De lagartijas, lagartas y dragonas de komodoUna hembra de dragón de komodo que nunca se ha cruzado con un macho espera ocho crías.
Hay padres que tratan a hijas sanas, independientes, inteligentes y felices, como si fuesen cobayitas recién nacidas empeñadas en cruzar bailando samba un campo de minas.
La samba por lo absurdo, por lo impar. Por ser sola.
Las minas quizá por la equivocación mortal de no dejar descendencia en el planeta.
Y uno se asoma a la ventana incrédulo para comprobar que no estamos en la India, o en Somalia. Pero no. Que es Europa, que es el siglo XXI.
Herencia de la España lorquiana de Tía Tula.
Herencia del fanquismo que no nos quedó más remedio que mamar.
Esa compasión idiota y simplona.
Y por huir de esa compasión blandita, una mayoría de lagartijas se cobijan bajo la sombra del primer hombre que pasa, cocinan en la Thermomix, y dejan la ropa blanquísima.
Y huyendo de esas lagartijas hay unas cuantas dragonas de komodo que por ahí andan buscando seres imposibles.
Dragonas independientes y fuertes, que cada día se mastican esa compasión paleta y ramplona para digerirla y que no duela.
Para digerirla y que no obligue a refugiarse bajo la sombra de cualquier hombre.
Para digerirla y que no importe.
Para no escuchar al padre.
Para no temblar cuando se cruza con ese vecino octogenario, de batín ajado y gafas de sol, del que sospecha fue policía política franquista que veló por la ley y el orden en los años 60.
Para no recoger el no saludo de la familia grisácea de la puerta de enfrente, que tras volver de misa juega a mirar por la mirilla y a soltar sapos y culebras, a la vez que gritan una vez más con cansancio infinito “Lu-is-hi-jo-có-me-te-la-chi-cha”.
Para tener hijas sin padre si no lo encontró. Que total hay veces que es mejor no tener que escuchar al padre querido.
Para que esas hijas no conozcan esa compasión blandita y paleta y nunca sean lagartijas miedosas.
Y para lagartijas y dragonas un mismo deseo:
Ser de esa minoría de lagartas afortunadas bienenamoradas medulares que conviven felices en su nidito con su cielito.
Te quiero hasta el infinito, les dice su lagarto cada noche.
Yo te quiero más allá, responden las lagartas antes de soñar con nubes con forma de corazón.
Pero la mayoría de las veces uno se queda sin acariciar ese hueco inexistente en otro cuerpo.
Ese hueco que hay en tu cuerpo, en tu cabeza, sobre tu nariz, entre tus cejas.
Ese hueco tan cercano y que no alcanzo.
Y Madrid nevaba esta noche, como Berlín.

