Imaginando que la cama es una nave espacial

Mientras se pueda volar...

domingo, diciembre 31, 2006

San Silvestre Vallecana: corre

San Silvestre fue Papa el 270 en Roma. Fue el primer Papa en no morir mártir, aunque si santo.
No se que demonios impulsa a correr en el día de San Silvetre.
Aquí en Madrid, como en Sao Paolo.
Y la calle se me llena de hombres en pantalón corto.
Y ya que una anda despistada, les mira pasar.
Con pelucas, con disfraces: uno de Vikingo, tres de vaca, un Mazinger Z, dos payasos, un Picachu, un pez martillo.

¿Para qué correr?
Correr cuando el amor se acaba.
Correr para no estar sólo.
Correr, más aún, para no estar acompañado.
Correr en busca de un lugar mejor.
Correr para volver a casa.
Correr a bailar Bosanova.
Correr para hacerle burla a la soledad.
Correr para escapar de las obligaciones.
Correr lejos de altares, de curas, y de monjas.
Correr aunque haya que dejar muertos en el camino.
Correr aunque sepas que tú también caerás.
Correr para que el viento se lleve las lágrimas sobre tu calavera.
Correr para que el olor a cochinillo y a gambas a la plancha no se te quede en la piel.
Correr para escapar del brindis, de las uvas, y de tanto deseo sin cumplir.
Correr para decirles a los Reyes Magos que ya les vale eso de no existir.
Correr para fortalecer el corazón, que eso del amor acaba pasando factura.
Correr para deshacerte de tanto lastre, tanta mentira, y de tanta frase hecha.
Feliz año, feliz año, feliz año, feliz año, feliz año.
Correr para tener una respuesta a como pasaste la Nochevieja:
- Yo, Corriendo.
Correr, porque quizás mañana no nos quede planeta sobre el que correr.
(Echar un vistazo a “Una verdad incómoda” el documental de Al Gore con su sobrecogedor espectáculo itinerante sobre el calentamiento global, y tratar de hacer algo).
Correr para no estar quieto.
Correr para perderse entre los que corren.
Correr porque nadie te lo ha pedido.
Correr a por serpentinas, a ponerse ropa interior roja.
Correr para llegar a tiempo a las campanadas. A comer uvas y deseos. A gritar que feliz año.

Correr mientras se busca de una razón para correr.

domingo, diciembre 17, 2006

Desayunos de trabajo en Kalisfundia

Hay muchos que andan por el mundo con el desconcierto de haber sido lanzados desde un cohete y haber caído en un cráter de
la Luna.
Y ya ahí que se le va a hacer: si toca bailar se baila, si toca llorar se llora, y si hay que amar, mejor silbar hasta que pase.
Que sobrevivir es lo que importa.
Lo peor son los desayunos de trabajo allá en el cráter.
Reunión de aprobación metodológica de la tecnología Kalisfundia, que nos sitúa en la vanguardia, en la cumbre, en la cima, en el top.
¿Nos?
Vive Dios, ¿que Kalisfundia es esa que osa perturbar mi reposo?
¿Cuál será la esperanza de vida alla en Kalisfundia?
Kalisfundia Gutierrez, para lo que gustes, pero llámame Kali.
- ¿Algo que decir?
, preguntan.
Y uno piensa en ratoncitos con aspiraciones siderales.
Y uno se mastica las ganas de levantarse y exclamar:
- Amiguitos, no olviden alimentarse, energizarse, y mineralizarse.
Y alguien dice Sinergia.
Y otro dice Integración Mediática.
Y el de más allá se come el vigésimo trocito de queso.
- ¿Se trata del prototipo Beta?, preguntan.
- No, es una versión posterior, responden.
- ¿Y la tasa de respuesta es paradigmática?, pregunto haciéndome pasar por uno de ellos.
- Por supuesto, en torno al 3%, me informan.
Y pongo cara circunspecta, con cierto toque de contrariedad, que me sale fenomenal; mientras pienso que lo que me gustaría es que en lugar del 3% fuera un trasatlántico, una jirafa, o el amor verdadero.
Luego llega el turno de ruegos y preguntas.
- ¿Ruegos o preguntas?
Y yo ruego en silencio a la virgen de Kalisfundia para que me saque de ahí.
Como nadie más ruega o pregunta (al menos por fuera), pasamos al siguiente punto del orden del día. Brindis.
- Brindemos con cava.
Y si hay que brindar se brinda.
Que qué se le va a hacer.
- ¡Por Kalisfundia!, se me escapa.

Más tarde me siento a hacer la lista de la compra, pero me sale una carta de amor.
Repleta de cosas que ignoraba estuvieran ahí.
Que mejor que no estuvieran. O peor. Quien sabe.
De modo que ante la duda me la como.
Un buen menú de Navidad:
Carta de amor con cava.

- ¡Por Kalisfundia!, insisto.

lunes, diciembre 04, 2006

En la Gran Vía y en Calle 20

Que Burgos no tiene mar, ya se sabe.
De modo que esa no fue la causa de que la mujer y su recién estrenado hombre acabaran desembarcando en la Gran Vía, en los años treinta.
Que la Gran Vía tampoco tiene mar, esto también se sabe.
Venían a vivir.
Quizá soñando con bailar mambo, ajenos a que tocaba guerra.
Y para desembarcar, qué lugar mejor que la calle El barco.

Más tarde la mujer queda sola con sus crías, porque al hombre se lo lleva la guerra.
Y vive hambre y miedo.
Y la muerte y la resurrección de su hombre (dado por muerto por cambiar de bando).
Pero al fin y al cabo a eso vino.
A vivir.
A aguantar temporales allá en El barco, perpendicular a la Gran Vía.

Más tarde la mujer ve el regreso de su hombre de la guerra, ve crecer a sus hijos, ve cada día la Gran Vía.
Y compra en Sepú y en Galerías.
"Esta calle ya no es lo que era", dirá la mujer a su nieta.
Quizá porque las putas tomaron el barco o simplemente porque los lugares son más bellos cuando se es joven.

Más tarde la mujer desaparece.
Y la siguen Sepu y Galerías.

Hoy la hija de la hija de la mujer se pasa la vida en la Gran Vía.
Esa hija de la hija, que soy yo, escribe un minúsculo cuento sobre la Gran Vía.
Para la revista Calle 20 de este mes de diciembre del 2006.
"Palencia lunar en la Gran Vía", se titula.
Y habla de Burgos con sus inexistentes playas.
Y habla de su casa, la Gran Vía.
Un buen lugar para perder y para encontrar.

Y esa hija de la hija le cuenta a su hija, Ele minúscula, que la Gran Vía es suya.
Que es un estupendo lugar para navegar y perderse. Para inventar mil historias
Le cuenta, que ella lleva el nombre de la madre y de la hija de esa mujer que desembarco en la Gran Vía.
Y Ele minúscula, tan ajena a aquella mujer, pese a compartir escenario y sangre, sigue a lo suyo.
Ocupada en confundir palabras, como testículos con tentáculos, mientras juega a tener un restaurante al que insiste en llamar “Puño”.
Como si descendiera de Chuck Norris en lugar de esa mujer oriunda de las no playas burgalesas.
Y la hija de la hija, que soy yo, le sigue contando que no es triste no tener una casa a la que volver por Navidad. Porque ya estamos en casa.
Que nuestra casa es la Gran Vía.

http://calle20.20minutos.es/12_dic_2006/pdfs/pag042.pdf