Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, mayo 22, 2005

Sunset Boulevard Style
Llega el calor, los turistas desnudan sus cuerpos al sol y los bares toman las aceras con pizarras menú en las que ofrecen Octopus Galicia style.
En mi barrio hay mujeres que pasean al perro con gabardina, sombrero y enormes gafas de sol. Como Gloria Swanson bajando la escalera en el crepúsculo de los dioses.
Para no peinarse para no vestirse para no pintarse.
Sunset Boulevar style.

Leo el horror in crescendo de los diarios del romanista Víctor Klemperer. Las absurdas leyes que van abofeteando la dignidad humana de los judíos. Hay novelas de miedo en las que una persona cae en poder de un gorila o de un loco, dice Klemperer.
La para nada envidiable época histórica que le tocó vivir, con su envidiable inteligencia zen y su también envidiable amor por su mujer aria, la pianista Eva Schlemmer.
Dresde 1940. Hambre. La escasa ración de carne se la reservan al gato Muschel. Gesto absurdo.
Para mantener un último reducto de dignidad humana, dice Innombrable.
Lo entiendo pero como que quiero matar a Muschel.

Compro unas alpargatas negras con hebilla en una tristísima zapatería con suelos de terrazo, gastados sillones de skay y una decrépita abuela con transistor y silla de ruedas como decorado en una esquina. Me cuestan tres veces más que en las tiendas de los chinos.
Para no hundir nuestro sistema económico, muy bien hecho, me jalea el innombrable.
Lo entiendo pero como que no se me acaba de despegar la sensación de estupidez por pagar el triple.

Mi mp3 pierde su dimensión transportadora porque siempre se me olvida cargar nuevas canciones. Lleva lo que me parecen siglos con la misma música, ya es como un humano, siempre repitiendo la misma canción.
Hoy al fin lo hago. Lo vacío y lo lleno de nuevas canciones. Después me queda una sensación rara. Como si le hubiera realizado una lobotomía. Como si a Tormenta le borro la pasión, a Artista el arte, a Hada Mala el verde, a Hada Buena la bondad, a Turbulento las turbulencias, a Zen la música, a Innombrable la Inteligencia, a Él Ele minúscula y como si Ele minúscula me dejara de dar besos.

Saco entrada para el concierto de Antony and The Johnsons. Un baladista transexual. Cuando intento repetir la clasificación apenas una hora después afirmo, un travesti melodioso. Y dadas las miles de neuronas que seguirán abandonándome cada día, si me preguntas dentro de un mes contestaré que Antón Pirulero.
Después vamos a cenar a un ruso porque tengo antojo de steak tartare. Me gusta la carne cruda incluso sin aderezar, desde siempre. Lo que me hace regresar a Dresde 1940 en dónde yo andaría más cerca de zamparme a Muschel que de mantener reductos de dignidad humana. A mi pesar.
No pido postre, con lo que el camarero vestido de cosaco se acerca con un solo postre y nos pregunta liándose un poco si el postre es para compartir o aquí cada uno se las apana con lo suyo, de modo que nos vemos obligados a responderle que en esta mesa cada palo soporta su olivo, que llevamos un cuarto de siglo haciéndolo.
Según innombrable por cuestión química, según yo no.
En desacuerdo, como es habitual entre nosotros en la gran mayoría de las cosas.
Regreso a casa, hace una noche estupenda. Una mujer pasea al perro vestida con un guardapolvos de lino blanco y un sombrero de ala ancha que no permite ver sus ojos.
El verano también ha llegado a Sunset Boulevard.

Aquí una mujer de mi barrio preparándose para sacar a pasear a su perro.

domingo, mayo 08, 2005

Preguntas de rinoceronte.
Juan Bonilla en uno de sus relatos clasifica a las personas en función de la pregunta que más se hacen a lo largo de su vida.
Y a mí que me importa? es la más común.
Vivimos en tiempos del Cuánto cuesta?
El mundo es de los A dónde voy ahora?
Hay una gran mayoría del Jugará Beckham el domingo?
Y otros muchos que somos del Qué estoy haciendo aquí?

