Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

viernes, marzo 23, 2007

Desequilibrio

Como el equilibrio no existe, y no estoy a favor de dictaduras, no queda más remedio que uno ande negociando con las dos mitades en patético equilibrio.
Como aquel Varon Ashler del Mazinger Z de la infancia.

Como lo inesperado si que existe, uno piensa en salir a dar una vuelta y sin saber como llega a la luna.
Y se encuentra con uno de esos seres de allá arriba, uno de esos Selenitas locos, irreverentes, contradictorios e hipocondriacos, que resultan tener un poder absoluto y bello sobre las mareas.
Todo un espectáculo.
Y uno, al principio, mira al Selenita y se escandaliza.
Y después se da cuenta de que habla su idioma.
Y entonces le desea y le atrapa los viernes.
Y van pasando los días entre adivinanzas.
Y el selenita le descubre el secreto de las mareas que enganchan.
Y uno se emociona y se empeña en pedir una mañana de domingo.
Y el selenita viaja desde la luna a llevársela.
- Toma, una mañana de domingo con marea.
Y uno la agarra con miedo, porque esa marea es un abismo.
Que resulta que el mar tiene profundidades abisales dónde habitan los calamares gigantes y demás diós sabe qué desconocidos, a años luz del mundo exterior.
Y uno piensa en sirenas estúpidas que cambian todo por pisar tierra, en el mundo submarino de los comics de Flash Gordon, y en la leyenda de la Atlántida.

Pero nada se desborda, porque tras el domingo llega el lunes y las piezas se colocan en su sitio.
Y uno intenta no pensar, que sea lo que tenga que ser, y se dedica a pasar el trapo del polvo a esas medias vidas, para irse acostumbrando a ellas.
Y uno resuelve que su ocupación principal en esta vida está resultando ser el echar de menos.
Echar de menos todos los lugares en los que no te quedaste.
Y en los que te quedaste.
Echar de menos las decisiones que no tomaste.
Y las que tomaste.
Echar de menos las verdades que dijiste.
Y el no haber sabido guardar silencio.

Echar de menos a Ele minúscula cuando no está, sabiendo que mejor así, que esa mitad con Ele está más llena que el Amazonas, con tanto bicho y tanta agua.

Y echar de menos a Selenitas locos, sabiendo que no debería.

Echar de menos el mar.

domingo, marzo 11, 2007

Ser hombre

Últimamente he deseado ser hombre.
Observar ese mundo inexplicable desde dentro.
Dedicarme a hacer sólo una cosa cada vez, descubriendo esa paz mono-tarea.
Llevar mujeres a ver el mar por vez primera.
– Mira nena, el mar –diría.
Y ellas me mirarían cuan ovejas ojipláticas, y sólo su mirada bastaría para empalmarme.
Que chicas, puede que cinco, diez, quince, veinte años más jóvenes que yo, se enamoren de mí, y decida amarlas si quiero, embarcándome en un eterno día de la marmota, como Bill Murray.
O dejarme cazar condescendiente, y que ella cuide el nido mientras corro de aquí para allá haciéndome el ocupado.
Que cada noche, al llegar a casa, me pregunten si tengo hambre y me hagan dos huevos fritos para cenar.
Para darle vueltas a la idea de abandonarlo todo e irme con la otra al Paraguay, sin pensar que vamos a hacer allá cuando se nos gasten los besos.

Ser hombre.
Para andar lejos de palabras como depilación que despelleja.
Para ganar más y no tener que babear frente a un bebe, aunque sea el mío.
Para viajar por el mundo sin burka ni tampax en la maleta.
Y no teñirme de rojo cada mes.
Que no exista la posibilidad-imposibilidad de violación por guapa o por fea.
Y que las tetas no reboten al correr.

Ser hombre.
Para luchar frente a frente y no de lado y en desventaja.
Para pegar puñetazos en las puertas y soltar tacos.
Para gritar Sí o No al sexo a las claras.
Que el Sí sea ser un vividor, no puta ni ninfómana.
Que el No sea ser selectivo, no estrecha ni frígida.
Que nadie me mire con esa compasión blandita por andar desparejada.

Y mientras unas jugamos a ser hombres, Ele minúscula quiere ser yo. Y se peina sus cuatro pelos bonitos y rubiajos con raya, y se pinta en la frente ese pico de viuda (le llaman), o de vampira, con rotulador negro.
Y tan contenta, tan ingenua y tan payasa, me dice:
– Mira soy tú.
Y como ella todo lo hace posible, me pinto bigote y la doy la replica:
– Mira, soy un hombre.
– Podemos ser novios
-opina ella
– Vale –acepto.
– Te quiero todo el parque del Retiro, con su Palacio de Cristal, su Lago, sus barcas y sus carpas mutantes de tres ojos –me declaro.
–Y yo todo Madrid, con todas las grúas y los McDonalds –me responde.
Y así pasamos la tarde jugando a novios en un amor de lo más autonómico.
Ójala el amor fuese así siempre.