Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, noviembre 16, 2008

Pánico en la jaula

Escasean los plátanos y la jaula se llena de aullidos de monos aterrorizados.
De sabernos sobrantes, desechables, residuales, degradables.
Aullamos en silencio, por dentro.
Que al fin y al cabo somos primates con una educación y unos estudios.
Los más descontrolados bajamos al servicio, cerramos la puerta y una vez dentro saltamos sobre la tapa del wc, nos tiramos de los pelos y ponemos caras de caníbales que no somos.
Para desahogarnos y poder decir buenosdías, buenastardes, uncafé.
Para poder seguir trabajando por mí y por todos mis compañeros.
Los que ya no están, los que se irán y los que no vendrán.
Excedentes.
“¿Han salido las listas?” Preguntaba Miguelito de Mafalda tras leer en el periódico que había un exceso de población mundial.
Aún no. Que en la jaula, la lista nos la trae año tras año un macabro Papá Noel.
Y en lugar de beber para olvidar se va uno de compras para celebrarlo.
Al mercadillo solidario de Hoss.
Donde los privilegiados compramos vestidos que marcan 300 a 150 para que la recaudación vaya a los homeless, y puedan comerse una triste sopa de fideos.
Un vestido de 300 o una sopa de fideos.
Hoy vestido por si mañana toca sopa.
Y allá nos vamos cuatro mujeres en taxi a lo Sexo en Nueva York.
Dos expertas sin conocimiento, que se compran medio mercadillo.
Y otras dos sin criterio, incapaces de elegir en esos precios.
Precios que sin querer acabo convirtiendo en sopas.
Y a medida que me pruebo ropas que son sopas, me despeino y destartalo.
Se me olvida mirar hasta la talla y me embuto en espacios imposibles.
Y pienso en preservativos, en sopas y un plátano de postre.
Y compro.
“Que el vicio nos tiene corrompidas”, suelta la otra sin criterio en el taxi de vuelta a la oficina.
Y en el trabajo tengo un nuevo sitio magnífico con un luminoso ventanal tamaño Canadá.
Pero no dejo de pensar en el cigarrillo del condenado a muerte.
En el peluquero del documental de Soha, contando al borde del llanto, que cortaba el pelo a las mujeres judías antes de entrar en la cámara de gas.
Y tengo pesadillas por la noche.
Tengo que abandonarlo todo y escapar con Ele a Ucrania.
No puedo coger ni la mísera manta necesaria para salvarnos la vida.
Al despertar, para espantar el miedo, estreno el vestido de 300 euros.
Un centenar de sopas, pienso.
Y doy besos en catalán, pero me salen patos.
Que nunca se me dieron bien los idiomas.
Y tras correr durante un mes en dirección contraria, de nuevo estoy al borde del pantano.
A punto de tirarme de cabeza.
“- Jamás saldremos vivos del pantano.
- Tonterías. Sólo lo dices porque nadie lo ha logrado nunca antes.”

(La princesa prometida).
Y tengo mono de plátanos.
Y todos somos monos.
Yo, el último mono.

lunes, noviembre 03, 2008

Gato con piano en el Titanic

En Kuwait 23º grados centígrados y mangas cortas.
Y en Madrid un frío del demonio.

Demonios disfrazados que es Halloween.
Y la casa se me llena de minúsculas brujas que son dos,
aunque parecen diez, cien, mil, un millón.
Ora bailan, ora pintan, ora son sirvientas en el castillo de Drácula,
ora son un perro y un gato o dos murciélagas con novio.
Novios que imaginan que vienen a buscarlas.
Ya están aquí, nos vamos a un baile, me comunican.
A las 12 en casa, les respondo.
A las tarántulas les compensa comerse a los machos, pienso.
Mejor nos iría siendo tarántulas, siendo caníbales.
Estando a lo que hay que estar, no pensando en lo que no se debe.

23 º centígrados hoy en Kuwait.
Un vestido sin mangas color petróleo para tocar los mirwas, para tocar las palmas,…
¿Cuántos dinares costará una pandereta?

Y en Madrid hace tiempo de pandereta y de zambomba navideña.
Y la semana pasada regresé a una Barcelona tan bonita que me puso de punta el vello de los brazos, de las cejas, de las patillas y del bigote.
Una Barcelona miope de gafas de pasta, con gatos mirones que intimidan, con bares imposibles regentados por Rufus & Mary.
Una Barcelona más de verdad que habla de sexo en el bar del Museo Textil y se confiesa: soy alcohólico anónimo de esos, Ghana es mejor que Camerún, papá te quiero, estoy a poco de hacerme lesbiana…
Una Barcelona Polar si subes de noche al Tibidabo en moto.
Una Barcelona Sahariana de playa, sudor y bikini si te asomas a la Barceloneta.
Una Barcelona donde es fácil perder la realidad y hasta las botas.
Y acabar cenando en el Bar Mut, sobre el piano,
con la omnipresente Madeleine Peroux de fondo.
Y me imagino a bordo del Titanic.
Y siento que se me hunde el barco.
Y en mitad del océano, me aferro a los cuentos que son lanchas salvavidas.
A buenos escritores que en la presentación de sus libros hablan de barcos.
De construir barcos, que son vidas, que son cuentos, entre todos.
De escritores de verdad que me hablan de publicar un libro de cuentos.
De ser tarántula caníbal y sobrevivir a mil naufragios.
De escribir y de veneno.

Para dejar de pensar en naufragios o en el tiempo que hace en Kuwait.
¿Sabrán los kuwaitíes quien es Tony Soprano?