Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, diciembre 30, 2007

Si, io mi ricordo

Malditas navidades, cumpleaños, fin de año.
Que traen los fantasmas de otra navidades, cumpleaños, fin de año.
Donde ya no estaremos todos.
Donde tendrás tantas cosas que decir al que no está.
Y hoy no se te ocurre nada que decir.
Mañana, tarde. Hoy, nada.

Hada mala, otro año más a mi lado en la noche en que soy más vieja, con Zen, Turbulento y Olvido.
Ele minúscula ha hecho pulseras para todos.
Parecemos personajes de dibujos animados que unirán sus muñecas, pronunciaran un conjuro y viajaran a otra dimensión, a salvar el mundo o algo así.
Selenita tarde y yéndose, como siempre.
Luego no se va, como siempre.

Y mientras…
… voy con Mastroianni, que cuenta de la levedad del tiempo, de lo extraño de la memoria que dice que es como el amor, del surrealismo entrañable y loco de Fellini, de las ganas de esconderse bajo un mueble.
… voy con Ele minúscula a ver Pagagnini, y uno sale del teatro emocionado, como en la salida de esas películas de Bruce Lee de la infancia, luchando contra papeleras y farolas.Tarareando la Javanesa de Gainsbourg, Bizet y Paganini.
… voy con Ele y el Innombrable a comer con su familia.
De regreso Él me da una maleta gigantesca que parece encerrar un cadáver dentro.
¿Están mis botas de montaña?, pregunto por decir algo.
Tus cosas, no sé, creo que sí, responde Él.
Pero ni rastro de mis botas, y efectivamente, un cadáver dentro.
Tan descuartizadito que uno ya apenas recuerda: anda mira el páncreas, apártalo que chorrea ¿y esto?, una costilla, el bazo, un hueso metatarsiano.
Busco la médula ósea para ver si sirve para mi padre.
Pero uno nunca encuentra las cosas cuando las necesita.
En un minuto se me llena la tarima de líquido cefaloraquideo y sangre.
Innombrable, sensible y exquisito, se empieza a encontrar mal y tiene que bajar a la farmacia.
Al salir, casi se cae al tropezar con un puñado de nervios y tendones.
Cuando regresa está todo limpio, la tarima reluciente.
Nada de vísceras, ni plasma, ni bacterias, ni pus, ni lágrimas.
Estoy sentadita, escuchando música francesa de los sesenta, cortesía de O el turbulento, con el abriguito puesto.
Que rápido has recogido tu sola, me dice.
Hubiera querido llamar al Sr. Lobo de Pulp Fiction,
el solucionador de problemas, que se deshiciese del cadaver,
pero es ficción y no existe.
Estoy lista para ir a Ginza.
A comer pez mantequilla.
Hablar de los Soprano y de The wire.
De lo poco cristianos que resultan los cristianos al rechazar la familia no cristiana.
De otro año que se va.
De otra nochevieja más.
De 25.000 corredores bajo mi ventana.
Un río de pelucas, disfraces, dorsales y pantalón corto.
Y una nochevieja en Nueva York,
la señorita Kubelik descubre que ama a Buxter,
y corre al Apartamento a pasar al resto de su vida con él.
Ojalá.
Pero es ficción y no existe.
En la vida real uno se tiene que deshacer de sus cadáveres.
En la vida real el amor no triunfa.

… aunque siempre nos quedará la ficción.

domingo, diciembre 16, 2007

Nada en difíciles diciembres

“Ayer me volvió a suceder algo horrible: nada”.
La vida avanza pero uno se atasca,
en medio de ninguna parte, en brazos de nadie.

Huyendo de esa nada escapa a los bajos de Isolée,
a la presentación de Bis, el nuevo libro del Artista.
Y dice estas palabras.
“Bis es un secreto de esos que se susurran bajito y a escondidas.
No es para compartirlo con tu madre, ni tu jefe, ni tu novia, ni tu amante.
Y no es porque encierre coños y botellas,
pistolas y perros,
pezones y bocas.
Ni porque desnude mujeres que buscan placer,
en posturas inauditas,
construidas a partir de líneas imposibles.
No. No es por eso.
Es porque los coños, las botellas, las pistolas, los perros, los pezones y las bocas,
conducen a otro universo.
Es porque sus mujeres, inquietantes y sensuales,
transportan a otro mundo.
A ese otro lugar que cada uno lleva en su interior.
Un prostíbulo en Copacabana, lleno de botes de Coppertone,
la cabaña en el bosque de Caperucita, acechada por los lobos,
una sofocante habitación de hotel en Saigón, con una pistola sobre la cama,
la barra del Bada Bing de los Soprano, y sus streapers tristes y desganadas…
Porque hay lugares donde se debe viajar a solas.
Y Bis es uno de ellos”.
Eso dice,
pero antes de decirlo uno se queda afónico por sus fobias.
Aún sin voz y metido en la nada hasta las rodillas, uno logra leer y estar.
Porque el Innombrable acompaña, como siempre.

