y más allá.

Cortazar dice: "Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."

“Creo que lo mejor es que te olvides de mí y que lo superes, yo nunca te querré como tú a mí”. Le dice en la vida real el que no ama al que ama.
El que ama piensa: “qué estupidez, como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”.

La Maga enseña a Oliveira a hablar en gíglico, un lenguaje inventado por Cortazar que comparten los enamorados y con el que evoca una escena erótica en el capítulo 68 de Rayuela.
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.

Yo nací en el 68, como el capítulo en gíglico de Cortazar.
La pez Dori de buscando a Nemo habla balleno.
Un lenguaje ridículo y de mentira, que da risa.
Como el que se habla en los curriculums y en las entrevistas de trabajo.
El lunes he de subirme a una Torre de Colón a hablar balleno.
Mientras pensaré en figuras de cera, en clínicas y en tu cuerpo de ballena.
El martes he de andar más al norte a seguir practicando el balleno que se me da tan mal.
Aunque por si las cosas se ponen difíciles he ensayado el Chatanooga Choo-Choo a lo Carmen Miranda.
http://www.youtube.com/watch?v=E7F28K9Glsg&feature=related

“No somos adultos, Lucía, es un mérito, pero se paga caro”, dice Oliveira.

En cuanto vuelva Lucía estoy salvada.
Nos miraremos de cerca jugando al cíclope, como la otra Lucía y Oliveira.
Veremos comedias románticas y series de ciencia ficción.
Y viajaremos hacia el sur a ver el mar y dejar huellas en la arena.

Porque “No puede ser que estemos aquí para no poder ser”, pensaba Oliveira.
Y yo.