Septiembre para empezarAdiós y buen viaje, hombre de la luna.
Tras tres semanas en órbita, el hombre de la luna abandona la nave y vuelve a casa.
Finalmente conseguimos llegar a Medem.
Con algo de trampa, que fué al preestreno.
Caótica Ana, ¿y qué no?
Caótico todo, magia lo de Medem.
Como mensaje de despedida, una nota.
Pide algo que esa última vez no fue posible.
Al fin llama a las cosas por su nombre.
Me causa gracia y tristeza.
Como la vida.
Estaba mentirosamente guapo cuando se fue.
Y como todo lo que no mata hace más fuerte,
Caótica Ana, ¿y qué no?
Caótico todo, magia lo de Medem.
Como mensaje de despedida, una nota.
Pide algo que esa última vez no fue posible.
Al fin llama a las cosas por su nombre.
Me causa gracia y tristeza.
Como la vida.
Estaba mentirosamente guapo cuando se fue.
Y como todo lo que no mata hace más fuerte,
uno se descubre del material de un tanque y rodeado de trincheras.
Así que se atrinchera mientras planea la huída.
Se prepara para volar a París de la mano de Ele minúscula,
a modo de la pierna ametralladora de la fantástica película de Robert Rodríguez.
Uno es invencible.
Aunque antes de subir al avión tenga que ir a la jaula a hacer el gili un poco más,
aunque antes de remontar el vuelo tenga que pasar por la sala del terror,
que es la consulta del oncólogo, con la misión imposible de no llorar elefantes.
Y entre los elefantes y el tanque da miedo que el avión no despegue por el peso.
Que con tanta pena el vuelo se torna difícil.
Parece más probable el que a uno le vaya engullendo la tierra.
Atravesar la corteza y saludar al manto hasta desaparecer en el núcleo.
Por eso ando de puntillas, para no hundirme.
Y mientras, en la nave queda un eco extraño, de tan vacía.
Y uno se duerme despacio.
Y al día siguiente uno sale a comprar unos vaqueros.
Un hombre con zancos se manifiesta por la calle Preciados con una pancarta.
COMPRA Y CALLA, dice.
Tiene razón, pienso.
Compro unos vaqueros, unas zapatillas, dos camisas, tres libros, una chaqueta blanca de polipiel como de película de serie B de los 70, de esas que inspiran a Tarantino, y una camiseta de Corto Maltés, que un capitán sin barco me hace juego.
Demasiado consumismo.
Tiene razón el de los zancos, vuelvo a pensar.
Pero a veces, tener razón importa un pito.
Comprar para no llorar.
Comprar para olvidar lo que no tienes.
Comprar para callar.
Aunque sería mejor follar.
De momento, caminar hasta septiembre.
Siempre me pareció el mes en el que empieza todo.
Quizá por el recuerdo de tantos años de colegio.
Este año, le esperaré en París.
Septiembre, en París.
Así que se atrinchera mientras planea la huída.
Se prepara para volar a París de la mano de Ele minúscula,
a modo de la pierna ametralladora de la fantástica película de Robert Rodríguez.
Uno es invencible.
Aunque antes de subir al avión tenga que ir a la jaula a hacer el gili un poco más,
aunque antes de remontar el vuelo tenga que pasar por la sala del terror,
que es la consulta del oncólogo, con la misión imposible de no llorar elefantes.
Y entre los elefantes y el tanque da miedo que el avión no despegue por el peso.
Que con tanta pena el vuelo se torna difícil.
Parece más probable el que a uno le vaya engullendo la tierra.
Atravesar la corteza y saludar al manto hasta desaparecer en el núcleo.
Por eso ando de puntillas, para no hundirme.
Y mientras, en la nave queda un eco extraño, de tan vacía.
Y uno se duerme despacio.
Y al día siguiente uno sale a comprar unos vaqueros.
Un hombre con zancos se manifiesta por la calle Preciados con una pancarta.
COMPRA Y CALLA, dice.
Tiene razón, pienso.
Compro unos vaqueros, unas zapatillas, dos camisas, tres libros, una chaqueta blanca de polipiel como de película de serie B de los 70, de esas que inspiran a Tarantino, y una camiseta de Corto Maltés, que un capitán sin barco me hace juego.
Demasiado consumismo.
Tiene razón el de los zancos, vuelvo a pensar.
Pero a veces, tener razón importa un pito.
Comprar para no llorar.
Comprar para olvidar lo que no tienes.
Comprar para callar.
Aunque sería mejor follar.
De momento, caminar hasta septiembre.
Siempre me pareció el mes en el que empieza todo.
Quizá por el recuerdo de tantos años de colegio.
Este año, le esperaré en París.
Septiembre, en París.

