Armas secretas de Superagente
Inmóvilus, PLINC! Dice Ele minúscula mientras me atiza un varitazo (golpe de varita mágica rosa con purpurina y picos asesinos).
Días después aún duele.
Si me pintara de azul, Silvio Rodríguez me confundiría con su unicornio.
Si levanto las cejas, duele. Pero duele bonito, porque es un dolor que recuerda que no sólo hay seres que creen en la magia, sino que uno de ellos vive conmigo.
Voy en el metro, Robert Smith canta con sus grititos de gallo Claudio siniestro que me pasean por los pasillos de mi Instituto, el pasajero de al lado suma números de cuatro cifras, yo ando sumando letras y palabras, unos adolescentes se besan, los adolescentes siempre se besan, una anciana escucha la radio pegando un transistor a su oreja, artilugio que hoy me parece tan anacrónico como si fuera escuchando un gramófono, como si en la siguiente estación se montase una mujer de luto, un pastor con una oveja, el mismo Generalísimo. Un ejecutivo gallináceo escucha su ipod a punto de cacarear que él si que está a la última.
A mí me basta levantar las cejas para ser feliz.
Inmóvilus, PLINC! Dice Ele minúscula mientras me atiza un varitazo (golpe de varita mágica rosa con purpurina y picos asesinos).
Días después aún duele.
Si me pintara de azul, Silvio Rodríguez me confundiría con su unicornio.
Si levanto las cejas, duele. Pero duele bonito, porque es un dolor que recuerda que no sólo hay seres que creen en la magia, sino que uno de ellos vive conmigo.
Voy en el metro, Robert Smith canta con sus grititos de gallo Claudio siniestro que me pasean por los pasillos de mi Instituto, el pasajero de al lado suma números de cuatro cifras, yo ando sumando letras y palabras, unos adolescentes se besan, los adolescentes siempre se besan, una anciana escucha la radio pegando un transistor a su oreja, artilugio que hoy me parece tan anacrónico como si fuera escuchando un gramófono, como si en la siguiente estación se montase una mujer de luto, un pastor con una oveja, el mismo Generalísimo. Un ejecutivo gallináceo escucha su ipod a punto de cacarear que él si que está a la última.
A mí me basta levantar las cejas para ser feliz.
En la jaula vienen los ingleses y les recibimos con alegría, olé mi pueblo y olé mi tía.
Viene el gran jefe del mundo mundial worldwide al que reconocemos por las reverencias churriguerescas que estallan a su paso.
Le acompanan una especie de Ewan McGregor gordito al que interiormente llamo Tomjones porque era algo así pero no recuerdo su apellido, y la madre de Harry Potter, que como aún no ha descubierto que lo suyo es la literatura infantil, nos explica como tenemos que hacer las cosas mediante una serie de logaritmos neperianos con los precios del catálogo de ofertas de los supermercados, y mi pequeno gran jefe le lanza un gancho de izquierda comenzando el combate.
Un combate que dura horas, días, meses, y en los intermedios, al sonido de campana, las súbditas de mi pequeno gran jefe nos vemos obligadas a amenizar como si estuviéramos en un concurso de quesabeustedhacer. Una habla y entiende, Otra solo entiende, y Pedernal y Yo somos como un ficus y un tronco del brasil. Recibo un SMS de Hada mala proponiendome cena y subida a un bafle, con tal de salir de aquí me subiría al Himalaya, en tanga, descalza y tocando la gaita. En mi actuación muevo las orejas con un fracaso estrepitoso de crítica y público.
Ante el horror, levanto las cejas y soy feliz.
La soledad es atragantarte con un trozo de comida y morir ahogado porque uno no se puede hacer la maniobra de Heimlich a si mismo. Un estupendo motivo para el matrimonio.
En un episodio de la serie A dos metros bajo tierra, muere una mujer solitaria de esta forma. Encuentran su cadáver muy tarde. Nadie la echa en falta. Nadie la llora. Nadie asiste a su funeral. Produce cierto vértigo el episodio.
Envejecer. Sobrevivir a tus amigos. Que Ele minúscula se enamore de un Reno Erasmus y se vaya a vivir a Cicely.
Ya no me servirá levantar las cejas.
En estas estoy cuando llaman a la puerta. Es el repartidor de Mercadona con la compra encargada por internet. En mi entrada hay un escalón, siempre me olvido de avisar y los repartidores desconocidos tropiezan y caen rendidos a mis pies.
Mi salvación. Siempre tendré jóvenes desconocidos a mis pies. Incluso si las cosas se ponen feas, podré atraparles y quedármelos, como las dulces viejecitas de Arsénico por compasión, para matarles o ensenarles a realizar la maniobra de Heimlich. El tiempo lo dirá.
De momento el vértigo ha tropezado con mi escalón atraparepartidores, digno de Maxwell Smart, mi admirado Superagente 86.
Aquí Maxwell Smart preguntándome por la eficacia de mi arma secreta: el escalón atraparepartidores.

