Vigilancia en la trinchera
En el videoclub hacen la ola cuando entro. Soy la reina del Blockbuster. Creo que mi vida social hace aguas.
Yo me siento estupendamente, pero una parte de angustia me dice que debería salir. No sé muy bien porqué. Por vox populi, supongo, por lo mismo que se sabe que "el orden de los factores no altera el producto". Porque sí. Eso me digo mientras me atrinchero un fin de semana más.
En mi defensa, las palabras de un poema de Jenaro Talents:
Supongo que ser libre es estar solo,
aceptar la violencia con que la noche cae, sin otra compañía que la noche.
Son malos tiempos para la ternura.
La trinchera:
Montañas de lectura, con libros, revistas y prensa. Películas de dvd. Bosanova. Chorro de aire acondicionado en rostro, que me dan un aspecto de jaca que galopa. Una botella de Ribera del Duero. Un metro cúbico de palomitas. Y un mucho de hacerme la sorda frente al ring del teléfono.
Sola y feliz en mi trinchera. Bato palmas. Río. Me lanzo al sofá con carrerilla.
La omnipresente angustia me repite una vez más que debería salir. le digo que mañana para que calle. No importa un día más en la trinchera. Nadie me ve.
?Horror! Estoy equivocada. La tele me mira inquisidora, la mesa de centro me observa remolona. Y la pared con un ojo somnoliento. Y la lámpara de pie con mirada sorprendida. Y el teléfono interrogante, que al sonar cobra una intensidad que hace que me sienta de lo más incomoda... Pero lo peor de todo ha sido descubrir una sonrisa burlona en el cristal de la ventana, como si el gato de Chelsea de Alicia en el país de las maravillas acabara de desaparecer. A las miradas uno acaba acostumbrándose, pero las sonrisas despectivas... Esas si que duelen.
Sé que simplemente son las pegatinas de un libro de actividades de Ele minúscula, que trata de pegar partes de la cara en diferentes animales y personajes. Ele las ha pegado por toda la casa. Ojos, narices, bocas, orejas,... me rodean.
Ele minúscula, aunque no está, me vigila: me mira, me huele, me escucha.
Hace que me sienta culpable.
Tiene futuro en la CIA, o en las películas de Amenabar, como creadora de atmósferas inquietantes.
Escapo de la inquietante vigilancia. Salgo de casa.
Paseo por la plaza de España. Estoy tan cansada. Tras Él, hace siglos que no pienso en hombres. Me obligo a mirarlos. Algunos me siguen pareciendo atractivos. Continúo siendo heterosexual. Aunque mi visión tiene algo de taxidermista: lo único que me apetecería hacer con ellos es disecarlos y colocarles en una esquina del salón. Callados. Sin reproches. Sin malentendidos. Sin complicaciones. Ojos inmóviles que se unan a la vigilancia de Ele minúscula. Vuelvo a mi trinchera.
En la vida, todo es cuestión de acostumbrarse.
