Hay noches.
Hay noches llenas de mujeres que cumplen 30; que es mejor que cumplir 37 ó que estar muerto, y peor que cumplir 25 y estar enamorado, por ejemplo.
Noches en las que se canta el cumpleanosfeliz por partida doble con cara de idiota.
No por nada en particular, sino porque aún no conozco a nadie capaz de cantarlo sin poner cara de idiota. Y regalo la historia del silencio de Zarraluki al cuadrado, porque no se me ocurre nada mejor que regalar historias.
Noches en las que se visitan locales sin nombre, con gente que juega a perderse y que llaman al sitio por su nombre.
La ida, dicen.
Y a uno le angustia que alguien le pregunte el día menos pensado por el nombre y le atizen un cero por no saberlo, como diría Manolito.
Noches en las que uno viaja tras la estela de Hada Buena en su papel de bello animal nocturno, de esos que se deslizan por la puerta grande y la alfombra roja de los antros más lujosos.
Y si la acompanas, andas recubierto de un magnífico tinte invisible, bajo el cual podrías ir desnudo, desdentado, imitando al mono aullador o tatareando el villancico haciabelénvaunaburrarinrin, que nadie te mira ni te para ni te descubre.
Noches en las que bebes ginebra en clubs con paredes recubiertas de un papel pintado que lo has visto antes en las paredes de la casa de tu abuela.
La pucha, que vanguardista era mi abuela, piensas tú o la ginebra.
Clubs llenos de hombres y mujeres sobre los que te gustaría saber sin preguntar.
Por curiosidad, por fobia social.
Algo tan imposible como enamorarse sin que duela.
Noches en las que luego, aún recubierta de tinte invisible, regreso a dormir en brazos de Ele minúscula que saluda con su inconfundible y desesperante Ypapá? que ya me tiene harta.
De ser segunda, la otra, la suplente, la falsa moneda, Pepsi.
Y aunque no tiene edad para tangos, me lanzo y la contesto que yyoquéehehehyyoqué, y organizamos una estupenda escena melodramática, en la que acabo masticando lo estupendo que es ser el 2, con su bonita forma de patito.
Porque las cosas son como son.
Hay noches llenas de mujeres que cumplen 30; que es mejor que cumplir 37 ó que estar muerto, y peor que cumplir 25 y estar enamorado, por ejemplo.Noches en las que se canta el cumpleanosfeliz por partida doble con cara de idiota.
No por nada en particular, sino porque aún no conozco a nadie capaz de cantarlo sin poner cara de idiota. Y regalo la historia del silencio de Zarraluki al cuadrado, porque no se me ocurre nada mejor que regalar historias.
Noches en las que se visitan locales sin nombre, con gente que juega a perderse y que llaman al sitio por su nombre.
La ida, dicen.
Y a uno le angustia que alguien le pregunte el día menos pensado por el nombre y le atizen un cero por no saberlo, como diría Manolito.
Noches en las que uno viaja tras la estela de Hada Buena en su papel de bello animal nocturno, de esos que se deslizan por la puerta grande y la alfombra roja de los antros más lujosos.
Y si la acompanas, andas recubierto de un magnífico tinte invisible, bajo el cual podrías ir desnudo, desdentado, imitando al mono aullador o tatareando el villancico haciabelénvaunaburrarinrin, que nadie te mira ni te para ni te descubre.
Noches en las que bebes ginebra en clubs con paredes recubiertas de un papel pintado que lo has visto antes en las paredes de la casa de tu abuela.
La pucha, que vanguardista era mi abuela, piensas tú o la ginebra.
Clubs llenos de hombres y mujeres sobre los que te gustaría saber sin preguntar.
Por curiosidad, por fobia social.
Algo tan imposible como enamorarse sin que duela.
Noches en las que luego, aún recubierta de tinte invisible, regreso a dormir en brazos de Ele minúscula que saluda con su inconfundible y desesperante Ypapá? que ya me tiene harta.
De ser segunda, la otra, la suplente, la falsa moneda, Pepsi.
Y aunque no tiene edad para tangos, me lanzo y la contesto que yyoquéehehehyyoqué, y organizamos una estupenda escena melodramática, en la que acabo masticando lo estupendo que es ser el 2, con su bonita forma de patito.
Porque las cosas son como son.
Si te deja tu novio, lloras, si te hacen cosquillas, ríes, si suena música bailas, y si eres la segunda eres las segunda.
También hay noches dedicadas a pasear en coche con el innombrable por un Madrid que parece cerrado por vacaciones. A reirnos de su estado desértico, de su clima sahariano, de exposiciones imposibles como la de Alexandre Rodtchenko, de los que ya no nos quieren y ellos se lo pierden, de la mente colectiva, de los que tienen hijos que comen fruta, de los que suben al teleférico a practicar sexo, de los que se dedican a pasear en auto como si fueran una canción de los payasos de la tele.
Hay noches en las que Nick Cave canta y Marjane Satrapi cuenta su vida de esa forma tan gráfica, tan hermosa y tan dura.
Noches en las que uno se mete al cine a ver la película equivocada, y descubre que los cuatro fantásticos no tienen nada de fantásticos.
Noches en las que uno se desespera porque tiene que ir a trabajar al día siguiente.
Y mientras pasan las noches, en Canadá, se aprueba el matrimonio homosexual.
Y como los seres humanos nos creemos el centro del universo, uno se imagina que hemos tenido algo que ver en todo esto.
Cómo? Qué en ese paisucho hasta ayer subdesarrollado se aprueba el matrimonio homosexual y nosotros no?
Y uno va y se alegra.
Y recibe un sms de la mujer de ojos tristes (queyano), que le gustó la historia regalada.
Y se vuelve a alegrar.
Y se alegra de alegrarse, que últimamente, como el mundo, se anda algo corto de motivos.
También hay noches dedicadas a pasear en coche con el innombrable por un Madrid que parece cerrado por vacaciones. A reirnos de su estado desértico, de su clima sahariano, de exposiciones imposibles como la de Alexandre Rodtchenko, de los que ya no nos quieren y ellos se lo pierden, de la mente colectiva, de los que tienen hijos que comen fruta, de los que suben al teleférico a practicar sexo, de los que se dedican a pasear en auto como si fueran una canción de los payasos de la tele.
Hay noches en las que Nick Cave canta y Marjane Satrapi cuenta su vida de esa forma tan gráfica, tan hermosa y tan dura.
Noches en las que uno se mete al cine a ver la película equivocada, y descubre que los cuatro fantásticos no tienen nada de fantásticos.
Noches en las que uno se desespera porque tiene que ir a trabajar al día siguiente.
Y mientras pasan las noches, en Canadá, se aprueba el matrimonio homosexual.
Y como los seres humanos nos creemos el centro del universo, uno se imagina que hemos tenido algo que ver en todo esto.
Cómo? Qué en ese paisucho hasta ayer subdesarrollado se aprueba el matrimonio homosexual y nosotros no?
Y uno va y se alegra.
Y recibe un sms de la mujer de ojos tristes (queyano), que le gustó la historia regalada.
Y se vuelve a alegrar.
Y se alegra de alegrarse, que últimamente, como el mundo, se anda algo corto de motivos.