Huyendo de esa nada escapa con Hada Mala.
A Persia en la oscuridad de una sala de cine.
A comprar zapatos de niña mala y anillos verdes.
A cenar pez mantequilla, presentarle a Selenita.
A encajar vacíos y descuidos y llorar de nuevo sobre el arroz.
Y uno se pregunta si no sería mejor nada.
Y uno se responde que sería mejor nada.
Si no fuera diciembre…
Que diciembre son multitudes desbocadas, tristezas y pies fríos.
Que diciembre son fiestas feroces, falsas y sin fe.
Que diciembre son luces infelices, pelucas y alcohol.
Que diciembre son deseos incumplidos, deseados ya si ganas por el desencanto.
Que diciembre es un espejo que nos refleja más viejos y más mansos.
No queridos.
Malqueridos.
Y el amor siempre a punto del derrumbe.
Y la frase terrible.
“Ayer me volvió a pasar algo horrible: nada”.
Y uno busca ficciones para sobrevolar diciembres, cumpleaños y nocheviejas.
Y Hada Mala, como buen hada, acude al recate y regala un tesoro:
la última temporada de los Soprano.
Y con el final de la serie en las manos uno se reconstruye y se hace fuerte, armado y con escudo.
Listo para salir al mundo en medio de difíciles diciembres, y enfrentarse a multitudes, fiestas, luces y deseos que jamás se cumplen.
A muertes, misas y funerales.
A Selenitas vehementes que no saben querer.
Porque al llegar la noche,
uno se calza los zapatos de niña mala,
cena con los Soprano,
y viaja con Bis hasta quedarse dormido.
Y el año que viene quien sabe…
Quizá se pueda dejar de llorar sobre el arroz.

sábado, diciembre 01, 2007

Batalla en el metro en hora punta

Por avería, el servicio entre las estaciones de Atocha y Tribunal no se presta con normalidad.
En el tren viajamos unas 600 personas.
Por avería se ruega desalojen el tren.
Nos bajamos en un andén repleto.
Por avería el servicio entre Atocha y Tribunal se presta con un retraso estimado entre 15 y 20 minutos.
En el andén nos vamos multiplicando como los panes y los peces.
Por avería el servicio entre Atocha y Tribunal se presta con un retraso estimado de más de 30 minutos.
Un millar de personas esperando.
Al fin llega un tren.
Un vagón tan relleno de cuerpos que parecen pegatinas sobre el cristal de las ventanillas.
Sabemos que sólo lograrán entrar unos pocos. Los más fuertes.
Tras de mí una minúscula y fragilísima señora ecuatoriana de mediana edad se revuelve inquieta.
Demasiado pequeña. No tiene nada que hacer.
Yo tengo posibilidades porque soy más alta; es lo que tiene la alimentación del primer mundo.
Además, llevo taconazos y no dudaré en utilizarlos.
Se abren las puertas.
Arremetemos contra la masa humana del vagón,
como estrellas del rock lanzándose sobre sus fans.
Pero no se trata de fans.
Chaparrón de quejas e insultos.
Bestia. Auch. Imbécil. Ay. No ves que no cabes. Animal.
La mayoría de las estrellas del Rock rebotan de nuevo al andén como pelotas de frontón.
Yo tengo suerte, ¿suerte?, y me fundo con el magma humano.
Las puertas se cierran.
El magma se tranquiliza y mi cuerpo recupera sus límites.
Es entonces cuando me doy cuenta que llevo a la señora ecuatoriana colgada del brazo.
Parece más alta, porque está suspendida entre los cuerpos y los pies no le llegan al suelo.
La miro. Me sonríe.
Fuerte. Inmensa. Superviviente.
Admirable.
Un extraño bienestar me invade.
La demostración que el ser humano puede con todo.
Que sólo se trata de ir aceptando e ir ganando pequeñas batallas.

Oncólogos que sólo dan malas noticias.
Ex que por amor paternal me enviarían al patíbulo.
Amantes que le quieren a uno con mala letra.

Las pantallas de juego que me tocan.
Le diría a Calderón, que la vida es juego y nada más.
Aunque a muchos nos dé miedo meternos en el campo.
Que a veces nos invade el alma de suplente,
y nos hace vivir fuera de juego,
dedicarnos a contemplar el campo desde la banda,
Quedarnos con los jugadores del banquillo,
que es más cómodo,
como el Hombre de la luna,
que pasa la vida pensando lanzarse al campo.
Otras veces conseguimos no andar fuera de juego.
Que vivir sólo consiste en tratar de ir ganando batallas,
aunque sepamos de sobra que la guerra esta perdida.

Y el metro de Madrid en hora punta es el infierno.