Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, septiembre 24, 2006

Eloy Tizón y el precio de los monos
Eloy Tizón es un buen escritor, y además es un buen profesor de escritura, de un dulce limón.
La dulzura de esa apariencia tan respetuosa y tan justa, frente a la que uno no puede evitar pensar que se trata de una coartada para ocultar la acidez de mil demonios y tifones.
Eloy Tizón confecciona primorosos apuntes a partir de diferentes trozos de textos, y uno lo imagina seleccionándolos una tarde de invierno frente al fuego, con más cariño que Juan Valdés con los granos de café.
Eloy Tizón es puntual y simula no tener prisa por terminar la clase; y su poca prisa recuerda a John Wayne en un hombre tranquilo, y le hace a uno pasar la clase entretenido esperando que la puerta se abra y entre Mauren O’Hara con su melena roja y salvaje pidiendo explicaciones.
Eloy Tizón simula querer a todos sus alumnos por igual y escucha con la misma atención e interés la lectura de la composición de un medicamento, la imitación del canto del renacuajo de charca, o el final de Ana Karenina; lo que evita suicidios innecesarios y es constructivo, que a la larga es lo que importa.
- Buenas noches, nos dice dos veces por semana en perfecto equilibrio con el universo.
Y uno piensa, ‘hay que ver que bien esconde los fantasmas este tipo’.
Porque está claro que los buenos escritores tienen que andar llenos de fantasmas, sino de qué iban a escribir tan bien.
Encerrar fantasmas dentro es una buena razón para escribir.
La otra es no tener un mono cerca.
El mono era la misteriosa solución de mi infancia a los grandes problemas.
Ante el aburrimiento o la soledad, la solución era comprarse un mono.
- Mamá, me aburro.
- Pues cómprate un mono.
Y yo me preguntaba dónde demonios venderían monos y si serían muy caros. Tenía la completa seguridad de que mi dinero no alcanzaba para un mono.
Y a falta de mono no se me ocurría otra cosa que ponerme a escribir.
Hoy tengo algo más de dinero, y estoy segura de tener monos a mi alcance.
De hecho, conozco muchas parejas de las que sospecho que uno de ellos es un mono comprado por el otro para no estar solo.
No tengo pruebas fehacientes de esto, pero no encuentro otra explicación para que tantas parejas sigan juntas.
Quizá una vez te compras un mono no puedes descambiarlo y tienes que cargar con él toda la vida en la salud y la enfermedad y hasta que la muerte nos separe.
Tal vez no sea tan mala idea lo del mono, ya me lo decía mi madre.
Aunque de momento prefiero seguir escribiendo.
Y a escribir, como a todo, hay parte que se aprende, y para aprender los talleres, y un buen profesor: Eloy Tizón.

domingo, septiembre 10, 2006

Contra tristezas: Bujumbura

Que mañana empieza el colegio y con el la tristeza.
Por las vacaciones que se nos han escurrido entre las manos.
Si Proust armó la que armó por la magdalena, que no hacer tras perder playas y cubos y palas y pueblos con pinos y ferias…
Por la vida que nos espera.
Con tanto madrugón y tanto libro y tanto baby y tanto patio.
Y como Ele minúscula salió de poco aspaviento, como su madre, pregunta bajito con esa voz rota que acompaña a las desgracias mayúsculas e inevitables.
¿Por qué tengo que ir al colegio?
Y pienso que porque esto es lo que hay.
Porque cuanto antes te acostumbres mejor.
Porque no eres una rica heredera.
Porque encontrarás amigos, y también torturadores…
Pero las dos sabemos que ninguna respuesta se va a llevar la angustia de tener que ir mañana al colegio.
Porque tienes que aprender muchas cosas –le digo, como si valiese para algo la razón.
Porque algunas de esas cosas son mágicas –continúo dispuesta a utilizar armas que no quiero.
¿Cómo cuales? –pregunta emocionada.
Como cual es la capital de Burundi –improviso.
¿Y cuál es?
Bujumbura.
Bujumbura
–repite cuidadosa como para no romperla- ¿Y por qué es mágica?
Porque si estás triste funciona como conjuro.
Y la susurro muy bajito: Bujumburabujumburabujumbura.
¿A qué ya?
–responde tan crédula y confiada que dan ganas de llorar.
Por saberla tan indefensa de puro ingenua, por saber que perderá esa ingenuidad por el camino.
Y pese al conjuro, en la habitación pesa un aire de fusilamientos al amanecer.
Y se duerme.
Y duermo a su lado.
Y en mitad de la noche oigo en sueños:
Bujumbura, Bujumbura
Y pienso que estaría bien poder utilizar el conjuro cuando el amor se acaba, cuando cumples más años de los que desearías, cuando vas perdiendo amigos por el camino, cuando el tiempo se va haciendo tan estrecho…
Y a la mañana siguiente, llenas de sueño, de legañas y de toneladas de libros, vamos al colegio.
Y cruza la puerta hacia su jaula.
Y antes de meterse en clase mueve los labios, y aunque no oigo lo que dice, se que pronuncia ese lugar en África Central.
Y quedo en la acera deseando que el conjuro funcione.
Aunque tal vez sólo lo utiliza para que me quede tranquila.

Pd. Entrada dedicada doblemente al Innombrable.