Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

jueves, diciembre 25, 2008



Abierto hasta el amanecer


Navidades.
Uno llega un viernes noche a la fiesta de la empresa.
Uno llega con su disfraz de jaula.
Acá el chofer, allá el técnico, más allá el Sr director.
Acá el creativo, allá la secretaria, más allá la Consejera delegada.
Buenas noches, hola que tal.
Cómo has venido, cuanto has tardado, dónde has aparcado.
Que bien te sientan los vaqueros, la camisa, la corbata, los tacones, el quimono.
Y según la noche avanza se van derrumbando los disfraces.
Que bien te sientan las aletas, el hacha, el torniquete, los andamios, las plumas.
Y si pasas de las 5 de la mañana, prepárate para bailar con una pitón albina.
Para ser Satánico Pandemonium.
Para entrar en coma, chupar al camarero o columpiarte de la lámpara.
Para enamorarte, hacer el paso de gallina de Mike Jagger o cantar a Nino Bravo.
Y yo bailo, bailo, y no paro de bailar.
Me como tres almendras, un canapé, dos gominolas con chorizo y un bombón.
La perfecta se transforma en presa y todos los demás en vampiros.
Me gustan los vampiros.
Tan monstruos, tan frágiles y tan locos.
Esta misma semana vemos Crepúsculo.
Ele minúscula con la caja de la cesta de mi empresa, se hace un ataúd.
No abrir, no molestar, pone en la tapa.
No me puede dar la luz del sol, me explica.
Te sorprenderían las cosas que crees que no pueden pasar y pasan, le digo.
¿Cómo qué?, indaga.
Como enamorarte del hombre equivocado, respondo.
¿Cómo quién?, insiste.
Como un tipo serio y ocupado, sin tiempo para decirte holaquetal.
Como un periodista-egoísta deportivo.
Como alguien que vive en otro país, en Casp, en otro idioma.
Y si no me crees llamo a la Perfecta y ella te cuenta.
Ah, pero a mí eso no va a pasarme,
me comunica muy segura.
Eso decimos todas, pienso.
Seguro que no te pasa, miento.
Y en Nochebuena tengo fiebre y tristeza.
Me tomo un Red bull, dos ostras y una tableta de turrón de alicante.
Pienso en Gurb atiborrándose a churros.
Juego al Monopoly pensando en desequilibrios.
En mi cumpleaños ya en la puerta, al acecho, que hace días que dobló la vuelta de la esquina.
Y este año sin las Hadas, que vuelan a ciudades a bajo cero.
Para vencerlo sólo se me ocurren ideas de bombero.
A falta de un abrazo de bunker de verdad, siempre puedo meterme en la caja de la cesta de Navidad.
Pasar ahí dentro el día, la noche, esperar hasta el amanecer.
No abrir, no molestar, pone en la tapa.
No bailar con pitones albinas a ritmo de “Tito y tarántula”.
Sólo se permite el paso a Ele minúscula.
Que para eso es su idea, es su ataúd y ella es mi vida.

