Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, junio 30, 2007

Noches en el limbo

El limbo existe y se llama hospital.
Un mundo paralelo en modo pausa.
Donde no dejas de pensar ni un minuto en la terrible fragilidad humana y en la estupidez con la andamos perdiendo el tiempo ahí fuera, como si fuesemos a vivir siempre.
Donde hombres que creíste indomables se transforman en desmadejados peleles de paja pintados por Goya.
Donde mujeres de blanco arrastran carros metálicos que hacen un ruido del infierno.
Enfermeras llenas de palabras dulces que hablan blandito a los enfermos, como si además del cuerpo roto se les hubiera roto el cerebro.
Y los enfermos las aman para que les den agua, calmantes y toallas.
Donde por la mañana los pasillos se llenan de zombis en pijama que pasean perchas metálicas con ruedas como abetos navideños.
Árboles de los que cuelgan bolsas de orines, de sangre, de excrementos, en lugar de bolas, estrellas y luces de colores.
Donde la noche es una silla incómoda larga y cruda con vistas a mi padre que yace deslabazado en una camita con rejas.
Porque antes se creyó spiderman y saltó, conectado a cables como telarañas, gritando a mí que me incineren.
Y en la cama de al lado, un gay insomne y valiente, tremendamente vivo por fuera aunque ya muerto por dentro, llena las horas de la madrugada contándome historias de Chueca.
De su patio con plantas y su negro dulce.
De lo borde que es la cajera del Día.
De su pasado con hijas, mujer y cena familiar en la que rompió con la farsa.
De su hermano malo que le dijo vete y no te acerques a mis hijos.
De su hermano bueno que replico que el otro no era quien para echar a nadie y que se fuera él si quería.
De sus hermanas boquiabiertas.
Y la madre que acepta lo inaceptable porque al fin y al cabo tan sólo desea hijos felices.
Cuenta historias de su vecina la Eulalia que tiene noventa y tres años, catorce hijos y tres pelos que se tiñe de negro con coquetería.
Y no veas tú que bien está.
La Eulalia, con la que comparte patio y se cuela en su casa para enseñarles la ropa loca y los zapatos raros que se compra en el rastro.
Un picardías rojo nos trae el otro día, el negro y yo no podíamos parar de reír.
Que cuando sale a tirar la basura llama guapetón al de club de enfrente, para que la deje entrar en el garito algún día, dice.
Eulalia, ¿para que quieres tú entrar en el garito si sólo hay gays y lesbianas?
¿Y no paso yo por lesbiana?
Que hace lo que quiere y rosquillas de anís que regala a los vecinos porque se aburre.
- Maricón cómetelas, que te estás quedando en los huesos –también dice.
Y las historias de la Eulalia, tan viva, nos saca del limbo un momento.
Y el fresco de la noche, la plaza de Cristo Rey iluminada y las risas de los trasnochadores se cuelan por el ventanal resucitándonos.
Y le mando un mensaje a un príncipe para gritarle que deje de cabalgar en zigzag.
- No puedo evitarlo – contesta.
Y vuelvo a mirar el deslabazado cuerpo de mi padre en la camita, y con la claridad de la nocturnidad y lo que no depende de uno, pienso que estúpidez anteponer las cosas que no importan.
Que suerte saber que están ahí las hadas.
Que bien tener un príncipe que abrace.
A continuación pongo una postura churrigueresca e imposible, con los pies en alto para tratar de no mojarme en esa tristeza infinita que inunda la habitación, y me tapo con una sábana muy blanca y muy fría.

Y, por supuesto, no me duermo.

domingo, junio 17, 2007

Locura transitoria

Que no existe la gente normal esta claro.
Que si lo parece, es por disfraz.
Que si nos pudiésemos asomar a la cabeza del vecino encontraríamos cualquier cosa.
Ovejas merinas con liguero, bebés sonrosados y látigos.
Cuencos de arcilla con cabeza de gato, jirafas y maletines con dinero.
Nubes, trajes de novia y pistolas .
Cuentos de Salinger, pezones y la sonrisa de Burt Lancaster.
Plantaciones de maría, yates y máscaras de cuero de lucha mexicana.
Por poner un suponer.
Que la normalidad es tan sólo un traje, que si se deja uno llevar…
Se empieza gritando blanco y se acaba chillando negro.
Imponentes como guerreros samuráis y frágiles como niños.
Navegantes de la genialidad y la estupidez.
Rebeldes inútiles que se baten en duelo con molinos de viento.
Viejas cotillas que critican al hermano valiente que se fue con la rubia desconocida.
Superhéroes capaces de rescatar cuatro veces a la chica en una noche de viernes cualquiera, para luego dejársela olvidada en la cornisa de un sexto piso.
De ser verdad y mentira al mismo tiempo.
Como si estuviésemos hechos de la misma sustancia que el cine.
Tan rellenos de historias que no podemos parar de contar.
Seres contradictorios con ansias de todo.
De ser payaso, almirante, mariposa, vikingo, enmascarado y sirena.
Seres idiotas de manos vacías, porque todo es imposible.
Deseando normalidad mientras hacemos el pino puente desnudos en mitad de la Gran Vía.
Deseando locura mientras abrazamos un cuerpo que ya no queremos, por costumbre y para que las viejas cotillas no tengan nada que decir.
Que cansado ser humano.
Haciendo equilibrismos entre la normalidad y la rareza.
Preocupados en ser normales o raros cuando lo único que importa es ser felices.

