Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, mayo 31, 2008

Y en la cara, Anna Magnani

El espejo dice que toca ser actriz del neorrealismo italiano,
de esas atormentadas, con ojera y ojo turbio.
De esas a las que la vida atropella y les deja marcas en la cara.
Yo preferiría a Joanne Woodward dulce, sonriente y en la cama con Paul Newman cada noche.
Pero no, que me toca la Magnani.

A uno se le va el padre, el amor y la vida.
Y en la jaula nos reunen y nos tiran cacahuetes.
Hombre Rugby y Pretty working juegan tan deprisa,
que paso los días intentando que no me den un balonazo en la cara.
Miedo al balonazo.
Sueño con el balonazo.
Sueño con el cáncer que no se cura.
Sueño con Selenita que no quiere.

Y me pido Woodward, pero me toca Magnani.
Y como gana desesperación, olvido.
Olvido que Innombrable me acompaña como la Fuerza de las Guerra de las Galaxias,
Olvido que Ele minúscula me da patadas mientras duerme.
Olvido que las Hadas me sobrevuelan:
Hada buena deshaciéndose de cuchillos,
Hada mala con historias de vodevil, sofá y jugos amorosos.
Olvido que Be Superstar firma sus poemas en el Retiro.
Olvido que el Turbulento cumple años.
Olvido la puesta de sol vista desde lo alto de la Torre de Madrid,
con esa luz amarilla que cae sobre una ciudad de recortable.
Olvido que mi padre vive.
Olvido que he tenido un amor inexplicable.
Olvido que tengo que olvidarlo.

Pero soy Anna Magnani.

Y los obreros me derrumban el techo, las paredes y me desmontan las cuerdas de tender.
Y el hombre de la Luna no me llevará jamás a la Luna,
ni me dejará bañarme en su piscinita,
ni cocinar en su cocinita,
ni dormir en su camita.
Que no soy Rizitos de oro
Soy una familia monoparental.
Ele es el mono y yo el parental.
Quizá sea por eso que me tiran cacahuetes en la jaula.

Pero el tiempo pasará, cantaban en Casablanca.
Y dicen que saldré y encontraré a otro.
Cosa que me suena tan absurda como que llame a la puerta un chino malabarista.
Y los obreros se irán y se arreglarán las paredes y el techo.
Lo de volver a montar las cuerdas de tender va a ser difícil:
tengo que lanzarlas desde la ventana de la entrada y recogerlas en la del baño.
Lánzalas y corre muy deprisa, opina Princesa desde París.
Tiene su gracia, y si corro mucho quizá lo consiga.
Total, esta vez soy la actriz protagonista,
Soy Anna Magnani,
y en realidad nunca me gustó Joanne Woodward.

domingo, mayo 18, 2008

Engaño perro de chinos

La vida le envía señales a uno.
Señales en forma bragas ajenas.
En la maleta de Ele minúscula viajan unas alegres bragas de rayas fucsias.
Talla M/L.
Le pregunto a Ele: ¿Son tuyas?
No
. Responde.
Mías tampoco. Le informo. ¿De quién son?
Tras pensarlo, aventura: ¿De la abuela?
Son de la mujer sensata que resulta ser de braga alegre e infantil,
perfecta para Flanders.
Y leo El Esclavo de Bashevis, judío, ganador del nobel.
Por la mañana, las tristes bragas de la nonagenaria del séptimo amanecen en mis cuerdas.
Y ya van dos, y séptimo suena majestuoso.
Como los pecados capitales.
Los jinetes del Apocalipsis.
Los enanitos.
Y sigo leyendo a Bashevis, que me cuenta de un amor inmenso.
Al día siguiente, junto a la basura, unas viejas bragas de dios sabe quien.
Y ya van tres.
No son bragas, son señales.
Y sigo con Bashevis, que me habla del amor gigantesco que desafía la muerte y la tortura.
El amor imposible hecho posible.
Y al día siguiente viajo al mar.
Cruzo Despeñaperros con un deseo,
que se despeñen los perros esos de los que uno se enamora y que quieren tan mal.
Y pienso que así ha sido.
Que el amor imposible se hace posible cuando es grande.
Que lo dijo Bashevis y le dieron un nobel y todo.
Y en ese amor imposible hecho posible,
Selenita y su reina viven en el mar.
Regentan el chiringuito Mar Salá.
Durante el día cocinan sardinas y sirven cañas a turistas ingleses medio crudos a ritmo de Camarón.
Y cuando el último rayo de sol se sumerge en el mar corren al agua,
para borrarse el olor a sardina,
para abrazarse y encajarse al ritmo de las olas hasta caer dormidos.
Arriba y abajo con la marea. Follan.
Mecidos por el mar. Duermen.
Y en sus desvelos escriben cuentos de amores inmensos como el suyo.
Para defenderse con ellos por si atacan los demonios.
Y en noches de luna llena,
queman bragas de mujeres alegres y sensatas,
y entierran en la arena nombres de mujeres simples acabados en i.
Y ahí se quedan.
A la orilla del mar.
Nadándose en sus cuerpos,
que resultan contener todos esos lugares que uno sueña conocer.
Después uno regresa a casa.
Vuelve a cruzar Despeñaperros.
Y regresan los perros esos de los que uno se enamora y que quieren tan mal.
Y todo sigue igual.
Que no existen los oráculos, ni las señales.
Ni el amor inmenso ese del que habla Bashevis.
Un engaño perro de chinos.
Que es ficción.
Mañana lunes.
Y que fea es la palabra braga.