domingo, diciembre 14, 2008

Les Cols y otros lugares extraterrestres

Érase una vez una tal Alicia que persiguió un conejo en sueños, se coló en una madriguera, apareció en un paisaje volcánico entre hayas, montó un hotel de cristal y le llamó Les Cols.
Un lugar pura Potagia, más allá de la Magia.
Si entras te transformas en reflejos o en agua.
Te sumas y te multiplicas.
O te divides si caes en ángulos muertos.
Eres dos, cuatro, ocho, cero, un brazo, una pierna, una mitad.
Eres lo que no eres, bilingüe, catalana, suegra.
Estás donde no estás, en el techo, en un quirófano, en Montevideo.
En una poza con piedras, en un bosque con cama.
En un lugar donde meter el cuerpo.
Y le da a uno por pensar.
Pensar en planes potagia para estar juntos.
Que el planeta vuele por los aires.
Coincidir en la nave de evacuación que nos llevará a una estación espacial.
La misma estación espacial.
Que suerte.
Siempre supe que tendría suerte si no la gastaba en aparcar a la primera.
Lo de la destrucción del planeta es una pena, a que negarlo.
Aunque como todo, tiene sus ventajas.
No más jaulas, ni crisis, ni trabajo inútil.
- No nos sirve para nada, es contradictorio -nos dicen tras haber estado terminándolo por la noches.
- Puedo hacerme un sombrero, un avioncito, un barco –digo por aprovechar, ya que nos robó el tiempo que era nuestro y que no vuelve.
- Para nada -me dicen- que no te enteras.
Y pienso en Contreras, en literas y en donde demonios estará el barrio de Manoteras.
En la poza. En atravesar las piedras y sumergirme.
En el agua, en el cristal, en el árbol, en el cielo, en las estrellas.
En dejar de ser.
En no ser, ni seria, ni sola, ni vieja, ni jefa.
En jugar, lo mejor para no crecer.
Hacer el pino, la sirena, el tiburón.
En cantar, que la poza suena bien.
Ser Auseron, Gabinete, Raphael.
Y en contar.
Contar historias que suceden más allá de la atmósfera terrestre.
Así ensayamos para cuando subamos a la nave de evacuación.
Ya tienes listo el equipaje para la nueva vida en el espacio.
Un gorro de cocinero, un bisturí, la Nespresso y paquetitos con decenas de cápsulas.
Me pregunto si son paquetitos con cápsulas azules, las que me gustan.
- Son las azules, las que te gustan –me susurras al oido.
Y yo también tengo listo mi equipaje para subir a la nave.
Un puñado de piedras mágicas de la poza, libretas y bolis.
Para escribirte cuentos y dibujarte mujeres de esas que están en tú lista.
En la lista de las mujeres que si te dicen ven lo dejas todo.
Leonor Watling. Una ex otorrinolaringologa.
Scarlett Johansson. Una vilonchelista noruega.
Soñar estar en una lista.
En tu lista.

lunes, diciembre 01, 2008

Mona titiritera, con poncho y conejito, baila al son de música turca

En la jaula sitios vacíos le hacen pensar a uno en cajas con el cartel de FRÁGIL que encierran cristalerías.
De cristal, somos todos de cristal.
Unos más que otros.
Pensar en tómbolas, ruletas y loterías.
Si funcionaran los cánticos de iglesia o hacer el pino,
ya estaría cabeza abajo como espiga dorada bajo el sol.
Que lo mismo te vas que te dan un conejito.
- ¿Y esto? Preguntas con el conejito en la mano.
- Tu equipo. ¿Qué te parece? Me responden.
- Que soy una mona titiritera barata y cobarde con miedo a la indigencia, que no sabe negociar, ni escaquearse, que se deja insultar y que así le va, por cobarde. Pienso.
- Insuficiente. Dame algo. Digo.
- ¿Un poncho? Me ofrecen.
Y Raphael viajaba con un par de ponchos en la maleta y decía que le iba bien.
Pero con uno sólo y tratándose de mí, me veo aplastada por la tristeza como Chavela.
- A partir de ahora también tienes que bailar. Añaden.
- ¿Bailar qué? Pregunto ya que no tengo ametralladora ni dinero suficiente.
- Música turca, con los pechos descubiertos. Me explican.
- Pues entonces me tenéis que dar 23 cds de música turca. Pido absurda.
- Jo. Añado con la voz inaudible de los cobardes.
Tan distante de esas otras voces esas que dominan el mundo,
que saben lo que quieren.
Capaces de llamar al encargado 40 veces en un almuerzo.
A años luz de los que siempre encuentran sitio para aparcar.
De los que sobrevuelan Maracaibo un día sí y otro también.
De los que se creen poseedores de un gran secreto.
Un secreto que les hace merecedores del universo.
Que para eso son gente seria, que hacen sumas y restas como el Sr Carmesí de El principito.
Que nunca se enamoran, y menos aún, de la persona equivocada.
Y uno les admira porque parece que no mienten ni engañan.
Que si alguien anda dominando el mundo no está para perder el tiempo en gaitas.
De modo que con el poncho, el conejito y los 23 cds de música turca me planto una vez más a la baja.
Y aquí ando.
Bailando música turca a pecho descubierto mientras conejito toca las palmas.
Que se le va a hacer si soy de los que les toca dar un millón de vueltas para aparcar.
De los que se sueñan con poder abrazar a quien quieran siempre que les apetezca.
De los que se acaban conformando.
Aunque el metro huele mal y la jaula peor.
De tanta caca de mono asustado por la crisis, por la vida.
Pero al olor uno se acostumbra, y si tienes suerte, hasta te tiran cacahuetes.

Y pienso en Hada Mala en Buenos Aires.
En el Innombrable en Sanghai.
Y en que siempre quedará Barcelona y Gerona.
Con imposibles hoteles de cristal en medio de parajes volcánicos,
donde dormir bajo estrellas Michelín.