Los seres humanos es lo que tienen, unas veces andan con la barriga llena de Aliens y demonios, y otras están repletos de luces y vuelos de luciérnagas.
Tormenta anda cansada de torear, de modo que al Artista no le queda más remedio que bajar al ruedo.
Resulta raro verle andar por la plaza tan perdido, aunque lo verdaderamente sorprendente es escuchar ese silencio de Tormenta que ensordece.
Deberíamos cantarle una canción para espantarle los Aliens, pero en medio del desconcierto nos dedicamos a masticar su silencio y hacer estúpidas pompas que la harán sentirse peor.
El libro de Artista, y un poquito mío, al fin ha salido, como la inesperada llegada de un deseado hijo adoptado. Que no es exactamente mío pero sí lo es.
Es bonito y cercano, como el dedo gordo del pie de Ele minúscula.
Me emociono. Me hincho. Flump. Llena de luz y luciérnagas.
- Mira mi foto, lo ha escrito Ma, la digo.
Se emociona porque me emociono. Se infla. Flump.
Y me vuelvo a emocionar por su emoción. Y me hincho aún más. Flump.
Se emociona, me emociono, se emociona. Flump, flump, flump.
Así hasta que estallamos dejándolo todo perdidito de vísceras, sangre y luciérnagas.
- Que no se haya manchado el libro, pienso.
Se vende en una bonita librería de Chueca, muy blanca y de techos altos, en la calle Hernán Cortés, de cuyo nombre quiero acordarme y escribirlo con mayúsculas, por si a alguien le interesa.
PANTA RHEI.
Ya la publicitaba Heráclito hace más de 25 siglos.
Más que una librería.
Además de ser un multiespacio cultural, con sala de exposición, también su nombre puede ser utilizado como mantra; Útil en atascos, en madrugones, en peleas familiares, en reuniones de vecinos, en vagones de metro abarrotados, o cuando tu novio te abandona.
Pensando en todo este fluir, me dan ganas de gritar que quiero tiempo.
Tiempo para entrar y salir de los cines. Para leer hasta quedar dormida. Para escribir. Para hacer cosquillas a Tormenta y a Princesa. Para recortar los dibujos del artista. Para escribir. Para explotar con Evita Dinamita. Para jugar con las Hadas. Para escribir. Para escuchar historias del Kilimanjaro. Para desayunar con SuperSuper. Para escribir. Para ganar a Zen y al Turbulento en la noche de los Oscars. Para tocarle la barriga a Carmencarmen. Para escribir. Para babear con Él. Para andar de la mano del Innombrable. Para escribir. Y sobre todo mucho, mucho, mucho tiempo para hablar con Ele minúscula de nuestras cosas.
Y mientras pienso en el tiempo que se me encoge, la llegada de la jornada partida se me echa encima como un gigantesco ALUD.
Dejándome a oscuras y en silencio en el gris de la oficina.
Envidiando a hadas malas voladoras que viajan por tierras gallegas a casas llenas de ventanas que contienen mares y cielos.
Para salir del ALUD leo la autobiografía de Navokow, que va y me dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Y ahí ya si que me mata.
No me queda más remedio que acostarme, como quien en la película Alien se marcha al rincón más oscuro de la nave a dejarse matar.
Tormenta anda cansada de torear, de modo que al Artista no le queda más remedio que bajar al ruedo.
Resulta raro verle andar por la plaza tan perdido, aunque lo verdaderamente sorprendente es escuchar ese silencio de Tormenta que ensordece.
Deberíamos cantarle una canción para espantarle los Aliens, pero en medio del desconcierto nos dedicamos a masticar su silencio y hacer estúpidas pompas que la harán sentirse peor.
El libro de Artista, y un poquito mío, al fin ha salido, como la inesperada llegada de un deseado hijo adoptado. Que no es exactamente mío pero sí lo es.
Es bonito y cercano, como el dedo gordo del pie de Ele minúscula.
Me emociono. Me hincho. Flump. Llena de luz y luciérnagas.
- Mira mi foto, lo ha escrito Ma, la digo.
Se emociona porque me emociono. Se infla. Flump.
Y me vuelvo a emocionar por su emoción. Y me hincho aún más. Flump.
Se emociona, me emociono, se emociona. Flump, flump, flump.
Así hasta que estallamos dejándolo todo perdidito de vísceras, sangre y luciérnagas.
- Que no se haya manchado el libro, pienso.
Se vende en una bonita librería de Chueca, muy blanca y de techos altos, en la calle Hernán Cortés, de cuyo nombre quiero acordarme y escribirlo con mayúsculas, por si a alguien le interesa.
PANTA RHEI.
Ya la publicitaba Heráclito hace más de 25 siglos.
Más que una librería.
Además de ser un multiespacio cultural, con sala de exposición, también su nombre puede ser utilizado como mantra; Útil en atascos, en madrugones, en peleas familiares, en reuniones de vecinos, en vagones de metro abarrotados, o cuando tu novio te abandona.
Pensando en todo este fluir, me dan ganas de gritar que quiero tiempo.
Tiempo para entrar y salir de los cines. Para leer hasta quedar dormida. Para escribir. Para hacer cosquillas a Tormenta y a Princesa. Para recortar los dibujos del artista. Para escribir. Para explotar con Evita Dinamita. Para jugar con las Hadas. Para escribir. Para escuchar historias del Kilimanjaro. Para desayunar con SuperSuper. Para escribir. Para ganar a Zen y al Turbulento en la noche de los Oscars. Para tocarle la barriga a Carmencarmen. Para escribir. Para babear con Él. Para andar de la mano del Innombrable. Para escribir. Y sobre todo mucho, mucho, mucho tiempo para hablar con Ele minúscula de nuestras cosas.
Y mientras pienso en el tiempo que se me encoge, la llegada de la jornada partida se me echa encima como un gigantesco ALUD.
Dejándome a oscuras y en silencio en el gris de la oficina.
Envidiando a hadas malas voladoras que viajan por tierras gallegas a casas llenas de ventanas que contienen mares y cielos.
Para salir del ALUD leo la autobiografía de Navokow, que va y me dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Y ahí ya si que me mata.
No me queda más remedio que acostarme, como quien en la película Alien se marcha al rincón más oscuro de la nave a dejarse matar.


