Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, marzo 25, 2006

De sueños proletarios

He tenido un sueño.
Sin la trascendencia del de Martín Luther King.
Sin la belleza de los de las princesas nórdicas que transforman ascensores en columpios.
He soñado que me despedían y la hipoteca me aplastaba tras haberse convertido en un gigantesco puerco de ladrillos.
-Oink, oink, OINK, chillaba mi hipoteca.
Mientras Ele minúscula me tironeaba de una falda feísima que llevaba puesta pidiéndome a gritos:
-Mamá, dame un filete y vamos a misa.
Al abrir la puerta de la calle, en lugar del rellano, me encontraba una habitación con una gigantesca cama en dónde el hombre de mi vida fornicaba con otras mujeres.
-Perdón, exclamaba, y cerraba de golpe.
-¿Por qué no salimos? Venga sal. Mamá sal. ¿Por qué no salimos? Insistía Ele a mi espalda.

Y de minusculeces

Ele minúscula discute durante el recreo.
-Una chica y una chica se pueden casar.
-No pueden.
-Si pueden.
-No pueden.
-Si pueden, que me lo ha dicho mi papá.
-No pueden, que me lo ha dicho el mío.
Y ahí anda, tan bajita y enfrentándose a la manipulación informativa.

Voy conduciendo.
Ele minúscula va sentada en su silla en la parte de detrás del coche.
Una amiga va de copiloto.
-Qué sola estoy aquí detrás, exclama en tono tango.
-Estar sola no está tan mal.
-Ya, pero que alguien se siente aquí detrás conmigo.
-Imagínate que se sienta a tu lado Zaplana, o Georgia Dann cantándote el Chiringuito, o un loco psicópata.
-¿Quién?
-El doctor Octupus, ¿querrías?
-No, pero que se siente Spiderman.
-En el mundo hay millones de Octupus y a Spiderman no hay quien le encuentre.
-Pues le buscamos.
-Y si no lo encontramos, ¿quieres que se siente Octupus?
-No.
-¿Ves?
-Di que no, que vamos a encontrar a Spiderman,
opina indignada mi amiga copiloto.
Y es que la información es lo que tiene, que en cuanto uno la tiene en sus manos le entran unas ganas irresistibles de manipularla.
Y lo peor es que luego va y se lo cree.

lunes, marzo 06, 2006

Ande winner, ande winner ¿Por qué me has abandonado?

Uno crece y se va dejando la creatividad en el camino, de modo que suele preguntar a los pequeños: ¿Y de mayor que quieres ser?
Uno es pequeño y responde que bombero o policía de tráfico, que princesa o bailarina, que caballo, que mago, o incluso que podólogo como el padre de su amigo Pedro que hace parapente, submarinismo, esquía y se sabe un millón de chistes.
Pero respondamos lo que respondamos todos queremos ser una cosa:
Winners, para ganar siempre.

¿Ganar a qué?
A guapo, a listo, a rico, a rápido, el que antes se acaba el plato, el más gracioso, a los bolos, al tute, al churro, el más jefe, el que escupe más lejos, a mejor ventrílocuo, al mejor blog, a comer más huevos cocidos, a aguantar más tiempo sin respirar, a tener más largas las uñas de los pies.
Ganar a lo que sea.

¿Ganar qué?
El nobel, el oscar, un Goya, un Grammy, una medalla en el torneo de dardos del bar de la esquina, una copa de fútbol en el Instituto, una estatuilla en el concurso de poesías de tú pueblo, judías o macarrones apostados cuando juegas al cinquillo con tu abuela.
Ganar lo que sea.
El caso es recibir aplausos.
Y soñar.

Uno vuelve del colegio arrastrando la mochila a cámara lenta por los escalones de cuatro pisos sin ascensor, soñando que ha sido convocado por la selección española de fútbol. El Mundial. Un encuentro decisivo. Unos minutos para el final. Roba un balón y marca un golazo que hace historia. De tacón, de vaselina, por la escuadra. Y el mundo boquiabierto que aplaude.

Una regresa del instituto llena de notas que no alcanzan. Enamorada de ese chico que se empeña en mostrarle que no existe. Imagina que canta y toca la guitarra. Con su grupo. Un macroconcierto. Miles de personas. Con un rock salvaje, para que se entere él, para que se enteren hasta en Katmandú. Y el auditorio baila, suda, grita, la desea y la aplaude.

Uno oye el despertador. Madruga con sueño y con legañas. Coge ese metro que le va matando de a poquitos para ir a la oficina. Fantasea que le dan un Oscar a mejor director. Una obra maestra que ha conmocionado al mundo. El oscar. Hollywood a sus pies. Unas palabras.A todos los que creyeron en mí. Pero sobre todo a los que no lo hicieron. Todos los que no daban un duro por mí. Los que no me escucharon. El puto profesor de dibujo técnico que se burlaba. A esa novia que se fue con ese tipo del Golf con cara de mono. Al tocapelotas de mi jefe. 45 millones de espectadores. Aplaudiéndome.

Y es que uno crece y descubre que siempre le acaba tocando aplaudir.
Y se amarga, o se acorcha para no sentir, o decide aplaudirse a si mismo.
Yo me conformo con seguir volando, digo soñando y haciendo la quiniela para la noche de los Oscars.