Pánico en la jaulaEscasean los plátanos y la jaula se llena de aullidos de monos aterrorizados.
De sabernos sobrantes, desechables, residuales, degradables.
Aullamos en silencio, por dentro.
Que al fin y al cabo somos primates con una educación y unos estudios.
Los más descontrolados bajamos al servicio, cerramos la puerta y una vez dentro saltamos sobre la tapa del wc, nos tiramos de los pelos y ponemos caras de caníbales que no somos.
Para desahogarnos y poder decir buenosdías, buenastardes, uncafé.
Para poder seguir trabajando por mí y por todos mis compañeros.
Los que ya no están, los que se irán y los que no vendrán.
Excedentes.
“¿Han salido las listas?” Preguntaba Miguelito de Mafalda tras leer en el periódico que había un exceso de población mundial.
Aún no. Que en la jaula, la lista nos la trae año tras año un macabro Papá Noel.
Y en lugar de beber para olvidar se va uno de compras para celebrarlo.
Al mercadillo solidario de Hoss.
Donde los privilegiados compramos vestidos que marcan 300 a 150 para que la recaudación vaya a los homeless, y puedan comerse una triste sopa de fideos.
Un vestido de 300 o una sopa de fideos.
Hoy vestido por si mañana toca sopa.
Y allá nos vamos cuatro mujeres en taxi a lo Sexo en Nueva York.
Dos expertas sin conocimiento, que se compran medio mercadillo.
Y otras dos sin criterio, incapaces de elegir en esos precios.
Precios que sin querer acabo convirtiendo en sopas.
Y a medida que me pruebo ropas que son sopas, me despeino y destartalo.
Se me olvida mirar hasta la talla y me embuto en espacios imposibles.
Y pienso en preservativos, en sopas y un plátano de postre.
Y compro.
“Que el vicio nos tiene corrompidas”, suelta la otra sin criterio en el taxi de vuelta a la oficina.
Y en el trabajo tengo un nuevo sitio magnífico con un luminoso ventanal tamaño Canadá.
Pero no dejo de pensar en el cigarrillo del condenado a muerte.
En el peluquero del documental de Soha, contando al borde del llanto, que cortaba el pelo a las mujeres judías antes de entrar en la cámara de gas.
Y tengo pesadillas por la noche.
Un vestido de 300 o una sopa de fideos.
Hoy vestido por si mañana toca sopa.
Y allá nos vamos cuatro mujeres en taxi a lo Sexo en Nueva York.
Dos expertas sin conocimiento, que se compran medio mercadillo.
Y otras dos sin criterio, incapaces de elegir en esos precios.
Precios que sin querer acabo convirtiendo en sopas.
Y a medida que me pruebo ropas que son sopas, me despeino y destartalo.
Se me olvida mirar hasta la talla y me embuto en espacios imposibles.
Y pienso en preservativos, en sopas y un plátano de postre.
Y compro.
“Que el vicio nos tiene corrompidas”, suelta la otra sin criterio en el taxi de vuelta a la oficina.
Y en el trabajo tengo un nuevo sitio magnífico con un luminoso ventanal tamaño Canadá.
Pero no dejo de pensar en el cigarrillo del condenado a muerte.
En el peluquero del documental de Soha, contando al borde del llanto, que cortaba el pelo a las mujeres judías antes de entrar en la cámara de gas.
Y tengo pesadillas por la noche.
Tengo que abandonarlo todo y escapar con Ele a Ucrania.
No puedo coger ni la mísera manta necesaria para salvarnos la vida.
Al despertar, para espantar el miedo, estreno el vestido de 300 euros.
Un centenar de sopas, pienso.
Y doy besos en catalán, pero me salen patos.
Al despertar, para espantar el miedo, estreno el vestido de 300 euros.
Un centenar de sopas, pienso.
Y doy besos en catalán, pero me salen patos.
Que nunca se me dieron bien los idiomas.
Y tras correr durante un mes en dirección contraria, de nuevo estoy al borde del pantano.
A punto de tirarme de cabeza.
“- Jamás saldremos vivos del pantano.
- Tonterías. Sólo lo dices porque nadie lo ha logrado nunca antes.”
(La princesa prometida).
Y tengo mono de plátanos.
Y todos somos monos.
Yo, el último mono.
Y tras correr durante un mes en dirección contraria, de nuevo estoy al borde del pantano.
A punto de tirarme de cabeza.
“- Jamás saldremos vivos del pantano.
- Tonterías. Sólo lo dices porque nadie lo ha logrado nunca antes.”
(La princesa prometida).
Y tengo mono de plátanos.
Y todos somos monos.
Yo, el último mono.