A veces hay suerte.
Uno sin darse cuenta mira hacia abajo y descubre que vuela.
Que se puede volar aunque parezca una locura.
Que aquel que dice que volar es imposible miente.
Y el que vuela se sorprende.
Se asusta y se espanta.
Se cae y se duele.
Que volar, como todo, duele de vez en cuando.
Aunque sea sólo por la imposibilidad de poder andar volando siempre, o siquiera cuando se desee.
O porque los que no pueden volar no dejan de llamarte loco.
Duele ser llamado loco.
Y oye a las viejas cotillas gritar que se va a estrellar, que el vuelo es mentira.
Y cada vez más voces se unen a esos gritos.
Voces de gente que te importa, que forma parte de tu vida, que quizá, te quiera.
¿Y si tienen razón?
Y uno puede decidir quedarse en tierra más seguro.
Que cobarde y que estúpido.
Que disparate renunciar al vuelo tras el milagro de encontrarlo.
Que lo mejor es volar, volar y volar, hasta caer.
Después siempre se puede alegar locura transitoria.
Locura, el amor.

domingo, junio 03, 2007

Metros de ida y vuelta hacia las jaulas

Ida. Menéndez Pelayo
Satié y Bizet suenan al son de acordeón y de maraca.
Tan desesperados y tan tristes a esas horas, camino de las jaulas, que los andenes quedan extrañados de que a los viajeros no nos dé por lanzarnos a las vías.
Y uno piensa en nuevos negocios. Eficacia. Sinergia. Optimización. Públicos de interés. Redes neuronales. Medios emergentes.

Ida. Antón Martín
Un argentino de acento dulce que adormece bonito, habla con su novia entre beso y beso de viviendas e hipotecas.
Y uno piensa en hipotecas que crecen y amenazan con devorarlo todo.

Ida. Tribunal
Un grupo de niños como hormigas arrastra maletas gigantescas.
Se les escapa la emoción y la risa loca por la boca y por los ojos.
Por ese salir al mundo.
Es lo que tienen las primeras veces.
Y uno piensa en presentar la declaración de la renta. En deducciones. En ierrepeefes.

Ida. Cuatro Caminos
Dos polacos como armarios, manchados de pintura y rubios como la cerveza, discuten sobre cual de sus móviles es mejor. No se si llevarán el pecho tatuado.
Y uno piensa en cuando es la reunión del colegio de Ele. Que tiene que hacer la matrícula. Autorizar su excursión. Coserle un disfraz. Llevarla a un cumpleaños. Contratar las vacaciones.

Ida. Valdeacederas
Una mujer lee. Otra mujer lee. Una niña lee despacio:
Des-pu-és del to-que del sil-ba-to.
No en-trar.
No sa-lir.
Y uno recuerda el mensaje de antes.
Se ruega no introducir el pie entre coche y andén.
Y el juego estúpido con su hermano en los viajes de metro.
– Se ruega no introducir la cabeza entre coche y andén –empezaba uno.
– Se ruega no introducir el páncreas entre coche y andén –continuaba el otro.
– Se ruega no introducir la vesícula biliar entre coche y andén –seguía el uno.
– Se ruega no introducir el corazón entre coche y andén –solía aparecer en boca de alguno.
Por aquel entonces uno ignoraba la de sitios inadecuados en los que se puede acabar dejando el corazón.

Y en esas uno llega a la jaula, enciende el ordenador y se prepara para morirse otro poquito, como cada día.

Vuelta. Valdeacederas
Y uno parece que va dentro del vagón pero no.
Que anda fuera tumbado sobre el césped del Retiro jugando a la forma de las nubes.
“Veo dos pulmones”. “Eso no vale”. “Claro que vale”.

Vuelta. Cuatro Caminos
Escuchando un concierto improvisado de Jazz que suena a Brasil, de una voz que canta como el cielo.

Vuelta. Tribunal
Paseando entre libros, manoseando esas mil historias que pueden ser suyas.
Bajo el sol. Comiéndose un polo de lima.

Vuelta. Antón Martín
En un cine vacío, viendo El buen nombre. Tan bonita.
En una terraza bajo los árboles hablando de cosas que importan mientras anochece.

Vuelta. Menéndez Pelayo
Y Satié y Bizet, diez horas después, siguen sonando en la estación.
Tan desesperados y tan tristes como antes.
Pero ya no dan ganas de tirarse a las vías.
Que el día es de los monstruos pero la noche es nuestra.
Para leer historias, volar, dormir abrazados a alguien.
Aunque sea para perder, llorar y reptar por la tarima a ritmo desesperado de Satie o de Bizet.

Que la noche es nuestra.