Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, noviembre 19, 2006

De familias paraíso

Que las familias felices son mentira.
Como los príncipes azules, los superhéroes, o los vampiros.

Uno crece y descubre las distintas variedades de entrañables monstruos que habitan en su familia, y que llevará consigo para siempre jamás.
De una forma u otra.
En los sobresalientes que no sacaste.
En ese novio perfecto que nunca tuviste.
En esa abogacía o medicina que jamás ejercerás.
En el Dios ese que no llegaste a encontrar.
En los besos que no diste, las llamadas que no hiciste, ó en lo lejos que te has ido, aunque estés al lado.
En la manía que tiene esta niña que con tanto leer se va a quedar tonta.
Y en el mueble del salón el recuerdo de tan sólo tres libros, Viven, Tiburón, y El Conde de Montecristo. Que el libro aquel que encerraba una baraja y fichas para jugar al mus no cuenta.

Y uno crece y compara y suspira por la familia de Innombrable.
Con ese infinito pasillo lleno de libros hasta el techo que parece llegar a China.
Donde no queda sitio para soledad con tanta hermana.
Y Tadeo, el gato, tan gordo y al que nunca podrás defraudar, pasando las tardes al sol.

Un cuarto de siglo después a uno le invita a comer esa familia que soñó paraíso, y de pronto se encuentra tomándose con cuchara la sopa y la sustancia de los sueños.
Y sigue siendo un lugar bonito.
Aunque los libros no lleguen hasta China.
Aunque uno sepa que los paraísos no existen.
Que cada familia esconde sus monstruos particulares y sus fantasmas en los cajones, en lo alto de los armarios, debajo de las camas.
Que no existen las familias perfectas.
Ni la gente normal.
Ni los buenos, ni los malos.
Que todos somos raros.

Que lo que resulta que si que existe es esa ley de Murphy que se encarga de desbarajustarme la vida.
Que me ofrece citas nocturnas y bafles y brillantes bolas de discoteca cuando estoy con Ele.
Que me ofrece planes infantiles y payasos y parques con columpios cuando estoy sin Ele.
Y las Hadas y Zen y quizá el turbulento saldrán a jugar sin mí, y yo les echaré de menos.
De modo que no me quedará más remedio que volver a Ginza, el japonés de al lado de Las Cortes, con Innombrable, y brindar por ellos y sus paraísos mientras miro los platos girar.

Ya podía ser todo tan fácil de atrapar como los maquis de atún rojo de Ginza.