Sunset Boulevard Style
Llega el calor, los turistas desnudan sus cuerpos al sol y los bares toman las aceras con pizarras menú en las que ofrecen Octopus Galicia style.
En mi barrio hay mujeres que pasean al perro con gabardina, sombrero y enormes gafas de sol. Como Gloria Swanson bajando la escalera en el crepúsculo de los dioses.
Para no peinarse para no vestirse para no pintarse.
Sunset Boulevar style.
Leo el horror in crescendo de los diarios del romanista Víctor Klemperer. Las absurdas leyes que van abofeteando la dignidad humana de los judíos. Hay novelas de miedo en las que una persona cae en poder de un gorila o de un loco, dice Klemperer.
La para nada envidiable época histórica que le tocó vivir, con su envidiable inteligencia zen y su también envidiable amor por su mujer aria, la pianista Eva Schlemmer.
Dresde 1940. Hambre. La escasa ración de carne se la reservan al gato Muschel. Gesto absurdo.
Para mantener un último reducto de dignidad humana, dice Innombrable.
Lo entiendo pero como que quiero matar a Muschel.
Compro unas alpargatas negras con hebilla en una tristísima zapatería con suelos de terrazo, gastados sillones de skay y una decrépita abuela con transistor y silla de ruedas como decorado en una esquina. Me cuestan tres veces más que en las tiendas de los chinos.
Para no hundir nuestro sistema económico, muy bien hecho, me jalea el innombrable.
Lo entiendo pero como que no se me acaba de despegar la sensación de estupidez por pagar el triple.
Mi mp3 pierde su dimensión transportadora porque siempre se me olvida cargar nuevas canciones. Lleva lo que me parecen siglos con la misma música, ya es como un humano, siempre repitiendo la misma canción.
Hoy al fin lo hago. Lo vacío y lo lleno de nuevas canciones. Después me queda una sensación rara. Como si le hubiera realizado una lobotomía. Como si a Tormenta le borro la pasión, a Artista el arte, a Hada Mala el verde, a Hada Buena la bondad, a Turbulento las turbulencias, a Zen la música, a Innombrable la Inteligencia, a Él Ele minúscula y como si Ele minúscula me dejara de dar besos.
Saco entrada para el concierto de Antony and The Johnsons. Un baladista transexual. Cuando intento repetir la clasificación apenas una hora después afirmo, un travesti melodioso. Y dadas las miles de neuronas que seguirán abandonándome cada día, si me preguntas dentro de un mes contestaré que Antón Pirulero.
Después vamos a cenar a un ruso porque tengo antojo de steak tartare. Me gusta la carne cruda incluso sin aderezar, desde siempre. Lo que me hace regresar a Dresde 1940 en dónde yo andaría más cerca de zamparme a Muschel que de mantener reductos de dignidad humana. A mi pesar.
No pido postre, con lo que el camarero vestido de cosaco se acerca con un solo postre y nos pregunta liándose un poco si el postre es para compartir o aquí cada uno se las apana con lo suyo, de modo que nos vemos obligados a responderle que en esta mesa cada palo soporta su olivo, que llevamos un cuarto de siglo haciéndolo.
Llega el calor, los turistas desnudan sus cuerpos al sol y los bares toman las aceras con pizarras menú en las que ofrecen Octopus Galicia style.
En mi barrio hay mujeres que pasean al perro con gabardina, sombrero y enormes gafas de sol. Como Gloria Swanson bajando la escalera en el crepúsculo de los dioses.
Para no peinarse para no vestirse para no pintarse.
Sunset Boulevar style.
Leo el horror in crescendo de los diarios del romanista Víctor Klemperer. Las absurdas leyes que van abofeteando la dignidad humana de los judíos. Hay novelas de miedo en las que una persona cae en poder de un gorila o de un loco, dice Klemperer.
La para nada envidiable época histórica que le tocó vivir, con su envidiable inteligencia zen y su también envidiable amor por su mujer aria, la pianista Eva Schlemmer.
Dresde 1940. Hambre. La escasa ración de carne se la reservan al gato Muschel. Gesto absurdo.
Para mantener un último reducto de dignidad humana, dice Innombrable.
Lo entiendo pero como que quiero matar a Muschel.
Compro unas alpargatas negras con hebilla en una tristísima zapatería con suelos de terrazo, gastados sillones de skay y una decrépita abuela con transistor y silla de ruedas como decorado en una esquina. Me cuestan tres veces más que en las tiendas de los chinos.
Para no hundir nuestro sistema económico, muy bien hecho, me jalea el innombrable.
Lo entiendo pero como que no se me acaba de despegar la sensación de estupidez por pagar el triple.
Mi mp3 pierde su dimensión transportadora porque siempre se me olvida cargar nuevas canciones. Lleva lo que me parecen siglos con la misma música, ya es como un humano, siempre repitiendo la misma canción.
Hoy al fin lo hago. Lo vacío y lo lleno de nuevas canciones. Después me queda una sensación rara. Como si le hubiera realizado una lobotomía. Como si a Tormenta le borro la pasión, a Artista el arte, a Hada Mala el verde, a Hada Buena la bondad, a Turbulento las turbulencias, a Zen la música, a Innombrable la Inteligencia, a Él Ele minúscula y como si Ele minúscula me dejara de dar besos.
Saco entrada para el concierto de Antony and The Johnsons. Un baladista transexual. Cuando intento repetir la clasificación apenas una hora después afirmo, un travesti melodioso. Y dadas las miles de neuronas que seguirán abandonándome cada día, si me preguntas dentro de un mes contestaré que Antón Pirulero.
Después vamos a cenar a un ruso porque tengo antojo de steak tartare. Me gusta la carne cruda incluso sin aderezar, desde siempre. Lo que me hace regresar a Dresde 1940 en dónde yo andaría más cerca de zamparme a Muschel que de mantener reductos de dignidad humana. A mi pesar.
No pido postre, con lo que el camarero vestido de cosaco se acerca con un solo postre y nos pregunta liándose un poco si el postre es para compartir o aquí cada uno se las apana con lo suyo, de modo que nos vemos obligados a responderle que en esta mesa cada palo soporta su olivo, que llevamos un cuarto de siglo haciéndolo.
Según innombrable por cuestión química, según yo no.
En desacuerdo, como es habitual entre nosotros en la gran mayoría de las cosas.
Regreso a casa, hace una noche estupenda. Una mujer pasea al perro vestida con un guardapolvos de lino blanco y un sombrero de ala ancha que no permite ver sus ojos.
El verano también ha llegado a Sunset Boulevard.
Aquí una mujer de mi barrio preparándose para sacar a pasear a su perro.
El verano también ha llegado a Sunset Boulevard.
Aquí una mujer de mi barrio preparándose para sacar a pasear a su perro.

