Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

jueves, julio 27, 2006



"Road movie" paranormal: Málaga - Diosabedonde

Bajo a Málaga.

A vivir experiencias antropológicas entre domingueros playeros que se instalan con niños, perro, suegra, vecina, abuela y canario.
Con tenderete, nevera, mesa, silla, cerveza y papas fritas.
Y comen y comen y comen. Y se bañan.
Y comen y comen y comen. Y participan en las conversaciones ajenas. Mientras comen y comen y comen.
Con más risas y decibelios de lo normal.

A seguir con la nostalgia de tantos veranos traidores que se me escaparon como lagartijas.
Y como lagartijas, de nuevo se me escurren los días.
Tan pronto fui estoy volviendo.
Casi temo encontrarme conmigo en el camino.

Regreso de Málaga.

A solas. Yo, coche y carretera.
Durante tanto tiempo que emborracha.
Adelanto cientos de camiones con sus camioneritos allá arribotas machos machotes descamisados.
Me cruzo con miles de postes de la luz que corren en dirección contraria.
Me acompañan millones de rayas discontinuas que parecen irse dibujando sobre a mi paso.
Y el motor del coche ya viejito que suena a coctelera.
Descubro que la guantera es el último reducto de las caducas cintas de casete y por hacer algo las voy poniendo una a una.


De pronto,
cuando la carretera se me ha subido a la cabeza, fuera empieza a anochecer, los postes no saben si van o vienen, y los camioneritos se cuentan por millones,
encuentro la cinta fantasma.
La voz de mí abuelo muerto me canta una jota:
Una niña se perdió en la bahía de Cádiz, Ay si la encontrara yo - canta.
Y mi hermano, entonces niño, le explica como grabar.
Habla ahora - le ordena.
Tú sabes de esto que tienes estudios. La otra se ha ido de paseo al Camposanto - dice mi abuelo para probar la cinta.
Y la otra soy yo de niña, cuando creía que los veranos eran eternos porque aún no había descubierto que eran lagartijas.
Soy yo veraneando bajo el sol de un pueblo castellano.
Soy yo que pasaba los días jugando en la tapia del cementerio.
Dónde quedábamos los niños de los arrabales, porque no nos dejaban cruzar la carretera general, que entonces atravesaba el pueblo.
Que al hijo de la molinera le mató un camión. Le partió en dos tras soltarse de la mano de su madre. Y era el ojito derecho de su padre - nos contaban.
Y como su padre casualmente era bizco, yo le asignaba a la frase más misterio del que había.
Y entre mi abuelo, mi hermano y mi infancia, los kilómetros pasan y pasan llenos de paisajes despeinados que oscurecen.
Confundo la distancia con el tiempo y viajo al pasado.

Estoy viajando en el tiempo - pienso.

Después hay grabaciones de calidad de botijo de todos los miembros de la familia.
Canciones protesta de mi hermano, habaneras de mi abuela, flamenco de mi padre, Manolo Escobar, que nos informa que no le gusta que su novia vaya a los toros con minifalda, de mi madre; y de pronto una ranchera de Rocío Durcal que no entiendo como ha podido llegar ahí:
Morirá, morirá, morirá - canta ella ya muerta.

Estoy muerta ya y no noto la diferencia - pienso.

Al fin llego a Madrid que arde.
Atrás queda Mágala, según Ele minúscula, con ella dentro.
Y otro trozo de verano lagartija.
Y de momento, también la muerte.

sábado, julio 15, 2006




Y otro verano más

Serrat canta a Lucía y Ele minúscula me busca y me dice que esta pintura rosa pinta mal.

Y tiene el culo tan blanco como todos esos dientes con los que no para de reír, y los brazos tan morenos cubiertos de un vello rubio como fideos, que sabe a sal.
Es lo que tiene el mar cuando cocina, que se le va la mano con la sal.

Y a las algas las llama acelgas y por la tarde toca feria.
Y su feria es un lugar mágico tan distinto de mi feria, que dan ganas de llorar por ser mayor.
Montamos en el tren de la bruja y no ve los colores desvaídos, la madera rota, el Peter Pan bizco, el asiento sucio y hundido del conductor. Un conductor con aspecto de saber deletrear cárcel, condicional y poco más. Y su padre tal vez, con un disfraz pelotilloso y rancio de Pedro Picapiedra, nos dá escobazos y juega a esconderse con torpeza y con desgana.
Y coches de choque, camas elásticas, un castillo hinchable y olor a churro.

Después vamos a cenar a una taberna del puerto, a la que quizá más tarde acuden el marinero y el capitán a ver bailar a una rubia loca.
O a un chiringuito de playa bajo la luz de la luna, repleto de familias y paellas y alemanes.
Y brindamos y nos contamos secretos al oído como dos amantes.
Y los camareros nos tratan con el cariño blandito con el que se trata a los débiles o los desafortunados, como si tuviésemos los bolsillos llenos de gatitos recién nacidos.

Por ser solas, por ser chicas, que sé yo.

Y nadamos, nadamos y nadamos.

Y vienen a nadar con nosotras el Innombrable y su hermana la que es un dibujo.
Sin toallas y con cierto desentono de puro blanco.

Y también vienen a nadar la Princesona guerrera, empeñada en que este mundo tiene arreglo, y su niña doble, que es mayor y niña para siempre y que en otra vida fue delfín.
Las dos tan frágiles y tan fuertes, como chicas de Almodóvar, capaces de mover cadáveres de hombres en pesados arcones frigoríficos.
Y jugamos a adivinanzas verdes como tortugas, como mocos.
Y perdemos la noción del tiempo entre tanta playa, tanta arena y tanta ola que va y viene.

Y eso está bien.

Otro verano más.