Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

viernes, junio 30, 2006

Poder o no poder, esa es la cuestión.

No creo en Dios, ni en hombres que dicen que me aman, ni en frigoríficos no frost.

Se puede ganar un premio literario al escribir sobre un niño gay que madruga para jugar con las muñecas de su hermana sin que nadie le vea.
No se puede evitar que haya víboras que lancen veneno a los que son diferentes.
Se pueden alquilar casas junto al mar para viajar a ellas junto a Ele minúscula.
No se puede uno sacudir la nostalgia de los veranos pasados.
Se puede enviar mensajes al espacio al módico precio de 690.000 euros.
No se puede decir lo que piensas si andas fuera de una película de Julio Medem.

Quisiera creer en Dios.

Se puede bailar y nadar y correr como si te persiguiera Satanás.
Pero siempre hay que parar y regresar a las madrugadas en vagones de metro.
Se pueden escribir cartas de amor y lanzarlas al océano dentro de una botella.
No se puede lograr que alguien te ame con un amor chiflado y tan grande como Australia.
Podemos viajar a Teruel y encontrarnos con la araña más antigüa del mundo y con los amantes más tontos.
No se puede encontrar la felicidad siempre que la necesitas.

Quisiera que me dijeran que me aman.

Se pueden plantar árboles y reciclar el vidrio y las pilas.
No se puede evitar que los asesinos se dejen de burlar de los familiares de sus víctimas en los juicios.
Se puede reír y bailar el hulahop y ganar al parchís, al monopoly y al churro.
No puedes dejar de ver soldados en carros de combate en el telediario.
Se puede soñar con las cosas más bellas del mundo.
No se puede evitar que se acaben rompiendo los cántaros de leche.

Y la escarcha sigue apareciendo en mi nevera.

Aunque hoy es un buen día.
Un buen momento para creer en vacaciones.
En playas vacías dónde tumbarme a leer todas las historias del mundo, mientras Ele minúscula da vueltas a mí alrededor volando la falda de su vestido.
Y escuchar su risa despeinada.
Y verla aterrizar en la arena de puro mareo.
Y el sol se pone en el horizonte dibujando postales que atrapan de puro cursi.

viernes, junio 16, 2006

De seres anticotidianos en difícil y estrambótico equilibrio

Sobre los techos del Club Morocco, en las entrañas de Madrid, se encuentran trece personajes anticotidianos suspendidos en un difícil y estrambótico equilibrio.
Sólo saberlos emociona.

Hay un hombre que viaja en bicicleta de madrugada por la Gran Vía, imaginando acantilados junto al mar donde juntar palabras, mientras una mujer pirotécnica le espera en la habitación de al lado.

Hay una mujer valiente que toma decisiones duras y bellas que te hacen pensar que la vida es un lugar mejor de lo que en realidad es.

Hay un hombre con una voz tan bonita que cala hasta los huesos, salido de otro tiempo y de otro lugar, en dónde quizá se escuche el mar de Tirreo.

Hay una mujer que lee y lee y lee, y escribe y escribe y escribe sin parar.

Hay otra mujer que en realidad es un duende castizo del sueño de una noche de verano, y uno la puede ver saltando para hacer sonar los cascabeles de sus zapatos, mientras no cesa de reír a carcajadas.

Hay un hombre parapetado tras un ingenio de pensamientos neperianos e imposibles.

Hay una mujer que es una melodía de Mozart, de nombre dulce y verbo ácido, que conoce el secreto para engañar a la vida y que la conceda mucho más que al resto de los mortales.

Hay otra mujer silenciosa e inteligente que parece encerrar abismales universos de secretos y risa.

Hay un hombre desgarrado, mentiroso y sincero, capaz de crear personajes mágicos y de matar al dragón, al ruiseñor y a la princesa o inventárselo.

Hay un señorito andaluz de la España de Lorca que no se atreve a escribir lo que quiere.

Hay mujeres rubias que trabajan en bancos y viven en palacios, capaces de dirigir ejércitos, tejer espléndidas telas de araña y reírse de los príncipes salvadores.

Hay un personaje extraño recién salido de un tebeo, que va y viene repartiendo historias divertidas y veloces.

Hay una mujer convencional por fuera y desconcertante por dentro que escupe palabras duras mientras se pregunta si existe el amor a altas horas de la madrugada.

Y yo.

Y en medio de tanto gris uno se emociona al encontrárselos cada jueves.
Sobre el Morocco.
Bajo una coreografía estática de piernas de puerco descuartizado.
En la Edad Media, entre palacios, en una noche veraniega de tormenta.
Lloviendo cuentos y cuentos y más cuentos.

Trece seres anticotidanos.
En difícil y estrambótico equilibrio.
Emociona.

domingo, junio 04, 2006

Adiós, hola, que sé yo

Quisiera abandonar la nave.
Me muero de pena al abandonar la nave.

Ele minúscula pinta naves y cuevas y cielos y piratas y árboles y mares y pájaros y esquimales y montañas y lobos y tartas y marcianos y cucharas y vampiros y soles y hormigas.
Pinta con impaciencia, con ceras, con rotuladores, con tiza, con lápices, con el dedo.
Pinta en cuadernos, en servilletas de papel, en el aire.
Pinta en casa, en la calle, en el metro, en el parque, de pie, mientas camina, mientras monta en bici, en sus sueños mientras duerme.
Ele minúscula pinta y pinta y pinta.
Algunos son bonitos, otros divertidos, muchos de ellos son feos como pesadillas.
Su producción gráfica es infinita como las obras de Madrid.
Hay dibujos en el sillón, en el baño, bajo las camas, en la nevera, en las ventanas viendo pasar el tiempo, jugando al mus en el salón, chateando en internet, incluso algunos de ellos han comenzado a fumar.
- Esto no puede seguir así -les he dicho a los dibujos.
- Tenemos que ir tirando algunos -le intento explicar a Ele.
- ¿Por qué? -me pregunta con la lógica de los que se niegan a ir muriendo.
- Porque no cabemos, porque las partidas de mus duran hasta el amanecer, porque están empezando a fumar.
- Vaya -contesta con el rostro tristón de un San Bernardo, el perro, no el santo.

No sé por dónde empezar.
Lo más justo sería comenzar deshaciéndome de los dibujos fumadores, de modo que agarro una playa, con sol, sombrilla, cubo y pala, y una toalla dónde toma el sol un pez martillo con un bañador a rayas.
No puedo hacerlo.
Lo intento con un iglú pintado de verde aceituna con cara, sombrero mejicano y una rana de aspecto demoniaco.
- ¿Y esta rana? -pregunto a Ele por ganar tiempo.
- Es un conejo, lo sacó el mago del sombrero -me explica como si fuese idiota.
- ¿Y dónde está el mago? -insisto.
- Es el iglú, ¿no ves que tiene cara?

Sé que no lo voy a hacer.
Me rindo.
Y mientras los dibujos bailan la conga y beben sangría en el salón para celebrarlo, escribo una nueva entrada para mi weblog.

La nave sigue volando.
Y los dibujos de Ele me hacen cosquillas en los pies cuando Ele no está.
Les estoy enseñando a jugar a mayseforyuti, quizá sea el comienzo de una bonita amistad.