Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, febrero 19, 2006

Llámalo Marcelo
Hay días fríos, mojados y con vientos vuela pelucas que están hechos para que los perezosos y los soñadores (que vienen a ser lo mismo) no salgan de casa.
Días en los que la cama es un campo de fútbol blanco y de plumas, un lugar sin prisa y sin función en dónde uno se queda girando y pensando en nombres.

- Marcelo, por ejemplo, piensa el chico del primero.
Un perro. Marcelo es un buen nombre. Prometo que yo me ocuparía, le daría de comer, mantendría el cacharro del agua siempre lleno, le sacaría a pasear y guardaría la caca en esas bolsitas negras. Y valdría como regalo de Reyes para mi cumpleaños y para Reyes juntos. Como regalo de los siguientes cinco años. Ya no pediría más regalos nunca. Teniendo a Marcelo.

- Marcelo, murmuran en el tercero.
Es el nombre perfecto para el niño más deseado del mundo. Le vamos a querer a toneladas. Después de lo que ha costado quedarme embarazada. Al fin. Seguro que ha tardado tanto porque va a ser eso que todos los padres creen que sus hijos van a ser, pero en este caso de verdad. El mejor, el más guapo, el más listo. Y le llevaremos al pediatra y al colegio y clases particulares de alemán, y nos dirán admirados que jamás han conocido un niño como este.

- Marcelo, susurra la ejecutiva del quinto.
En mi cama Marcelo. Un tipo silencioso y experto, con la duración justa para que se vaya conmigo. Un tipo que mantenga caliente el colchón, que no permita mis pies fríos ni que los monstruos se me suban a la cama. Que esté ahí siempre, esperando cuando llegue, sin reloj, sin preguntas y sin juicios. Ahí. Siempre.

- Marcelo, dice la niña del segundo.
Un hermanito, un hermanito, un hermanito, un hermanito. Para no estar sola, para jugar a los bebes. Para cuidarle, para dejar de ser el último mono. Para enseñarle dónde guarda mamá los bombones. Para ganarle a todo que para eso soy mayor. Para que haga ruido, que esta casa es demasiado silenciosa y hay muy poca gente. Para no estar tan sola.

- Marchelo, desea el del cuarto.
Un italiano bello de exótico acento y piel aceituna. Con los poderosos muslos de Russell Crowe y con la mirada canalla de Joaquín Phoenix. Que sepa como amar a un hombre y que ese hombre sea yo. Que me admire, me desee y me dure más de tres años. Que me acompañe a casa de mis padres por Navidad para que mi madre no me piense solo. Que me lleve en año nuevo a Roma con los suyos. Que mis amigos me envidien por mi suerte.

- Marcelo, piensa la del sexto, para que Ele minúscula no sea hija única.

- Marcelo Mastroianni si que era guapo y buen actor, opina la anciana del ático.
Con ese puntito chulo, de perdedor, de vividor. Un hombre hombre de los de antes. Que descubrimiento la primera vez que le vió tan grandote en el pantallón de aquel cine del barrio con sus amigas. Yo tan joven, el tan joven, tan jóvenes los dos. Como le amó nada más verle, pese al inconveniente de ser de papel o celuloide. Tan real entonces, tan real ahora que anda echando el cierre a su vida. Por encima de su hermana, sus amigas, sus padres que se fueron, sus hijos, sus nietos, su marido que también se fue después de cuarenta años. Marcelo.

Hay días en los que a uno le da por pensar en Marcelo.

domingo, febrero 05, 2006

Cualquier tiempo pasado no fue mejor

Cuando era pequeña no existían los teléfonos móviles y a uno se le gastaban las tardes encerrado en casa esperando un ring que al descolgar fuese un trabajo, un te quiero, un amigo, un simple holaquetal.
Cuando era pequeña la mayoría de los bares gastaban alfombra de cabezas de gamba, colillas, pipos de aceituna y servilletas de papel. Y uno se pedía una Mirinda, se la daban del tiempo y se guardaba las chapas en los bolsillos.
Cuando era pequeña no existía internet y uno se acostumbraba a comerse sus dudas con patatas. Tampoco existía Ikea y las paredes de las casas andaban llenas de cristos y tapices con ciervos bebiendo en un riachuelo.
Cuando era pequeña, había muchos pequeños que no habían visto el mar. Las familias eran grandotas, los padres andaban muy liados y los hermanos mayores se ocupaban de los pequeños con desgana; y uno se quedaba sentado esperando en el despacho del Sr Jobita, el director del colegio, porque su hermano olvidó recogerlo a la salida.
Cuando era pequeña la tele era en blanco y negro, y se viajaba en seats 124 con asientos de escay rojos dónde se te quedaban los muslos pegados. Sin cinturones de seguridad, sin música y sin aire acondicionado: una sauna en verano, Siberia en invierno.
Cuando era pequeña las parejas no se rompían aunque estuviesen rotas, el sexo era pecado y si no creías en Dios te ibas de cabeza al infierno.
La custodia compartida era cosa de ciencia ficción.
La homosexualidad era una aberración viciosa de la naturaleza.
Cuando yo era pequeña la existencia de una hermosa película como Brokeback Mountain era improbable, su reconocimiento mundial, imposible.

Que hoy es mejor que ayer.

Hoy, en el cine mientras la veía, en momentos bellos en los que los cowboys se aman, había gente que reía, cacareaba y rebuznaba.
Hoy, amigos que creí inteligentes y a los que pensé querer, no cesan de cacarear respecto a mi custodia compartida cuestionando que sea una buena madre.
Y me pregunto si rebuznaran ante los besos de Brokeback Mountain.
Sólo un consejo, si tu acompanante rebuzna en Brokeback Mountain, HUYE.

Que aún queda tanto por avanzar.