De cabezaEs un hecho comprobado que después de amar y perder, a uno se le baja el corazón a los pies y se lo anda pisando todo el tiempo.
Por otra parte, la cabeza queda rígida, fría, e inamovible. Como si hubiese sido atornillada sobre los hombros con tal fuerza que se hubiera pasado de rosca, y eso ya no hay dios que lo arregle.
Esa cabeza inconmovible duplica su volumen y pesa mucho más.
Y es más fea porque nadie le dice que es bonita, y aunque lo digan, no lo cree; porque para creer está el corazón, y ya he dicho que anda demasiado ocupado esquivando pisotones por los suelos.
Y allá llega uno con la cabeza en su sitio a la maldita jaula a trabajar cada mañana.
A una jaula cada vez más vacía, y tan sucia que dan ganas de romperse y gritar basta.
Pero como uno anda con la cabeza tan anclada, y con Ele minúscula sobre los hombros, pues allá que se mantiene en patético equilibrio.
Junto a esa cigarra a veces tan dañina, que habita en ese mundo tan egoísta y extraño.
Junto a esa hormiga tan inteligente, tan gruñona, y tan fuerte.
Junto al rey del hormiguero que trabaja con admirable pasión entre las ruinas.
Allá que uno va cada mañana con su cabeza de cabezudo de fiesta de pueblo castellano.
A intentar que todo salga, a tratar de hacerlo bien, a que el resto de las hormigas no carguen con sus piedras tan marrones.
Mucho cuidado con lo que hacéis.
A garbancito no piséis.
Que garbancito es así, capaz de salir nadando de la gigantesca cagada de una vaca.
Y al padre de uno se le va la cabeza en el peor de los sentidos.
Y de la tristeza y la impotencia, a uno se le encaja aún más la cabeza entre los hombros.
Aunque para evitarlo esté Ele, e Innombrable, y Hada mala.
Y las Palabras, y los comics de Sfar, y Tony Soprano.
Y los cuentos de Rodari, de Cheever, de Palma.
Y la música de Jobim que te hace pasear por el cielo.
Pero son tantas las horas en la jaula y tan puta la vida…
Que uno quisiera perder la cabeza.
Pero sabe que sólo la perdería si alguien le cazase un mamut un 29 de febrero antes del atardecer.
O si Spiderman entrara por la ventana con esos leotardos de lycra brillante tan ridículos.
Uno perdería la cabeza sólo por alguien capaz de perder la cabeza por uno.
Aquí andamos, con dolor de cuello por los tornillos.

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