Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

sábado, agosto 26, 2006

De Superman y los escaqueadores

El verdadero misterio de Superman es cómo demonios es posible que nadie le reconozca por el simple hecho de ponerse unas gafas.
Cuando era pequeña e iba al cine a ver Superman, mi atención estaba fuera de la pantalla, ¿es que nadie lo ve?, ¿sólo yo me doy cuenta de este absurdo? Y lo que verdaderamente no tenía nombre era lo de Louise Lane, su propia novia, ¿esa mujer es idiota o qué?

Luego al crecer, uno se va dando cuenta que son muchas, demasiadas, las mujeres que fingen no darse cuenta de muchas, demasiadas cosas de los hombres a los que ‘aman’ y piensas que puede que sea esto lo que le pasa a Louise: vaya pues va a ser esto lo que le pasa a Louise.

También te das cuenta de que existe el fenómeno Superman en la oficina.
Uno se encuentra con escaqueadores que creen que saben escaquearse y que no les ve nadie.
Como niños que se tapan los ojos y creen ser invisibles.
Ellos se ponen sus gafas de Clark Kent y allá te dejan en la trinchera matando indios.
Otros compañeros de trinchera deciden que si Clark no está, ellos tampoco.
Y uno, que no sabe abandonar trincheras pese a odiar la guerra, intenta convencer a los desertores.
Que uno debe hacer lo que cree correcto, que uno no puede guiarse por el ojo por ojo y diente por diente, que entonces el mundo se vuelve un lugar inhóspito, que todos seríamos terroristas…
Amosandanomejodas, yo no me como la mierda de Clark, dicen los desertores con toda la razón del mundo.
Pero no vas dejarme que me la coma yo solo.
Y resulta que se si. Que si que te dejan. Que te lo mereces por idiota.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es tener que pasar tantas horas con las contradicciones de querer a Clark, que son muchos años juntos, y tener la necesidad de dispararle cuando te comenta con su tremenda cara de feldespato:
A mi la gente que se sabe escaquear me parece perfecto. No hay que ser tan idiota.
Y será por justicia, será por sentido ético de no enmarronar, será por un estúpido sentido de que ya que tienes que hacer algo, hazlo bien.
O será que efectivamente soy idiota.
Tal y como piensan Clark y los desertores.
Y doy vueltas a esto mientras callo, frente a Clark, frente a los desertores y frente a otros idiotas como yo.
Porque cuando uno se hace mayor está mal visto que nadie diga lo que piensa, y menos aún en el mundo laboral. Que lo que está bien visto es atacarse por la espalda.
Y veo que es una lástima que los idiotas estemos en minoría.
Y pienso que el mundo acaba siendo de los Clarks.
Y admiro lo bien que saben vivir los desertores.
Aunque tal vez, el mundo sería un lugar mejor si hubiese más idiotas.

Que lástima que al crecer las cosas se vuelvan tan turbias.

viernes, agosto 11, 2006



Río, Líbano, París, Madrid.

Que unos pingüinos aparecen en la playa de Río de Janeiro.
Que se han equivocado, dicen.
Que cambian silencio por samba, soledad glaciar por carnaval, la nieve fría por el voley playa.
Que se han equivocado, dicen.
Porque no les hemos registrado el equipaje.
Apostaría que encontraríamos bikinis y bronceadores en sus maletas de pingüino.

No puedo dejar de pensar en una foto con dos niñas en una carretilla.
Son como Ele minúscula.
Seguro que les divertiría el viaje en carretilla si no fuese porque están perfectamente muertas y las acaban de ‘rescatar’ bajo los escombros de la guerra.
Y mientras las agencias de viaje lanzan sus ofertas de vacaciones de última hora.
Descubre la magia de Grecia.
Noches de locura en Ibiza.
Maldivas, último paraíso en la tierra.
Líbano, niñas muertas a tu alcance, a tan sólo unas horas de vuelo.
¿Líbano tiene playa?

Intento regresar a los pingüinos bailando samba en tanga.
Pero es difícil no pensar en niñas que son tan Ele minúscula y que están tan rotas.
Antoine Doinel me rescata de los escombros para llevarme a París, en los 60, en los 70, casi en los 80.
Optimista me cuenta que hay vida después de que a uno le den cuatrocientos golpes.
Una vida bonita, aunque el amor tenga la manía de fugarse siempre.
Que viva Truffaut.
Maldita la guerra.
Y superviviente de momento entre tanto naufragio y tanta mierda, tarareo con esperanza el amor en fuga de single.
Y escribo cuentos.
Y quedo con hadas en una terraza de Shangai, y con el turbulento que ama y se despide y se duerme, y con Zen que querría acabar con la guerra, y con una futura ciudadana de China que aprende mandarín, y aunque a ratos hablamos de dinero, enfermedades, y del monstruo del Euribor que no para de trepar sobre nuestras espaldas, en el cielo brilla una luna gorda y aquí en un Madrid cerrado por obras conmigo dentro, ando esperando visita de Ele Minúscula que ríe.
Y eso es lo único que importa.