sábado, mayo 03, 2008

Bofetadas

En la jaula
He visto cosas que no creeríais.
He visto hundir al productivo y encumbrar al parásito.
El jugador de rugby me llama a su habitáculo.
Este año, a modo de subida, un par de bofetadas.
Que la vida es injusta, las multinacionales más,
y eso no lo puede arreglar ni un equipo de rugby entero.
Y encima uno no sabe venderse ni ir de farol.
Ni mucho menos devolver la bofetada.
Que anda demasiado ocupado trabajando para pensar en escapar.
Debes escapar pero no te mueves.
Porque prefieres no moverte a no poder moverte.
Y en la jaula te toca un año más de bofetada.
Para compensar otras subidas.
Subidas para los lentos que echan horas y cacarean.
Para compensar los que se saben escaquear.
Toda una ciencia, pregúntese a la Super tras tantos años.
A mí si la gente se sabe escaquear, que se escaquee.
Cacareo y escaqueo.
Pero no para ti, que eres como Superman.
Y en cuanto te encajas las gafas te conviertes en imbécil.
No tienes nada, pero no quieres perderlo.
Y trabajas y trabajas y trabajas invisible.
Dejas que te aten los hilos a las manos, a los pies y que te muevan como una marioneta.
Y de premio toma, un dos.
Dos bofetadas, en lugar del IPC.

En el Sur
Ele minúscula viaja al sur con su madrastra,
esa que no para de reír,
y yo me pregunto que de qué se reirá.
Mañana es el día de la madre, y Ele tendrá lista una manualidad ingenua y fea.
Quizá un pollo de lana amarilla sobre una cartulina negra.
Y a mí me da igual el día de la madre,
pero tras tanta bofetada necesito el pollo.
Cruzo los dedos para que la madrastra que ríe no se lleve el pollo.
Que lo necesito.
Que ella tiene la risa, que el pollo es mío.
Por justicia el pollo es mío.
Lo sé. Mío.
Pero la vida no es justa.
Si no lo crees, te invito a un paseo por mi jaula a que te den dos bofetadas.

Y leo
Y leo a Alberto Olmos Al borde del naufragio,
tan desesperado universal que le copio a lo largo de todo este blog.
Y para eliminar el líquido oscuro de mi cabeza,
paseo por un Madrid de primavera y me tumbo sobre el césped a ver las nubes.
Voy al Cine. Ceno en Ginza.
Me compro unos tacones de alpinista,
para poder besar al hombre de la luna sin empinarme.
Si viene.

Y por no tener que encajar más bofetadas,
decides no fabricar nada fuera de tu cabeza,
para que nadie pueda destruirlo,
pero no es tan fácil.
Y te descubres necesitando una subida de al menos el IPC, o un nombre para tu puesto, o trabajar sólo por ti, no por todos tus compañeros.
Necesitando oír la voz de Ele al teléfono sin esa crispante y perpetua risa de fondo, como de teleserie, enlatada, que te hace sentir tan mal cuando andas triste.
Necesitando aferrarte al pollo feo de lana amarilla para no caer.
Necesitando a Selenita a tu lado, para que te borre las bofetadas a besos,
para que te dibuje un pollo si hace falta.

Y por dejar de mirarme el ombligo,
pienso en los levantamientos del 2 de Mayo.
Si no nos hubiéramos levantado, seríamos la España francesa.
Como las Antillas, como la Guayana.
Andaríamos trepando a un cocotero y seríamos negros.
Y hablaríamos francés.
No estaría mal hablar francés.
Así Olalá Mondié, mi compañera de jaula,
no tendría que molestarse en traducirme a Brel o a Brassens.
Que le entendería yo solita.