Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, julio 29, 2007

29,5 kilómetros por segundo

La tierra gira alrededor del sol a una velocidad de 29,5 km por segundo.
Quizá por eso aquí abajo andamos todos tan despeinados.
Para bien o para mal.

De un despeinado terrible mi padre, que ya se anda yendo.
Como todos, pero con prisa.
Y cuando se vaya tendré un millón de cosas que decirle, y entonces ya no podré.
Pero ahora no se me ocurre nada.
Que ando ocupada leyendo informes médicos como hachazos.
Intentando no llorar en consultas frente a seres de batas blancas que hablan tan dulce que hipnotizan, y que en realidad, si alguien quiere entender, dicen:
- Usted va a dirigirse hacia la luz.
Pero mi padre no quiere entender.
Y me toca ser el adulto de este equipo aunque no quiero.
Que no se me da nada bien.
Y no se me ocurre nada que decirle.

De un despeinado bello Tormenta y Artista, que andan esperando un ser pequeño.
De esos que vienen con todos los órganos vitales en su sitio, tan nuevitos.
Con las manos y los pies abarrotados de esos deditos en miniatura, tan conmovedores y tan bien hechos, que recuerdan a esos animales de plástico chiquititos que venden en Imaginarium.
Seres pequeños de esos que cagan y mean y lloran y enferman por todos los sitios, pero que ríen y encierran todas las posibilidades del mundo.
Y uno les mira y se siente inmenso.
Y siendo de ellos seguro que es una fuerza de la naturaleza con superpoderes como Tormenta, capaz de crear cosas que provoquen dios sabe que en los demás como Artista.
Una Tormentista, pienso, que tengo debilidad por las niñas.

De un despeinado triste Lalola, con su familia fuerte como un trasatlántico que naufraga.
Y Ella tan triste, tan delgada y tan desesperada mira como Él hace las maletas, pensando qué va a hacer tan sola y tan loca aunque hace tan tiempo que las cosas no funcionan.
- ¿Qué voy a hacer tan sola y tan loca?
Y una pareja de niños y un gato pasan por ahí desconcertados y curiosos.
Y pruebo a decirle lo que creo que quiere oír, aunque soy partidaria de que cuando el amor se acaba hay que correr, y encuentro cierta belleza en la soledad.

Y otros andan despeinados por amor.
Que aunque se sufre es mejor sufrir por amor que sufrir por muerte.
Digan lo que digan, dónde va a parar.
Y puede, sólo puede, llegar a ser posible que princesas neardentales se instalen en naves y viajen al futuro olvidándose de vírgenes vestales y del que dirán.
Pero como la vida tiene tanto de infierno imperfecto, ante tanta magia y tanta química es inevitable que uno se mosquee.
Que no es posible, que no existe, que no dura.
Que el amor es un espejismo.
¿Y si probamos?
Y puede, sólo puede, que dos escépticos enamorados, amantes del cine y del tango, se encierren en una nave espacial para demostrar que el amor no existe. O sí.
Y fuera Madrid se derretirá a 40º bajo el sol, girando con ellos dentro, alrededor del sol, a una velocidad de 29,5 km por segundo.
Imposible que a uno no se le descoloque la falda, la cabeza y el páncreas,
por no hablar del corazón.

sábado, julio 14, 2007

En medio de ninguna parte

El escritor David Foster Wallace comienza un cuento con una mujer que abandona a sus hijos en medio de ninguna parte.
En plena carretera al lado de un poste.
Esperadme aquí, les dice.
Y los niños ahí se quedan.
El niño, algo más mayor, con la niña de la mano.
Esperando.
Como yo.
De vacaciones. En la playa. Con Ele de la mano.
Esperando.
Esperando diagnósticos de seres con batas blancas.
Esperando que la vida haga crack, el sonido ese que hace cuando va a girar hacia otra parte.
Esperando que príncipes cuentistas con cabeza de melón hagan te quieros en lugar de decirlos.
Esperando que las noches inmensas de bailes, cuentos, broncas y vuelos, dejen de ser robadas y sean mías.
Leyendo novelones de guerras, posguerras y amores inconvenientes que lo pueden todo.
Que la ficción es así.
Como deben de ser las cosas.
Que ganan los buenos, se salva la chica y triunfa el amor.
Y felices y perdices.
En la vida real uno puede volverse loco esperando, apoyado en un poste de carretera en medio de ninguna parte.
Y el socorrista de la piscina me dice niña que solica andas siempre leyendo.
Va a ser que estoy en Málaga, piensas.
Y madres de otros niños se empeñan en hablar de colegios y pedagogos.
Va a ser que llevo a Ele minúscula de la mano, piensas.
En Málaga, en la playa con Ele,
aunque en lugar de playa veo los paisajes desérticos helados del Polo Norte.
Y el niño autista de la sombrilla vecina me mira, se acerca, me sigue.
Experto en manejarse en irrealidades.
Él que anda mucho más allá del Polo Norte.
Me aferro a la minúscula mano de Ele para que me devuelva a la realidad.
Ele que me dice a gritos que ya sabe dónde está Malasia.
Ele que me comunica que me quiere todas las cosas del mundo, desde el principio hasta el final, haciendo una cadeneta pegada con celofán.
Y sé que lo que tengo que hacer es dejar de pedir deseos insensatos a los dientes de león.
Dejar de preguntarle a las sepias del chiringuito si vamos a ser dos, tres o un millón.
Dejar de pedirle a las gambas que me hablen de los y si.
Y si viene, y si no viene, y si se escapa, y si no puedo con el miedo.
Y si se acaban las noches, los viernes, los vuelos y los besos.
Y si no se acaban.
Pero la sepia y las gambas me miran en silencioso desconcierto desde el plato.
Que están a la plancha y ser oráculos no es lo suyo.
Que lo mejor es que no piense.
Que me quede con la playa, la realidad del chiringuito, del socorrista, de las madres, de los pedagogos y me entretenga en pensar cómo son las mujeres allá en Pekín.
Que me deje de ficciones, de esperas y de postes.

Aquí, en medio de ninguna parte,
preguntándole a sepias por príncipes…