Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, septiembre 22, 2007

Volando voy, volando vengo

Volando voy el lunes a hablar con el Dr. Muerte y no quiero.
Me pondría el traje de Spiderman de Ele minúscula.
Para vencerle, para reírme de mi misma.
Pero no me entra.

Volando voy a entrevistar a una mujer para un trabajo,
que me pide más dinero y se carcajea de mi vida rara,
que me pilla desarmada y no puedo dispararla.

Volando voy a la jaula a bailar al son de la flauta,
que no les bastan diez horas diarias, ni el trabajo que realice,
que lo que quieren es que salte cuando ellos digan.

Volando voy en la nave con el hombre de la luna,
que me regala un buen título para un libro de cuentos,
que no deja de soltar ideas de bombero Neardental.

Volando voy a llevar a Ele al colegio.
Como quien viaja a Dinamarca a meterse en una construcción de Lego.
Un mundo sencillo y ordenado donde todo encaja y la vida es justa.
Y dan ganas de aferrarse a la puerta, al árbol, al banco, a la farola.
Para no tener que entrevistarme con el Dr. Muerte.
Para no escuchar imbéciles llenos de prejuicios.
Para no ir a la jaula.
Para no oir ideas de bombero Neardental.

Volando vengo, vengo dice el hombre de la luna.
Dice, dice y viene, pero no.
Ves estoy aquí, dice, y es cierto que le estoy viendo.
Pero en realidad no está.
Que oigo tubos de escape de motos y no se qué habla sobre tickets de aparcamiento.
Que aunque la otra ya no esté, las relaciones largas como vidas de tortuga no acaban tan fácilmente.
Que uno va y viene. Deja y coge. Echa de menos y de más.
Y se entra en la fase volando voy, volando vengo.
Y una vez que se empieza a mentir ya no se para.
Y no se diferencia la mentira de la verdad.
El mismo no sabe y echa la culpa a un pendiente de Ele que se ha clavado en un pie.
Y puede que sea verdad, pero uno desconfía.
Tan triste que dan ganas de cortarse el pelo y guardarlo en los cajones.

Y mientras tanto, Ele minuscula anda tratando de entender el origen de la humanidad.
Que le han dicho que todos descendemos del mono.
Si tú no eres el mono, ni la abuela tampoco, ¿quién ha sido el mono en nuestra familia?, indaga.
Anda tratando de encontrar la verdad en lo que le resulta extraño.
Pero dime –interpela muy seria- ¿el ratoncito Pérez existe?
Y yo le miento, por costumbre, para que le dure la magia.
Sí que existe, le respondo.
Como después me entere que es mentira te enteras
, me amenaza.

Que el mundo anda lleno de mentiras.
Que la vida es un gigantesco malentendido.
Que Camarón era un genio.

sábado, septiembre 08, 2007

Princesas en patios de París

Viajo a París.
París tiene patios interiores más bellos incluso que la ciudad, por lo escondido.
Princesa vive en París, entre patios interiores, grandes ventanales y chimeneas.
Junto a sus principitos.
Un sofisticado sanwich entre antiquísimos suelos de madera y techos tan altos que uno se pregunta si andará la luna dentro.
Como una princesa de cuento en el exilio.
Tiene un hombre bueno que la cuida, y dice de ella que es una mujer dibujada por Hugo Pratt en un cómic de Corto Maltés.
Y no se me ocurre nada más bello que le puedan decir a una.
A mí, en cambio, un amor me dijo una vez, tú no eres nada fea y me entretienes mucho.
Pero princesa, que anda en el exilio como Anastasia, también cuenta con su enemigo, que la acecha cuan Rasputín y que además es el padre de sus hijos.
Y ella se asusta y mima a sus principitos en exceso.
Sobre todo a la pequeña.
Tan impertérrita y exigente. Tan déspota y tan bella.
Mientras, el mayor es tan pasional y tan guapo que conmueve.
Habla español con el acento francés romanticón de aquella mofeta de dibujos animados.
Y a uno le dan ganas de raptarlo y traérselo a Madrid escondido en la maleta, junto a sus rabietas y a sus preciosos dibujos de vampiros.
Que le va más el carácter español que el europeo, con tanto tango que lleva dentro.
Traérmelo a mi casa madrileña, también con su patio interior.
Aunque este ande lleno de olor a comida y llantos de los niños del vecino.
A mi casa, también con grandes ventanales, aunque no tanto, y techos altos, aunque menos, dónde como mucho se podrían ver pájaros, pero jamás la luna.
Y vamos a Eurodisney que para mí es el infierno, sobre todo comparado con la superlativa belleza de París.
Y charlamos en la madrugada del amor y de la vida.
Que bonita, que perra y que chistosa.
Que quien iba a decirnos hace quince años cuando vivíamos juntas y tan jóvenes en aquél ático de Madrid, que íbamos a estar en París hablando del amor y de la vida.
Y después regreso a Madrid.
Más zen que cuando me fui, porque siempre que uno viaja se le llena el ojo de distancias, y todo importa menos y más al mismo tiempo.
Y Ele minúscula, que anda echa un lío aún mezclando ficciones y realidades del mundo, indaga. Cuando bajemos del avión en el aeropuerto de Madrid, ¿hablan en español o en qué?
Y se hace una herida y dice, deberíamos chuparnos pero me da asco.
Y vemos un soldado vestido de camuflaje y con metralleta y comenta, creía que los soldados no existían.
Que suerte creer que los ejércitos no existen.
Y pienso en mi padre que se va.
En mi madre tan triste y tan fuerte.
En la jaula, a la que parece que ha llegado un viento nuevo, con el fichaje de un jugador de rugby inglés.
En los hombres.
En mi ex con sus arrebatos de Flanders.
En el hombre de la luna con sus arrebatos de Homer.
En innombrable, que me sigue enseñando tantas cosas.
En las hadas que me revolotean todo el tiempo.
Y no se muy bien porqué, pero pienso que dentro de lo que cabe,
soy una tipa con suerte.