Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

lunes, enero 28, 2008

Volar
Volar al mar.
Subir a un avión.
Perderse entre un centenar de desconocidos, que no preguntan la eterna pregunta de imposible respuesta.
¿Qué tal?
¿Qué tal QUÉ?
¿La vida? ¿La salud? ¿El trabajo? ¿El dinero? ¿El amor?
Demasiado difícil.
¿Qué tal? ¿Cuál es la composición de la atmósfera terrestre?
¿Qué tal? ¿Me dices la raíz cúbica de 2.728.322.789,03?
Paz. Nada de difíciles quetales.
Me siento, me abrocho el cinturón, y me pierdo entre el centenar de desconocidos sin preguntas.
Me elevo y leo entre nubes blancas que me limpian el cerebro.
Aterrizo.
Un autobús me lleva a Santiago de Compostela.
Recoge pasajeros en paradas inexistentes en medio de la nada.
Nada. Como en mi cabeza.
Nada. No tengo que hacer nada. No tengo que decidir nada.
Dejarme llevar. Mi cabeza en blanco.
Solo un deseo.
Hay quien dice que mejor que no se cumplan los deseos,
que tengas cuidado con lo que deseas.
Gaitas.
Hada Mala me recoge en Santiago.
Me dice lo que tengo que hacer.
Vuelvo a tener 6 años otra vez.
¿Dónde vamos Hada?
A casa.
Y me lleva a su casa colgada del cielo gallego, donde la terraza es la proa de un barco.
Mira el mar, me dice.
Y miro el mar.
Mira la montaña, me dice.
Y miro la montaña.
Que bonito y que fácil.
Y el canto de un gallo me despierta por las mañanas.
¿Dónde vamos Hada?
A la playa de las Furnas. A Fonforrón. Al Castro. A la Cascada.
Y todo tan desértico, tan luminoso y tan bello que da risa.
Y el cerebro, en blanco.
Con un único deseo para la vuelta.
Y llega la noche.
¿Dónde vamos Hada?
A cenar centolla.
Y una mujer dulce, y otra femenina que lucha.
Y hombres ácidos e ingeniosos. Y niñas guapas.
Y el cerebro, en blanco.
Con el deseo.
¿Dónde vamos Hada?
A desayunar. Al mercado. A leer el periódico. A pasear.
El aperitivo. Hablar de cosas que importan.
El cerebro, en blanco, y un único deseo para la vuelta.
Volvemos cantando en el coche.
Tengo 6 años.
Me llevan. Me dicen lo que tengo que hacer.
Yo sólo tengo que cruzar los dedos.
De las manos. De los pies.
Y pensar en mi deseo.
Vuelo de regreso a Madrid.
Se me gasta la suerte en volar junto a Hada Mala.
El cerebro se me va tiñendo de domingo.
Y en el aeropuerto no hay nadie que me busque ni me espere.
El deseo no se cumple.
Estará contento el imbécil ese que dice que no hay nada peor que conseguir lo que se desea.

Va a ser que no existen los Hombres de la Luna.
Aunque se desee con todas las fuerzas.

sábado, enero 12, 2008

Mientras tanto

En el vestíbulo de la estación de metro por la que paso a diario, alguien ha pintado mi nombre en un graffiti desesperado.
En letras gigantes de color sangre.
Como en las canciones de amor.
Sé que esa del graffiti no soy yo.

Mientras, entre realidades grises, espero.
Analizo amas de casa consumidoras de aceite de oliva virgen extra.
Ele minúscula dibuja una oveja y le pega trocitos de algodón. Una bola grande para el cuerpo, una pequeña para la cabeza, una minúscula para la cola.
Escucho a unas adolescentes decir que la gorrinillo y la Yesi se han cortado el flequillo a piquitos.

Y cada mañana, paso por delante del nombre de esa otra, que no soy yo.
Pero me invento que sí, y me emociono, y veo unicornios.
Es una señal, pienso.
Alguien que me quiere a lo grande, como Cánada, ha aterrizado en el vestíbulo y pintado mi nombre con sangre de unicornio, sobre el plano de metro de mi estación.
Me gusta imaginar cosas que no existen.

Y mientras, analizo barcelonesas de 35 a 54 años; que no javanesas, como la canción de Gaingsbourg, que tarareo durante todo el día.
En el metro, el hombre adecuado para enamorarse para siempre jamás ocupa un asiento frente a mí. Como sé que lo adecuado no existe, lo contemplo como quien mira una bonita lámina de unicornios.
Ele minúscula cuenta los árboles y las papeleras de la calle. Después lo escribe en un papel arrugado. Son sus deberes de hoy. Eres un desastre, le regaño.

Si levanto la vista al cielo, veo a Selenita dando vueltas en su nave espacial, dando vueltas a si quiere vivir en mi planeta o no.
Esperando una revelación. El remake de la Anunciación.
Un ángel que se pose en el parabrisas de su nave y le diga lo que tiene que hacer.
Sin saber que, como diría Llamazares (Julio, no Pascual):
"Mientras, la lluvia va anegando la memoria y tiñendo la mirada de amarillo. Lentamente las horas van pasando y la lluvia amarilla va borrándolo todo. Envejeciendo a los hombres, destruyendo sus rostros, sus cartas y sus fotografías”.
Si aterriza sabe que la vida será corta y de tango,
que el tiempo se le escurrirá de las manos,
con esa levedad de cuando uno se divierte, ama, baila o folla.
¿Mejor vals y vida larga?

Y mientras, analizo bebedores de ron oscuro marcadores de tendencias.
Las niñas calzan botas de hombre de las nieves, que les hacen pies de Yeti.
Mi ginecóloga tiene cara de pez, de lenguado, para ser exactos.
Ele minúscula se inventa bailes experimentales y me gana a las cartas cada noche.
Después me acuesto, me duermo y sueño que el hombre de la luna aterriza en mi salón.
¿No tienes leche de soja?, dice enfadado el imbécil.
Eres imbécil, le respondo.
Eso sueño cada noche.

Mientras, cada día, entre realidades, levanto la vista hacia el cielo, buscándole.
Por si acaso veo su nave.
O un unicornio.