Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, abril 21, 2007

Somosierra

Un francotirador coreano en Virginia mata a treinta y dos personas.
Y uno piensa en las palabras, loco, trastorno y desesperación.
Y acto seguido da por pensar en el amor.
Y se da cuenta que bastante complicado es de por sí enamorarse, para encima tener que estar pendiente de que no se trate de un francotirador.
Y ya puestos a darle vueltas piensa que el mundo cuando se enamora se divide en dos.
En los que al enamorarse creen que han llegado al paraíso. Al fin han encontrado el príncipe, el superhéroe, el personaje perfecto.
Y los que piensan que van camino del infierno. ¿Y si es un francotirador?, ¿un asesino en serie?, ¿un Spanish Psycho que introduce roedores por orificios inapropiados?
Recuerdo a Princesa, cuando vivía conmigo, despertándome un domingo a las diez de la mañana para informarme que en su tercera cita él la iba a llevar a Somosierra.
- ¿Y? -contestaba yo.
- Por si no vuelvo que sepas donde estoy.
- ¿Descuartizada en algún punto de los alrededores de la Nacional I?
- No digas eso.
- Pues entonces, ¿para que me lo dices?
- Por si acaso.
- ¿Por si acaso qué?
- Me voy –zanjaba la conversación.
Porque no todo el mundo tiene la suerte de Hada Buena que vuela con Guardaespaldas.
Y es que cuando uno se enamora va dejando las vísceras dios sabe dónde: en un burdel, en una cueva de piratas, en un convento, en un patio cordobés, incluso en una pescadería. Expuestas a que las devore un centauro, un cerdo, una sirena, una piraña, a que las abrace un pulpo, o que se las troceen que una katana.
Y a uno le entran ganas de hacer preguntas imposibles de esas sin respuesta.
Porque no quiere saber cuanto gana ni a que dedica el tiempo libre.
Quiere saber todo eso que el otro NO quiere contar.
Y como sabe que no hay pregunta para lo que quiere conocer, indaga:
- Que achinados tienes tú los ojos ¿no?
- ¿Achinados? ¿yo? –responde el príncipe o el psicópata.
- Así, como orientales, ¿tu no tienes familia oriental? –insistes.
- ¿Oriental? ¿yo?
- No sé, como coreanos.
- ¿Coreanos? ¿yo?
- Déjalo, es una tontería.
Y después él dirá:
- Podíamos hacer algo mañana
- ¿Cómo qué?
- Como salir de Madrid.
- ¿A dónde?
- Podíamos ir a pasar el día a Somosierra.
Y mientras uno piensa en nieve, sierras eléctricas y la cara de Jack Nicholson encajada en la puerta en el Resplandor, respondes.
- Que buena idea. Vamos.
Eso sí, por la noche llamas a Princesa, que ahora vive en París, y le cuentas que mañana vas a Somosierra con él.
- ¿Y? –contesta ella.
- Por si no vuelvo que sepas donde estoy.
- Pero yo estoy en París.
- Si estuvieras aquí y no volviese, tampoco podrías hacer nada.
- Pues también es verdad.

miércoles, abril 04, 2007

CAER al mar

El mundo es más grande que un melón, España tiene 504.782 kilómetros cuadrados. Pero cuando un hombre se vuelve a enamorar, resulta que le da por regresar a los lugares que en el pasado fueron mágicos, en lugar de hacer caso a Sabina.
¿No saben que al lugar donde has sido feliz, no deberías tratar de volver?
De modo que pongamos que Él vuelve a Gijón con su nueva y flamante actriz principal. Y allá arriba le dirá:
– ¿Ves esta ciudad y este mar?, pues aquí es dónde la otra y yo nos quisimos tanto.
Y tal vez pase por la puerta de un bar llamado Varsovia, y como los hombres no lloran, pues no se le caerá ninguna lágrima con el recuerdo de una noche, hoy tan lejana como el Paleolítico, que en su momento fue inmensa.
Y aún sabiendo que ya no importa, uno no se puede resistir a tratar de conocer de qué va el remake, de modo que acaba preguntando a amigos comunes.
– ¿Y cómo es ella? –indaga.
– Sensata –responden.
Y a uno esa sensatez le sabe a alguien que no atizaría a nadie con la cortadora de césped en la cabeza.
– Defíneme sensata –insiste.
– Sensata como tú.
Efectivamente, yo no atizaría a nadie con la cortadora de césped en la cabeza, aunque no por falta de ganas, sino más bien porque no tengo jardín.

Y sé que no importa.

Que ando buceando en otros mares.
Mares que cada vez se me hacen más profundos.
Mares que no son míos.
Mares que cada vez deseo con más fuerza.
Pero que si mañana vienes y me dices:
– Toma, el mar. Todo tuyo –echaría a correr con un miedo de más de 384.000 kilómetros de distancia.
Sin parar hasta llegar a la luna.
Y allá en la luna caería en los mares de su superficie.
En el mar de la Serenidad, el mar de las Lluvias, mar de los Humores, el océano de las Tormentas, el de la Crisis, el mar de la Fecundidad.
Y cuando se acabaran los mares de la cara vista, caería en los de la cara oculta.
Mar del Margen, mar Austral, mar de Moscú, mar de los Sueños, mar de Smith, por si quiero pasar desapercibida…
Y cuando se me gastaran los de la cara oculta, viajaría por sus lagos.
Lago de la Lujuria, del Olvido, de la Muerte, de la Perseverancia, de la Soledad, del Tiempo, de la Felicidad, del Gozo, de la Primavera, de la Esperanza, del Miedo.
(Juro que se llaman así).
Porque hay cosas que no se pueden evitar.
Como Juan Bonilla, que intenta hacer un poema de amor y le salen bolsas de basura.
Y lo que tiene que ser será.
O no.
Quién sabe mañana qué.