Con mi Pa no tengo nada que decir, de modo que hablamos mucho del precio de las cosas y exclamamos Fíjate, mientras pienso que demonios estoy haciendo aquí hablando del precio de las cosas y diciendo Fíjate.

Llevo a Ele al colegio a que se acostumbre a las leyes de la jungla.
En la cola de minúsculos huele a pelea.
Anderson primero. Yo corrí y llegué antes, explica.
Benicio con su mochila de oveja no está de acuerdo.
Es indiscutiblemente más grande y aunque no conoce la palabra intimidar, la practica.
Benicio Primero, Anderson detrás. Llegué antes, insiste bajito.
Yo soy indiscutiblemente más grande e intervencionista.
Anderson primero, Benicio segundo y Ele minúscula tercera, empenada en comunicarle con voz cantarina Yo tengo coletas y tú nooo, mientras Benicio me mira calibrando las consecuencias de manifestarle su opinión al respecto a la ingenua de mi hija.
No me tenía que haber metido.
Qué estoy haciendo aquí midiéndome con un tipo 12 veces más joven armado con una mochila oveja?

Llego a la jaula. Sebastián Haffner, en Historia de un alemán, habla de un afán de eficiencia en abstracto, el empeno en hacer lo que te han encomendado lo mejor posible, por muy absurdo, enigmático, incluso humillante, que sea. Un afán que en la Alemania de 1930 resultó peligroso y estúpido.
Un afán que padezco y que en una agencia de publicidad a principios del siglo XXI resulta simplemente estúpido.
Qué demonios hago aquí, hora a hora, día a día, més a mes, década tras década?

Sábado noche. El innombrable, Hada mala, Zen, Hada buena y su millón de amigos para así más fuerte poder cantar. Un concierto. Una mujer vasca paquistaní. Una mujer triste, una violinista, un hombre al que han admitido en la Escuela de cine y que quiere comerse el mundo, un joven inquietante porque se parece a Billy, el hermano psicópata de A dos metros bajo tierra, un chico pequeno de hombros estrechos, pantalón caído, bonitos ojos y acento dulce que imagino argentino.
Para mí que es de Badajoz, me informa Hada buena.
Anda yá, contesto desenganada.
Resulta ser canario.
Dan ganas de llevárselo a casa para que me lea en voz alta mientras duermo. Para que juegue con Ele minúscula, tan pequenos los dos.
Vamos al Penta. 20 anos después sigue sonando la misma música. No cabe ni una hormiga anoréxica. Y pienso qué demonios estoy haciendo aquí, y Burning lo reafirma cantándome que hace una chica como tú en un sitio como este. De modo que me voy.
Camino por calles abarrotadas de gente de todos los colores y texturas y tamanos que ríen, hablan, besan, andan tristes, corren, gritan, beben, se columpian en parques, fuman, se abrazan, desenganados, entusiasmados, enamorados, buscando sexo, o no, o tal vez, o quien sabe qué.
Una mujer con toda la vida por detrás sale de un portal con prisas, una maleta llena de miedo y escapa en un taxi.
Un chica bonita con toda la vida por delante, vestida con una larga falda de baile de tul negra, zapatillas de baloncesto rojas y chaqueta de chandall, comparte mi camino. Avanzamos como desarrollando una coreografía de natación sincronizada fuera del agua.
Pasamos frente a la estación de Atocha. Podría coger un tren. No quiero ir a ningún sitio, pero es fantástico pensar que podría.
Camino sola bajo las estrellas escuchando a los Smiths.
Son las 4 de la madrugada, hace una noche estupenda y por una vez en mucho tiempo no me pregunto que estoy haciendo aquí.

Aquí el rinoceronte preguntándose que demonios está haciendo en la nave.