Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, octubre 21, 2007

Mujer Menguante

Eres grande y fuerte, pero en un momento encoges y encoges, hasta quedar minúsculo y perdido, a punto, si te descuidas, de desaparecer por una rejilla de desagüe.

Uno se encoge al enfrentarse a personajes seguros.
De esos que saben lo que quieren y son capaces de conseguir todo lo que se proponen.
Como Artista y Tormenta, tan inmensos como trasatlánticos en medio del universo.
Uno los mira y piensa que es imposible que desaparezcan por una rejilla de desagüe.
Que se guardan las espaldas y tienen la despensa repleta para pasar mil inviernos.
Y me llevan a un restaurante Siciliano, tan perfecto como ellos.
Y yo no sé que hacer con tanto moco, del maldito constipado empeñado en acompañarme a donde quiera que voy.
Y uno piensa en ellos y se encoge.
Mira, me dicen.
Y me enseñan el nuevo libro de lustraciones de Artista.
Un libro tan bello que asusta.
“Bis”, se llama.
De un universo paralelo, inquietante, bello, obsceno y sensorial.
Lleno de mujeres en posturas inauditas, construidas a partir de líneas imposibles.
Y uno admira en el libro y mengua un poco más.
Tan hermoso y tan fetiche. Un tesoro.
Y sólo pienso en que no quiero mancharlo.
En mocos y manos sucias.
¿Qué te parece?, preguntan.
Y lo que me parece es que quiero irme.
Salir corriendo a lavarme las manos, a sonarme los mocos, a que alguien me abrace y me diga que yo también soy fuerte e inmensa como un trasatlántico.
Pero el Innombrable está en Amberes y el hombre de la luna seguro que duerme la siesta.
De modo que permanezco sentada como un mono titiritero, al que le han dado un valiosísimo, delicado y único jarrón de porcelana China.
Y por no llorar, y por que lo es, digo que es cinematográfico y magnífico.
Después comemos cosas exquisitas y me cuentan historias divertidas.
Finalmente me traen a casa en un coche inmenso, espectacular y lleno de cielo.
Y a medida que el coche avanza yo me voy haciendo más y más pequeña.
Y cruzo los dedos todo el trayecto para no desaparecer entre el hueco de los asientos, ya que resultaría embarazoso.
Para dejar de pensar en ello hago comentarios huecos como el cilindro de cartón del rollo de papel higiénico al acabarse.

Ya en casa llamo al hombre de la luna para que me salve antes de que me haga tan pequeña que desaparezca, pero tal como me temía, duerme la siesta.
Así que yo sigo menguando.

Y hablo con mi Ex, fenomenal y pizpireto, incansable y megaguay.
Que Ele Minúscula es su patria y no importa que hay más allá de sus fronteras.
Tan seguro y tan perfecto que a inmenso superpadre indiscutiblemente gana Él.
De modo que menguo un poco más.

Ya de noche el hombre de la luna se digna a bajar desde su satélite.
Yo creo que menguas por envidia, me dice.
Y me abraza hasta que me recupero un poco, entonces insiste una vez más:
- Tengo que irme a explorar el universo.
Y aunque se queda a mi lado, pienso en cicuta, cianuro y hachazos en el cráneo.
Luego me despisto entre vuelos y naves y películas que son obras maestras, como el Orfanato.
Y uno piensa en cosas bellas que transportan, como cuando eres niño y se te posa una mariquita en la mano, con su traje gitana rojo y negro, y te hace cosquillas con sus patitas mientras te preguntas dónde habrá dejado sus zapatos de tacón.
Y sin darse uno cuenta, regresa al tamaño normal.

viernes, octubre 05, 2007

Por imbécil

Hay que ser imbécil
Para creer que existe un mundo inexistente
donde no existe la quimioterapia ni el euribor,
donde los príncipes no saltan de la cama cuando las exnovias tocan el silbato
- ¿Dónde vas? A regar el ficus benjamina que no tengo
Donde uno se enamora de quien conviene y todo sabe a perdices

Hay que ser imbécil
Para creer que porque volaste y se confundieron los cuerpos,
iba a ser posible dialogar con una apisonadora sorda,
- Te quiero. ¿Qué?
creer en una apisonadora sorda,
jugar para siempre con una apisonadora sorda,
y resultar ileso.

Hay que ser imbécil
Para dejarse las vísceras a la intemperie
Para no tener tiempo y perderlo en perseguir conejos blancos
Para creer en grandes verdades a estas alturas
- ¿Dónde vas? A pescar salmones en el Orinoco
Y no poder dejar de mirarnos el ombligo.

Hay que ser imbécil
Para no haberme tejido una coraza con los besos de Ele minúscula,
que justificara tantas horas de hacer el gili en la jaula,
y que me protegiera de oncologos y de desamor.
Para no haberme refugiado en sus bracitos y sus fantásticas ideas,
- Tengo una idea, nos pintamos la cara de marcianas vampiras.
y haber dejado que la lluvia me cale hasta los huesos.

Hay que ser imbécil
Para regalarle a un Neardental unos guantes de boxeo,
emprender un bailecillo desafiante a su alrededor,
- Venga, aquí estoy, ¿no me ves?
y luego extrañarme de recibir dos derechazos,
y un gancho de izquierda que acaba por tumbarme.

Hay que ser imbécil
Para creer que la muerte está lejos
o que el chico lucha por la chica
Para confiar en los bancos o los abogados
En los informativos de Telemadrid
o en sartenes antiadherentes
Para enamorarse de hombres de la luna

Hay que ser imbécil
Para confundir los cuerpos.
- Tengo el pie frío. No es tu pie, es el mío.
Para confundir unas zapatillas con un campo de concentración
Bikkembergs por Birkenau
Hay que ser imbécil