Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, agosto 25, 2007

Septiembre para empezar

Adiós y buen viaje, hombre de la luna.
Tras tres semanas en órbita, el hombre de la luna abandona la nave y vuelve a casa.
Finalmente conseguimos llegar a Medem.
Con algo de trampa, que fué al preestreno.
Caótica Ana, ¿y qué no?
Caótico todo, magia lo de Medem.
Como mensaje de despedida, una nota.
Pide algo que esa última vez no fue posible.
Al fin llama a las cosas por su nombre.
Me causa gracia y tristeza.
Como la vida.
Estaba mentirosamente guapo cuando se fue.

Y como todo lo que no mata hace más fuerte,
uno se descubre del material de un tanque y rodeado de trincheras.
Así que se atrinchera mientras planea la huída.
Se prepara para volar a París de la mano de Ele minúscula,
a modo de la pierna ametralladora de la fantástica película de Robert Rodríguez.
Uno es invencible.
Aunque antes de subir al avión tenga que ir a la jaula a hacer el gili un poco más,
aunque antes de remontar el vuelo tenga que pasar por la sala del terror,
que es la consulta del oncólogo, con la misión imposible de no llorar elefantes.
Y entre los elefantes y el tanque da miedo que el avión no despegue por el peso.
Que con tanta pena el vuelo se torna difícil.
Parece más probable el que a uno le vaya engullendo la tierra.
Atravesar la corteza y saludar al manto hasta desaparecer en el núcleo.
Por eso ando de puntillas, para no hundirme.

Y mientras, en la nave queda un eco extraño, de tan vacía.
Y uno se duerme despacio.
Y al día siguiente uno sale a comprar unos vaqueros.
Un hombre con zancos se manifiesta por la calle Preciados con una pancarta.
COMPRA Y CALLA, dice.
Tiene razón, pienso.
Compro unos vaqueros, unas zapatillas, dos camisas, tres libros, una chaqueta blanca de polipiel como de película de serie B de los 70, de esas que inspiran a Tarantino, y una camiseta de Corto Maltés, que un capitán sin barco me hace juego.
Demasiado consumismo.
Tiene razón el de los zancos, vuelvo a pensar.
Pero a veces, tener razón importa un pito.
Comprar para no llorar.
Comprar para olvidar lo que no tienes.
Comprar para callar.
Aunque sería mejor follar.

De momento, caminar hasta septiembre.
Siempre me pareció el mes en el que empieza todo.
Quizá por el recuerdo de tantos años de colegio.
Este año, le esperaré en París.

Septiembre, en París.

lunes, agosto 13, 2007

Lágrimas como elefantes

Hay veces que a uno se le atascan dos elefantes dentro del cuerpo y se le balancean las lágrimas, como elefantes, entre la boca, la nariz y los ojos.
Ahora cuando me quede a solas, lloro –se dice uno–. Ahora cuando la ciudad se me quede tan anónima como si estuviera paseando por Manhattan, lloro.
Y al fin te quedas sólo entre una marea de desconocidos y bajas las escaleras del metro con el peso de los dos elefantes que se te han instalado dentro.
Los elefantes comienzan a trepar por la garganta y a asomarse a las pestañas disfrazados de lágrimas. Agradeces su disfraz, porque sino a ver como demonios podrías hacer pasar los elefantes por el torniquete del metro.
Pero entre tanto extraño aparece la cara sonriente de la profesora de teatro de Ele minúscula.
No la reconozco, que estoy en África entre elefantes.
Ella se presenta y se sitúa.
Soy la profesora de teatro de Lucía, dice.
Y yo le respondo, que ya, que vaya, que las vacaciones, que el verano, que cuando era pequeña los veranos era largos.
Pues los míos aún lo son, me dice ella, y la miro de nuevo y la veo tan joven y tan ligera, sin años ni elefantes que le empujen a la tierra, que le digo que que suerte que bien que envidia.
Me oigo lejana y algo gritona, así que remato la faena con unos comentarios irónicos de esos que espantan a los amantes, y que ya no recuerdo porque andaba pensado que ese tipo de comentarios son los que asustan a los amantes.
Nos despedimos.
Me doy cuenta que ya no voy a llorar.
Que se me han disuelto las lágrimas y los elefantes se han descolgado hacia dentro.
Así es la vida.
Con unas pocas cosas que suceden y una inmensidad de cosas que jamás llegan a ocurrir.
Que se pasa el momento y las cosas ya no son.
Qué bien unas lágrimas menos, piensas.
Que mal estos dos elefantes que se me han quedado dentro, vuelves a pensar.
Uno de amor y otro de muerte.
Tan atascados, tan inmóviles, tan pesados.
Y como apenas se puede hacer nada, uno canturrea.
Un elefante
se balanceaba
sobre la raíz de una pestaña.
Y mientras, uno sigue nadando en el asfalto como un pato solitario y cabezón.
Nadando en la espalda del amante que hace olvidar a la muerte.
Nadando y viendo nadar.
Y a cada brazada del nadador te sorprendes de cómo uno puede querer tanto.
Y aguantar tanto.
Y sorprende esto de estar vivo.
Y desearías que fuera posible llorar lágrimas como elefantes.
Lágrimas de estar vivo.
Para meterlas en un frasco y darselas a beber a mi padre que se le escapa la vida.
Y creer que el nadador quizá sería capaz de hacerle feliz a uno.

En el supuesto de que la felicidad exista.